ESCUCHÉ A MI ESPOSO PARALÍTICO DECIR QUE SOY SU “SIRVIENTA GRATIS” Y QUE NO ME DEJARÍA NI UN PESO.

Entré. El estudio olía a tabaco rancio (David fumaba a escondidas a veces) y a papel viejo. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando el escritorio de caoba que ocupaba el centro de la habitación. Ese escritorio era su santuario. Yo tenía prohibido tocar sus papeles bajo pena de gritos e insultos. “Tú no entiendes de esto, desordenas todo”, decía siempre.

Encendí la linterna de mi celular. El haz de luz blanca cortó la oscuridad.

Me acerqué al escritorio. Estaba extrañamente ordenado. Había una pila de facturas del hospital, folletos de agencias de viajes (¿viajes?) y revistas de coches.

Empecé a abrir los cajones.
El primero tenía plumas, clips, grapadoras.
El segundo, cables viejos y cargadores.
El tercero… estaba cerrado con llave.

Maldición.

Probé jalarlo con fuerza. Nada. Estaba trabado. Miré alrededor. ¿Dónde guardaba la llave? David no era un hombre creativo. Busqué debajo del teclado de la computadora. Nada. Busqué en el portalápices, entre los marcadores secos. Nada.

Entonces recordé.

Hace un año, vi a David meter algo en la maceta de la planta de plástico que estaba en la esquina, sobre el librero. En ese momento no le di importancia.

Me acerqué a la maceta polvorienta. Metí los dedos en la tierra sintética y las piedras decorativas. Mis dedos tocaron algo metálico y frío.

¡Bingo!

Saqué una llave pequeña, plateada. Me temblaban las manos tanto que casi se me cae. Respiré hondo. “Cálmate, Jazmín. Si te atrapa, dices que buscabas una pluma. No, eso es estúpido. Dices que oíste un ruido”.

Fui al cajón. Metí la llave. Giró suavemente.

El cajón se deslizó hacia afuera.

Adentro había carpetas de colores, perfectamente etiquetadas con la letra picuda de David.
ROJO: Médicos.
AZUL: Casa.
VERDE: Banco.
NEGRO: Varios.

Saqué la carpeta NEGRA. La abrí sobre el escritorio.

Lo primero que vi fue un estado de cuenta reciente de Banorte. Mis ojos escanearon los números.

Saldo total: $1,250,000.00 MXN.

Casi se me sale el corazón por la boca. Un millón doscientos cincuenta mil pesos.
Él siempre me decía que estábamos “al día”. Que no había dinero para comprarme zapatos ortopédicos, que no había dinero para arreglar mi coche, que no había dinero para contratar a una enfermera de apoyo.

Me mintió. Todo este tiempo, me mintió a la cara mientras yo contaba centavos para comprar tortillas.

Pasé la página.

Había un documento con fecha de hace dos meses.
Transferencia Interbancaria.
Destino: Cuenta Santander a nombre de Tomás R.
Monto: $800,000.00 MXN.
Concepto: Donación.

Ochocientos mil pesos. Le regaló casi un millón de pesos a su hijo vago mientras a mí me regañaba por gastar 50 pesos en pan dulce.

Sentí náuseas. Tuve que apoyarme en el escritorio para no caerme. La traición física dolía más que un golpe. Era un robo. Un robo calculado, frío y despiadado.

Seguí buscando. Al fondo de la carpeta, encontré lo que parecía ser un borrador de testamento o una póliza de seguro.

“Seguro de Vida MetLife”
Suma asegurada: $3,000,000.00 MXN.
Beneficiarios:
1. Tomás R. (Hijo) – 80%
2. Alexis B. (Hermana) – 20%

Notas al margen manuscritas por David: “Asegurarse de que la casa quede a nombre de Tomás vía donación en vida para evitar juicio sucesorio donde J. pueda pelear”.

J.
Jazmín.
Yo.

Ahí estaba, escrito con su propia pluma. “Evitar que J. pueda pelear”.

No era solo que no me quería dejar nada. Era que estaba planeando activamente despojarme de cualquier derecho antes de morir. Quería dejarme en la calle, vieja, cansada y pobre, después de haberle exprimido hasta la última gota de juventud.

Saqué mi celular. Mis manos ya no temblaban. Ahora estaban firmes, guiadas por una determinación de acero.

Tomé fotos.
Foto al estado de cuenta. Click.
Foto a la transferencia de Tomás. Click.
Foto a la póliza de seguro. Click.
Foto a las notas manuscritas. Click.

Fotografié todo. Cada hoja, cada número, cada prueba de su infamia.

Guardé todo en la carpeta exactamente como estaba. Cerré el cajón. Puse la llave en la maceta.

Salí del estudio y cerré la puerta con cuidado.

Regresé a la sala y me senté en el sofá, en la oscuridad.

Miré la pantalla de mi celular, donde brillaban las fotos. Esas imágenes eran mi escudo y mi espada.

—Querías una sirvienta gratis, David —susurré a la oscuridad, sintiendo cómo una lágrima solitaria pero llena de fuego bajaba por mi mejilla—. Pues acabas de contratar a tu peor pesadilla.

Esa noche no dormí. Me quedé despierta, mirando el techo, trazando el plan. Ya tenía la motivación (el odio). Ya tenía la evidencia (las fotos). Ahora necesitaba aliados. Mañana llamaría

a Nadia. Mañana empezaría el contraataque.

Pero por ahora, en el silencio de esa casa maldita, sonreí. Una sonrisa torcida, peligrosa. Porque por primera vez en cinco años, yo tenía el control. Él tenía el dinero, pero yo tenía la verdad. Y la verdad, cuando se usa bien, corta más profundo que cualquier bisturí.

La mañana siguiente al descubrimiento de los documentos no amaneció; simplemente el cielo pasó de negro a un gris sucio, como si la Ciudad de México también tuviera resaca. Yo no había pegado el ojo en toda la noche. Cada vez que escuchaba crujir la madera de la casa vieja o el zumbido del refrigerador, mi corazón saltaba. Tenía el celular guardado bajo mi almohada en el sofá, como si fuera una granada sin seguro. Las fotos. La evidencia. Mi boleto de salida.

David se despertó a las 6:00 AM con su habitual grito de guerra:
—¡Jazmín! ¡El orinal!

En otro tiempo, ese grito me habría hecho saltar como un resorte, llena de culpa por no haberme anticipado a su necesidad. Hoy, me levanté despacio. Me estiré. Sentí cada vértebra de mi columna crujir. Me tomé mi tiempo para ponerme las pantuflas.

—¡Jazmín, carajo! —volvió a gritar, esta vez con ese tono agudo que usaba cuando sentía que perdía el control.

Caminé hacia su habitación. Abrí la puerta y lo vi ahí, indefenso pero tiránico, con el rostro rojo de ira.

—¿Eres sorda o qué? Llevo diez minutos gritando. Me estoy haciendo encima.

Me quedé parada en el marco de la puerta un segundo más de lo necesario, mirándolo. Pensé en los 800,000 pesos. Pensé en la póliza de seguro donde mi nombre no existía. Pensé en “la sirvienta gratis”.

—Ya voy, David. No grites, que vas a despertar a los vecinos —dije con una calma helada.

Hice lo que tenía que hacer. Limpié, cambié, ajusté. Pero mis manos, que antes eran suaves y cuidadosas, hoy eran eficientes y frías. No hubo “¿cómo amaneciste?”, no hubo caricias en el hombro, no hubo “ya va a pasar”. Solo silencio y el sonido del plástico de los guantes y las sábanas.

—Estás muy rara —dijo él mientras le subía la cabecera de la cama eléctrica—. Tienes esa cara de cuando se te mete una idea estúpida en la cabeza. ¿Sigues enojada por lo de ayer? Ya supéralo, Jazmín. Eres muy rencorosa.

—No estoy enojada, David —respondí, y era verdad. El enojo quema, y yo ya me había consumido. Lo que quedaba eran cenizas frías—. Solo estoy pensando.

—Pues deja de pensar y ponte a cocinar. Quiero chilaquiles. Verdes. Con mucha crema y cebolla. Y que el pollo esté deshebrado fino, no como la otra vez que dejaste trozos grandes y casi me ahogo.

—No hay pollo —mentí. Había una pechuga entera en el congelador.

—Pues ve a comprar. O saca algo. No sé, resuelve. Para eso eres la mujer de la casa.

“La mujer de la casa”. La frase me dio ganas de vomitar.

Salí de la habitación y fui a la cocina. En lugar de chilaquiles, puse a calentar agua para avena. Avena simple, con agua, sin leche. Comida de cárcel para el carcelero.

Mientras el agua hervía, escuché la puerta de la entrada abrirse. Era Tomás. Llegaba de su fiesta, con la misma ropa de ayer, los ojos inyectados de sangre y oliendo a cigarro y mezcal barato.

Pasó por la cocina sin mirarme, directo al refrigerador. Sacó el cartón de leche y bebió directamente del envase. Un hilo de leche le escurrió por la barbilla. Se limpió con la manga.

—Qué asco, Tomás —dije—. Usa un vaso.

Él se giró lentamente, tambaleándose un poco. Me miró con esa mezcla de desprecio y superioridad que había aprendido tan bien de su padre.

—No me estés jodiendo, Jazmín. Traigo una cruda que me revienta la cabeza.

—Pues vete a dormir tu cruda a otro lado o ten un poco de respeto. Yo no soy tu criada.

Tomás soltó una carcajada ronca.

—¿Ah no? —Se acercó un paso, invadiendo mi espacio personal. Olía a sudor rancio—. Pues parece que sí. Porque tú lavas mi ropa, tú limpias mis platos y tú le limpias el culo a mi papá. Así que, técnicamente, sí eres la criada. Y si no te gusta, la puerta es muy ancha. Lárgate. Al fin que ni falta haces. Mi papá ya me dijo que estás de adorno.

Ahí fue.
Ese fue el momento.
El click final.

No le contesté. No le grité. Simplemente apagué la estufa. El agua para la avena dejó de burbujear.

—Tienes razón, Tomás —dije suavemente—. La puerta es muy ancha.

Salí de la cocina dejándolo ahí, parado con el cartón de leche en la mano y cara de confusión. Subí las escaleras corriendo, pero sin hacer ruido. Entré al baño de visitas y cerré con seguro. Me senté en la tapa del inodoro y saqué mi celular. Mis dedos temblaban tanto que me costó trabajo desbloquear la pantalla.

Busqué en mis contactos. Tenía años que no la llamaba, pero nunca la borré.

Nadia – Florería.

Marqué.
Uno. Dos. Tres tonos.

—¿Bueno? —La voz de Nadia sonó fresca, llena de vida, con música de fondo. Probablemente estaba abriendo la tienda.

—Nadia… —Mi voz se quebró. Solo dije su nombre y sentí que se rompía la presa que había estado conteniendo durante un lustro.

Hubo un silencio breve al otro lado. Luego, el tono de Nadia cambió instantáneamente de casual a alerta roja.

—¿Jazmín? ¿Eres tú? ¡Jazmín! ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Te hizo algo ese infeliz?

—Nadia… tenías razón. Tenías razón en todo.

Empecé a llorar, pero no era un llanto de tristeza, era un llanto de liberación. Le conté, atropelladamente, en susurros feroces, lo que había pasado. Lo del hospital. Lo de Tomás. Los documentos. El robo.

—¡Hijo de su…! —gritó Nadia, y escuché algo caerse al fondo, tal vez unas tijeras de podar—. Escúchame bien, Jazmín. Sal de ahí. Ahorita. No en una hora, no mañana. Ahorita.

—No tengo a dónde ir. Mi familia está en Veracruz, no tengo dinero para…

—¡Vienes a mi casa! —interrumpió ella con firmeza—. Tengo un cuarto vacío. Tengo comida. Tengo un abogado. Y tengo muchas ganas de partirle la cara a ese tipo, pero primero te necesito a salvo. ¿Puedes salir ahora?

—Están abajo. David está esperando el desayuno y Tomás está borracho en la cocina.

—Agarra lo indispensable. Tus papeles, tu ropa básica. Deja todo lo demás. Lo material se recupera, tu vida no. Te espero en la florería. ¿Sabes llegar?

—Sí. Sigue en Coyoacán, ¿verdad?

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