Me levanté y empecé a caminar por la habitación, con la libreta en la mano. ¿Y si eran delirios? ¿Y si el viejo, lleno de rencor, inventaba cosas? Pero los moretones seguían ahí, mudos, oscuros, formando un mapa de dolor.
—Don Manuel… —me acerqué otra vez, inclinándome sobre él—. ¿Usted escribió esto?
Él parpadeó dos veces seguidas, claramente. La enfermera me había explicado que solían usar un código: un parpadeo para “sí”, uno para “no” cuando hacían ejercicios de comunicación. Nunca le di mucha importancia porque “Diego dice que ya ni eso entiende”. Ahora me di cuenta de que quizás nunca lo había intentado de verdad.
—¿Diego… lo lastima? —pregunté, con la voz quebrada.
Dos parpadeos lentos. “Sí”.
Sentí que algo dentro de mí se rompía. Me senté al borde de la cama y le tomé la mano, fría, inerte.
—¿Desde cuándo? —susurré, sin saber si era una pregunta absurda.
Él desvió la mirada hacia la pared, donde había un calendario colgado. Sus ojos se detuvieron en el mes actual, y luego fueron subiendo, como si contaran hacia atrás mentalmente. Finalmente, se quedaron fijos en marzo, tres meses atrás. Volvió a parpadear dos veces.
Tres meses de golpes, de moretones escondidos bajo una camisa abotonada hasta el cuello. Tres meses en los que yo había vivido en la misma casa, sin ver nada.
La culpa me aplastó.
Busqué mi móvil y, sin pensarlo demasiado, empecé a sacar fotos de los moretones. Acercaba la cámara, me aseguraba de que se distinguiran los tonos, las formas. Luego fotografié la libreta, página por página. Por primera vez, consideré algo que me daba miedo incluso pronunciar en mi cabeza: ¿y si tenía que denunciar a mi propio esposo?
Cuando guardé el teléfono, vi que tenía un mensaje nuevo de Diego.
“¿Todo bien con papá? Acuérdate de no quedarte sola con él. Se impresiona fácil y luego no duerme.”
Leí ese mensaje con otros ojos. Las palabras, que antes me habían parecido protectoras, ahora sonaban como una advertencia. No para mí. Para él.
Cerré la libreta con decisión. Me incliné hacia don Manuel.
—Le prometo que voy a averiguar la verdad —le dije, más para convencerme a mí misma que a él—. Y si Diego le ha hecho daño… no voy a mirar hacia otro lado.
Sus ojos se humedecieron. Un parpadeo lento, agradecido.
Lo que no sabía entonces era que buscar la verdad significaba no sólo enfrentar a mi esposo, sino enfrentar también la versión de mí misma que necesitaba creer que estaba casada con un buen hombre.
Esa noche no pude dormir. Dejé a don Manuel lo mejor acomodado que pude, hablé con la enfermera por teléfono para explicarle lo que había pasado y fingí normalidad. No le mencioné los moretones. No todavía. No estaba lista para escuchar un “yo también los vi” o, peor aún, un “no es asunto mío”.
Sentada en la cocina, con una taza de café que se enfriaba rápido, abrí de nuevo las fotos en mi móvil. Los moretones, la libreta, las frases a medias. Volví a leer una en particular:
“Vi cómo soltó el volante… necesitaba el dinero.”
Diego trabajaba en la empresa familiar, eso lo sabía. Tras el “accidente”, había quedado como el único hijo capaz de hacerse cargo. El seguro había pagado una suma importante, y algunas decisiones económicas polémicas se justificaron con la necesidad de adaptar la casa, contratar cuidadores, pagar terapias. Yo nunca sospeché de nada.
Abrí la aplicación del banco donde compartíamos una cuenta. Empecé a revisar movimientos antiguos, transferencias, gastos. No era hacker ni contadora, pero algo llamó mi atención: justo un mes después del accidente, una transferencia grande hacia una cuenta que yo no conocía. Remitente: la empresa. Beneficiario: Diego. Concepto: “bono extraordinario”.
Mi estómago se encogió.
Pasé las siguientes horas cruzando datos: mensajes, correos antiguos donde Diego se quejaba de su padre “controlador”, conversaciones con mi suegra fallecida años antes (ella decía que “Manuel siempre fue muy duro con los negocios, pero justo”). Cada pieza parecía encajar en una imagen que no quería ver completa.
Al día siguiente, tomé una decisión.
Llamé a mi hermana.
—Necesito que vengas a la casa —le dije—. No preguntes mucho por teléfono. Sólo… ven.
Cuando llegó, le mostré todo: los moretones, la libreta, las fotos, los movimientos bancarios que me parecían raros. Ella escuchó en silencio, con el ceño fruncido.
—Ana, esto es muy serio —murmuró al final—. No puedes manejarlo tú sola. Habla con un abogado, con la policía… con alguien.
—Es mi esposo —respondí, sintiendo de nuevo el peso de esa palabra—. Si todo esto es verdad, no sólo ha maltratado a su padre. Lo intentó matar. Y a lo mejor mató a mi suegra, quién sabe…
—No te vayas por las ramas. Quédate con lo que sabes, con lo que puedes probar.
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