ESCUCHÉ A MI ESPOSO PARALÍTICO DECIR QUE SOY SU “SIRVIENTA GRATIS” Y QUE NO ME DEJARÍA NI UN PESO.

—Sí, en la calle de Francisco Sosa. Corre, Jazmín. Vuela.

Colgué. Me sequé las lágrimas con la manga de mi camiseta. Me miré al espejo. La mujer que me devolvía la mirada estaba pálida, ojerosa, despeinada, pero tenía fuego en la mirada.

Salí del baño. Fui a la habitación de huéspedes (mi “habitación”, aunque era más un almacén de cosas viejas) y saqué una bolsa de supermercado reutilizable, de esas grandes de tela ecológica. No podía sacar una maleta; el ruido de las ruedas alertaría a David.

Metí lo esencial:
Dos cambios de ropa.
Mi ropa interior.
Mi cepillo de dientes.
Y lo más importante: mi carpeta personal. Esa carpeta que tenía escondida bajo el colchón con mi acta de nacimiento, mi pasaporte (caducado), mi título universitario (que nunca ejercí por cuidarlo a él) y los pocos ahorros en efectivo que tenía.

Miré alrededor. Había libros que amaba. Había un suéter que me tejió mi mamá antes de morir. Había fotos.
“Déjalo”, me dijo una voz interna. “Es el precio de la libertad. Viaja ligero”.

Cerré la bolsa. Me la colgué al hombro. Pesaba poco. Cinco años de vida resumidos en tres kilos de tela y papel.

Bajé las escaleras. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que ellos podrían escucharlo.

Al pasar por la sala, vi a David. Se había arrastrado de alguna manera (o tal vez Tomás lo ayudó antes de subir a desmayarse) hasta su silla de ruedas y estaba en el marco de la puerta de su habitación, gritando hacia la cocina.

—¡Jazmín! ¡Huele a gas! ¡Apagaste la estufa! ¿Dónde chingados está mi avena?

Me detuve a dos metros de él. Él giró la silla y me vio. Vio la bolsa al hombro. Vio mis zapatos puestos. Vio las llaves del coche en mi mano.

Su expresión cambió de enojo a confusión, y luego a una sospecha oscura.

—¿A dónde vas? —preguntó, entrecerrando los ojos.

Apreté las llaves del coche. El metal se clavó en mi palma, un dolor necesario para mantenerme en el presente.

—Voy a la farmacia —dije. Mi voz sonó extrañamente tranquila—. Se acabó el alcohol para tus curaciones. Y no hay gasas.

David miró la bolsa en mi hombro.

—¿Y esa bolsa?

—Es ropa sucia. Voy a pasar a la lavandería. La lavadora no sirve, hace un ruido extraño y no pienso lavarla a mano hoy.

Era una mentira débil. La lavadora servía perfectamente. Pero David era tan egocéntrico, tan seguro de mi sumisión, que la idea de que yo lo estuviera abandonando ni siquiera cruzaba por su mente narcisista. Para él, yo era un satélite que no podía existir sin su planeta.

—Ah… pues apúrate —rezongó—. Y tráeme unos Gansitos de la tienda cuando regreses. Tengo antojo de dulce.

—Sí, David. Unos Gansitos.

Caminé hacia la puerta. Pasé junto a él. Sentí su olor, ese olor a encierro y a hombre enfermo que había sido mi atmósfera durante media década. Sentí el impulso de voltear y escupirle. De gritarle: “¡Sé lo del dinero! ¡Sé lo de Tomás!”.

Pero no. El silencio era mi mejor arma. Si le gritaba, él se prepararía. Llamaría a sus abogados, escondería mejor el dinero, cambiaría las cerraduras. Tenía que dejarlo en la ignorancia un poco más.

Abrí la puerta principal. El sol de la mañana entró a raudales, iluminando el polvo que flotaba en el aire de la casa.

—Cierra bien, que se mete el frío —gritó él desde atrás.

Salí.
Cerré la puerta.
Click.

Ese sonido fue el sonido más hermoso que había escuchado en mi vida. Fue el sonido de una cadena rompiéndose.

Caminé hacia mi Versa. Mis piernas parecían de gelatina. Me subí, aventé la bolsa al asiento del copiloto y metí la llave en el contacto. El motor tosió un poco antes de arrancar.

“Por favor, arranca, por favor, no me falles hoy”, recé.

El motor rugió.

Arranqué sin mirar atrás. No miré la ventana del estudio. No miré el jardín descuidado que yo solía podar. Solo miré hacia adelante, hacia la calle, hacia la avenida, hacia Coyoacán.

Manejé con las manos sudorosas. Cada semáforo en rojo me parecía una eternidad. Sentía que en cualquier momento sonaría mi celular, o que la policía me detendría acusándome de abandono de persona incapaz. La paranoia me susurraba al oído. “¿Y si te demandan? ¿Y si te meten a la cárcel?”.

“Que lo intenten”, pensé, tocando mi bolsillo donde estaba el celular con las fotos. “Tengo pruebas”.

Llegué al centro de Coyoacán veinte minutos después. El barrio estaba despierto, lleno de turistas, de vendedores de globos, de olor a café y churros. La vida seguía, vibrante y colorida, ajena completamente a mi infierno personal.

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