Abrí la puerta. Tomás estaba tirado en su cama, con los audífonos puestos (aunque la música salía de unas bocinas), jugando videojuegos en una pantalla enorme que yo ayudé a pagar con mis ahorros hace dos navidades.
No se levantó. Ni siquiera me miró. Siguió matando zombies en la pantalla.
—Tu papá ya llegó —dije, alzando la voz sobre la música.
—Ah, chido —murmuró, sin apartar la vista del juego—. Al rato bajo.
—Quiere verte ahora. Y la sala es un asco. Necesito que bajes tus cajas de pizza a la basura.
Tomás pausó el juego lentamente. Giró la silla gamer y me miró. Tenía los mismos ojos de su padre: oscuros, calculadores, burlones.
—Oye, Jazmín, bájale dos rayitas, ¿no? Vienes llegando y ya estás chingando. Mi papá acaba de salir del hospital, no quiere oírte gritar.
—No estoy gritando. Te estoy pidiendo que limpies tu desastre.
—Pues límpialo tú. Para eso estás aquí todo el día, ¿no? Yo estudio. Tengo cosas que hacer. Tú no haces nada, solo cuidas a mi papá y te haces la víctima.
Sentí el calor subirme por el cuello. La insolencia. La calca exacta de las palabras de David. “Para eso estás aquí”. “No haces nada”.
—Soy tu madrastra, Tomás. Y esta es mi casa también.
Él soltó una risa corta, seca.
—Tu casa… —repitió, como si fuera el chiste más gracioso del mundo—. Sí, claro. Sigue creyendo eso. Anda, ve a atender a mi papá, que para eso te casaste con él, ¿no? Por la lana.
Me quedé helada. ¿Por la lana? ¿Qué lana? Si apenas nos alcanzaba. Si yo compraba mi ropa en el tianguis. Si yo cocinaba maravillas con sobras.
—Baja a ver a tu padre —dije con voz temblorosa, y salí del cuarto antes de que pudiera ver cómo me afectaban sus palabras.
Bajé las escaleras con las piernas temblando. Me encerré en el baño de visitas de la planta baja. Me miré al espejo.
—No llores —me ordené—. No llores. Úsalo. Usa este odio. Que sea tu gasolina.
Salí del baño y fui a la cocina. No lavé los platos. No recogí la sala. Solo moví las cajas de pizza a una esquina para que no estorbaran el paso de la silla de ruedas, y me senté en la mesa del comedor a esperar.
La tarde pasó lenta, asfixiante. Tomás bajó finalmente a las 4:00 PM. Entró al estudio de su padre y cerraron la puerta. Estuvieron ahí dos horas. Escuchaba murmullos, risas, el sonido de papel siendo barajado.
Yo estaba afuera, en la sala, fingiendo leer un libro, pero mis oídos estaban sintonizados como radares. No lograba distinguir las palabras exactas, pero el tono era de conspiración. De camaradería masculina. De padre e hijo contra el mundo… y contra mí.
A las 7:00 PM, salieron.
—Jazmín, tenemos hambre —dijo David, saliendo del estudio con una sonrisa relajada, como si hubiera tenido un gran día—. ¿Qué hay de cenar?
Me levanté del sillón.
—Hay sobras de picadillo de hace tres días. Y tortillas.
—¿Picadillo otra vez? —se quejó Tomás—. Guácala. Mejor pide unas pizzas, pa.
—No, hijo, hay que ahorrar. Ya te dije que las finanzas están apretadas —dijo David, guiñándole un ojo de forma casi imperceptible—. Cómete el picadillo que hizo Jazmín. Pobrecita, se esforzó.
Me fui a la cocina a calentar el picadillo. Mientras la carne chisporroteaba en el sartén, miré el mueble de las especias. Ahí, escondido detrás de un frasco de orégano viejo, tenía un pequeño frasco de vidrio con dinero de emergencia. Eran billetes de 200 y 500 pesos que yo iba guardando de los cambios del mandado. Mi “guardadito”.
Lo toqué con la punta de los dedos. Había como tres mil pesos ahí. No era mucho, pero era un comienzo.
Serví la cena. Ellos comieron hablando de fútbol y de coches. Yo comí en silencio, masticando cada bocado como si fuera cartón.
—Estaba bueno, Jaz —dijo Tomás al terminar, empujando el plato sucio hacia el centro de la mesa—. Te quedó un poco salado, pero pasa.
—Gracias —dije.
—Bueno, me voy. Tengo fiesta con los de la facu —anunció Tomás, levantándose—. Pa, ¿me prestas la camioneta?
—Claro, hijo. Las llaves están en el llavero. Con cuidado.
Tomás agarró las llaves de la Sienna, la camioneta adaptada y cara, y salió chiflando.
David se quedó en la mesa, mirándome.
—¿Qué te pasa hoy? Estás muy callada.
—Estoy cansada, David. El hospital, la llanta, todo.
—Pues descansa. Pero antes, ayúdame a ir al baño y prepárame mis medicinas. Ya me quiero dormir.
El proceso de acostarlo fue tedioso. Lavarle los dientes (porque a veces decía que le dolían los brazos para hacerlo él), ponerle la pijama, cargarlo a la cama, acomodar las almohadas, darle el vaso de agua, darle las pastillas: Losartán, Clonazepam, vitaminas.
—Buenas noches, Jazmín. Apaga la luz.
—Buenas noches.
Cerré la puerta de su habitación. Me quedé en el pasillo oscuro.
El reloj de la sala marcaba las 10:30 PM.
Esperé.
Me senté en el sofá, en la oscuridad, escuchando los sonidos de la casa. El refrigerador zumbando. El tráfico lejano. Y finalmente, después de cuarenta minutos, el sonido inconfundible: los ronquidos de David. Eran profundos, rítmicos, pesados por el efecto del Clonazepam. No se despertaría ni aunque cayera una bomba.
Era el momento.
Me quité los tenis para no hacer ruido. Caminé descalza sobre el piso frío de loseta. Sentí la adrenalina dispararse en mis venas, un corrientazo eléctrico que me erizó la piel.
Fui hacia el estudio.
La puerta estaba cerrada, pero no con llave. David nunca cerraba con llave dentro de la casa porque se sentía el emperador absoluto; no temía rebeliones porque creía que sus súbditos eran leales y estúpidos.
Giré la perilla lentamente. Click.
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