Gael Monteverde nunca imaginó que una simple cena de negocios en Barcelona cambiaría su vida por completo.
Era noviembre de 2024, exactamente 26 años desde que fundó su imperio de bodegas y viñedos de lujo, y 23 años desde que perdió a la única mujer que realmente había amado.
Pero esa noche, sentado solo en el elegante restaurante Can Culleretes del Barrio Gótico, no tenía idea de que el pasado estaba a punto de chocar con el presente de la manera más inesperada.
El restaurante era uno de sus favoritos cuando visitaba Barcelona para reunirse con distribuidores europeos. La iluminación tenue, las paredes de piedra centenarias y el ambiente íntimo le recordaban a las bodegas familiares de su juventud, antes de que el dinero y el éxito transformaran su vida en algo que a veces desconocía. Había llegado temprano a su cita con un importador francés, pero este canceló a última hora, dejando a Gael cenando solo en una mesa para dos.
A sus 54 años, Gael había aprendido a apreciar la soledad. Sus sienes canosas le daban un aire distinguido que las mujeres encontraban atractivo, pero había construido muros tan altos alrededor de su corazón que pocos podían acercarse de verdad. Desde la muerte de Amélia hacía 23 años, había tenido algunas relaciones, pero ninguna había llenado el vacío que ella había dejado.
Mientras cortaba el solomillo que había pedido, Gael giró inconscientemente el anillo de bodas de su dedo anular derecho. Era un hábito que había desarrollado tras años de estrés y soledad. El anillo era una reliquia familiar de 200 años, de oro blanco con una esmeralda colombiana impecable rodeada de pequeños diamantes. Había pertenecido a su bisabuelo, luego a su abuelo, luego a su padre, y finalmente llegó a él. Pero lo más importante, había sido el anillo con el que le propuso matrimonio a Amélia.
La joya era única. Su abuelo le había contado que solo existían tres de estos anillos en el mundo, elaborados por un orfebre italiano para una familia noble española en el siglo XIX. Uno había desaparecido durante la Guerra Civil, otro había sido robado décadas antes, y el tercero era el que él lucía.
Cuando Amélia falleció en aquel terrible accidente de coche, Gael consideró enterrar el anillo con ella, pero finalmente decidió llevarlo siempre, para mantenerla cerca de su corazón. La vida continuó después de la tragedia, pero nunca volvió a ser la misma. Gael se entregó a su trabajo como un poseso, expandiendo el negocio familiar de vinos hasta convertirlo en una de las bodegas más prestigiosas de España.
Sus vinos de Rioja y Ribera del Duero se vendían en los restaurantes más exclusivos de Europa. Sus bodegas recibían la visita de celebridades y magnates internacionales, y su fortuna personal se había multiplicado por diez en las últimas dos décadas. Pero todo ese éxito parecía vano sin Amélia con quien compartirlo. Había sido su compañera desde la universidad, la única persona que lo conocía cuando solo tenía sueños y una pequeña parcela de viñedo heredada de su padre.
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