Estaba bañando a mi suegro, incapaz de moverse, cuando al quitarle la camisa me quedé inmóvil: recordé las advertencias de mi esposo antes de viajar y por fin comprendí por qué siempre temía que yo entrara en la habitación de su padre…

Entonces él hizo algo que, según Diego, ya no podía hacer: intentó mover la mano derecha. Primero un temblor apenas visible, luego un mínimo esfuerzo por levantar los dedos. No lo logró, pero la intención era clara. Sus ojos, abiertos de par en par, se llenaron de una urgencia que me heló la sangre. Desvió la mirada hacia la mesita de noche, insistente, una y otra vez.

Lo seguí con la mirada. Sobre la mesa, además del vaso de agua y los medicamentos, había una libreta pequeña, de tapa azul, que yo nunca había visto. Mi suegro volvió a fijar los ojos en mí, luego en la libreta, luego en mí otra vez. Lo entendí.

Me acerqué, dudando. Tomé la libreta. Estaba ligeramente doblada en las esquinas, como si alguien la hubiera agarrado con manos temblorosas. Al abrirla, encontré páginas con letras torcidas, escritas con esfuerzo. Al principio eran garabatos, líneas sin sentido. Pero unas páginas más adelante, la letra se hacía apenas más firme.

Las primeras palabras legibles me hicieron sentir que el piso se abría bajo mis pies:

“Si estás leyendo esto es porque Diego no está en el cuarto. No confíes en mi hijo.”

Sentí un zumbido en los oídos. Recordé su rostro serio cuando me dijo que no me quedara sola con su padre, su insistencia casi desesperada. Volví a mirar los moretones en el cuerpo de don Manuel. Él no parecía delirar. Me observaba con la intensidad de quien lleva demasiado tiempo callado.

Pasé la página con manos temblorosas, sin saber si quería seguir leyendo.

Fue entonces cuando escuché la puerta principal de la casa abrirse con un chirrido.

Alguien había vuelto antes de lo previsto.

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