ESCUCHÉ A MI ESPOSO PARALÍTICO DECIR QUE SOY SU “SIRVIENTA GRATIS” Y QUE NO ME DEJARÍA NI UN PESO.

Me estacioné cerca de la calle Francisco Sosa. Caminé rápido, abrazando mi bolsa, hasta que vi el letrero de madera pintado a mano: “Pétalos y Propósito”. La fachada estaba llena de macetas con geranios rosas y rojos, y una enredadera de bugambilia caía en cascada desde el techo.

Entré.
La campanita de la puerta sonó. Ding-ling.

El aire adentro era fresco, húmedo y olía a nardos y eucalipto. Era un olor limpio. Un olor a vida.

Nadia estaba detrás del mostrador, arreglando un ramo de girasoles enormes. Cuando me vio entrar, soltó las flores.

Se veía igual que hace dos años, quizás con el cabello un poco más corto y moderno, con ese brillo en los ojos de quien hace lo que ama. Llevaba un delantal de mezclilla manchado de savia verde.

—¡Jazmín!

Salió de detrás del mostrador y corrió hacia mí. Yo solté la bolsa al suelo y me dejé caer en sus brazos.

Y ahí, rodeada de flores, me rompí.

No lloré bonito, como en las películas. Lloré con hipo, con mocos, con gemidos guturales que salían de lo más profundo de mi pecho. Lloré cinco años de soledad. Lloré por la niña tonta que se casó enamorada y por la mujer rota que acababa de huir.

Nadia no dijo nada. Solo me abrazó fuerte, meciéndome como a una niña, acariciándome el pelo sucio y murmurando: “Ya pasó, ya estás aquí, ya pasó”.

Estuvimos así no sé cuánto tiempo. Tal vez cinco minutos, tal vez una hora. Hasta que mis piernas fallaron y Nadia me guio hacia la parte trasera de la tienda, a un pequeño patio interior lleno de helechos y luz filtrada.

Me sentó en una silla de hierro forjado.

—Voy a traerte un té. De tila con azahar. Necesitas bajarle a los nervios.

Regresó con dos tazas humeantes y un plato con galletas. Me puso la taza en las manos. El calor de la cerámica me ayudó a dejar de temblar.

—Bebe —ordenó.

Obedecí. El té estaba dulce y caliente. Sentí cómo bajaba por mi garganta, descongelando mis entrañas.

—Ahora sí —dijo Nadia, sentándose frente a mí y tomándome una mano—. Cuéntamelo todo. Con detalles. Quiero saber exactamente qué hizo ese desgraciado.

Respiré hondo. Saqué mi celular.

—No solo te lo voy a contar, Nadia. Te lo voy a enseñar.

Abrí la galería de fotos. Le pasé el teléfono.

Nadia fue deslizando el dedo por la pantalla. Su expresión pasó de la preocupación a la incredulidad, y luego a una furia que le endureció las facciones.

—¿Ochocientos mil pesos? —susurró—. ¿Le transfirió ochocientos mil pesos al inútil de Tomás?

—Hace dos meses. Justo cuando me dijo que no podíamos pagar la reparación de mi coche porque estábamos “en números rojos”.

—¡Maldito mentiroso! —Nadia golpeó la mesa con el puño—. ¡Y la póliza! Mira esto, Jazmín. “Evitar que J. pueda pelear”. Lo planeó. Esto no es un accidente, es premeditación. Es violencia económica pura y dura.

—Lo sé. Por eso me fui. Si me quedaba un día más… creo que era capaz de matarlo. O de morirme yo.

Nadia me devolvió el celular como si fuera un objeto sagrado.

—Hiciste bien. Escúchame, Jazmín. Lo que hiciste hoy es el acto más valiente de tu vida. Mucha gente se queda. Se quedan por miedo, por costumbre, por el “qué dirán”. Tú te fuiste.

—Me siento… me siento sucia, Nadia. Me siento usada. Pasé cinco años limpiándole el culo, aguantando sus humillaciones, pensando que era mi deber de esposa. Y él se reía de mí con sus amigos.

—No eres sucia. Eres noble. Tienes un corazón demasiado grande y él se aprovechó de eso. Él es un depredador. Vio a una mujer empática y la convirtió en su presa. Pero se equivocó de víctima.

Nadia se levantó.

—Mira, arriba de la tienda tengo mi departamento. El cuarto de visitas es pequeño, pero la cama es cómoda y tiene una ventana que da a la calle. Es tuyo el tiempo que necesites. Semanas, meses, lo que sea.

—No quiero ser una carga. No tengo dinero, Nadia. Tengo tres mil pesos en efectivo y mi tarjeta de débito está mancomunada con la de él, seguro la cancela hoy mismo.

—No eres una carga, eres mi hermana. Y del dinero no te preocupes ahorita. Aquí en la florería siempre necesito manos extra. Tienes buen gusto, aprendes rápido. Puedes ayudarme con los arreglos, con los pedidos. Te pago tu sueldo, te doy techo y comida. Y mientras tanto…

Nadia sacó una tarjeta de presentación de su bolsillo delantal.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.