Al principio sonreí, pensando que era simplemente su afán por la limpieza, una costumbre heredada de su casa.
Pero poco a poco, esta rutina empezó a dejarme una espina clavada en el corazón. ¿Por qué tanta prisa por lavar la cama todos los días?
Alejandro y ella eran jóvenes, cuidadosos, no hacía falta. Y aun así, Clara insistió, con una dedicación silenciosa que me preocupaba cada vez más.
Además, vi que estaba agotada. Tenía profundas ojeras, el rostro palidecía y su cuerpo se movía con la pesadez de quien lleva una carga demasiado pesada.
Una noche, sin poder contener la duda, decidí abrir la puerta de su habitación. No llamé. Y lo que vi me detuvo en seco.
La cama estaba empapada, las sábanas completamente húmedas, las almohadas e incluso el colchón manchados de sudor. El aire era denso, cargado con el penetrante olor a medicamentos, hospital, enfermedad.
“Dios mío…” murmuré llevándome la mano a la boca.
Clara, con las sábanas en los brazos, se giró lentamente. El miedo y el cansancio se mezclaban en sus ojos. Su voz era apenas un susurro:
Mamá... Lo siento. No quería que lo supiera. Alejandro no me deja hablar de esto. Después de la quimioterapia, siempre pasa lo mismo: fiebre, escalofríos, el cuerpo empapado... Solo intento ayudarlo a conservar un poco de dignidad. No quería que lo viera así.
Entonces miré a mi hijo. Estaba sentado en el borde de la cama, tan delgado que parecía que se iba a romper, con la piel pálida y los ojos sumidos en un dolor silencioso.
Y en ese instante, todo dentro de mí se derrumbó. Las lágrimas cayeron sin que pudiera detenerlas.
Comprendí la verdad: Clara era una mujer de inmensa fuerza. Cada día ocultaba esa lucha a mis ojos, borraba las huellas de la enfermedad con sus manos cansadas, protegía a Alejandro con su silencio.
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