ESCUCHÉ A MI ESPOSO PARALÍTICO DECIR QUE SOY SU “SIRVIENTA GRATIS” Y QUE NO ME DEJARÍA NI UN PESO.

—Mientras tanto, vamos a ir a ver a esta mujer.

Leí la tarjeta: Lic. Talia Treviño. Abogada Familiar. Especialista en Derechos de la Mujer y Violencia Patrimonial.

—¿Es buena?

—Es una tiburona. Divorció a mi prima Sofía de ese patán que la golpeaba y lo dejó sin calzones. Ella odia a los hombres como David. Le va a encantar tu caso, sobre todo con esas fotos. Esas fotos son oro molido, Jazmín.

Me recargué en el respaldo de la silla. Por primera vez en el día, sentí que podía respirar sin dolor.

—Gracias, Nadia. No sé cómo pagarte esto.

—Págamelo volviendo a ser tú. Extraño a la Jazmín que se reía a carcajadas. Extraño a la Jazmín que soñaba con escribir libros. Esa mujer sigue ahí adentro, solo está un poco aplastada bajo toneladas de pañales y medicinas.

Esa tarde, me instalé en el cuarto de arriba. Era sencillo. Paredes blancas, una colcha de retazos de colores, una mesita de noche con una lámpara cálida. Abrí la ventana y entró el ruido de la calle, música de organillero y risas de niños.

Saqué mi ropa de la bolsa y la puse en los cajones vacíos. Puse mi carpeta de documentos bajo el colchón, por vieja costumbre, aunque sabía que aquí estaba segura.

A las 6:00 PM, mi celular empezó a sonar.

Llamada entrante: Casa.

Lo dejé sonar.

Llamada entrante: David Celular.

Lo dejé sonar.

Mensaje de Tomás: “Oye, ¿dónde estás? Mi papá tiene hambre y no hay nada hecho. Contesta, pinche loca”.

Leí el mensaje y sentí una punzada de miedo, un reflejo condicionado. Pero luego miré alrededor. Estaba en una casa segura. Nadie me gritaba. Olía a flores, no a enfermedad.

Apagué el celular.

Esa noche, Nadia subió con pizzas y cervezas.

—A brindar —dijo, abriendo dos Victorias—. Por la libertad.

Chocamos las botellas. El primer trago me supo a gloria.

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