Estaba orgullosa de mi nuera. Pero un día entré en su habitación… y lo que vi me rompió el corazón.

Ella llevaba sola un peso que ningún recién casado debería tener que llevar, y sin embargo lo hacía con amor, sin quejarse, sin darse por vencida.

Me acerqué, los abracé a ambos y susurré con voz quebrada:

—Hijo mío… no tienes que fingir ser fuerte por mí. Estoy aquí, contigo, siempre. Y tú, Clara… ya no eres mi nuera. Eres mi hija.

Esa noche entendí lo que significa realmente el amor. No son solo flores, promesas y fiestas.

Amar es también lavar cada día las sábanas manchadas por la enfermedad.

Es callar para no herir. Es tener una paciencia infinita. Es tomarnos de la mano hasta el final, incluso cuando el final está demasiado cerca.

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