—No, ya no —me detuvo con un gesto de la mano—. Ya se me quitó el hambre del coraje. Mejor ayúdame a cambiarme. El doctor dijo que me dan el alta a mediodía si mis niveles de presión están bien. Quiero largarme de aquí. Este lugar huele a muerte.
Me acerqué a la cama. Comenzó el ritual físico que conocía de memoria, pero que ahora sentía como una violación a mi dignidad.
Bajé la barandilla de la cama con un clack metálico.
Acerqué la silla de ruedas.
Frené las ruedas.
Le quité la sábana.
Ahí estaban sus piernas, delgadas, atróficas por la falta de uso. Piernas que yo masajeaba todas las noches con cremas caras para reactivar la circulación. Piernas que yo limpiaba. Me incliné sobre él para abrazarlo por el torso y hacer el levantamiento.
El olor de su loción mezclado con el olor agrio del sudor de hospital me llenó la nariz. Sentí su brazo pesado rodear mi cuello.
—A la de tres —dije.
—Cuidado con mi espalda, Jazmín. La última vez me pellizcaste —advirtió cerca de mi oído.
—Uno, dos, tres.
Hice fuerza. Sentí el tirón familiar en mis lumbares. A pesar de ser delgada, había desarrollado una fuerza extraña, una fuerza de bestia de carga. Lo levanté, giré mi cuerpo y lo deposité en la silla.
Él se acomodó, refunfuñando.
—La almohadilla está chueca. Enderézala.
Me agaché, sumisa, y ajusté el cojín bajo sus glúteos.
—¿Así?
—Ahí. Y ponme los pies bien en los estribos, no quiero que se me vayan arrastrando.
Lo hice. Me puse de pie y me sacudí las manos, como si quisiera quitarme la sensación de su contacto.
—Listo. Voy a ver lo de los papeles de alta.
Salí de la habitación casi corriendo. Necesitaba alejarme de él. Necesitaba respirar. En el pasillo, me recargué contra la pared fría y cerré los ojos.
“Sirvienta gratis”.
“Es obediente”.
—Disfruta tu obediencia mientras dure, David —susurré—. Porque se te va a acabar.
El trayecto a casa fue un infierno en miniatura dentro de un Nissan Versa.
David odiaba mi coche. Decía que la suspensión era muy dura, que los asientos eran incómodos, que el motor sonaba como matraca vieja. Pero nunca, en cinco años, ofreció comprar uno mejor con su dinero. Su camioneta adaptada, la “Sienna”, la usaba solo cuando Tomás se dignaba a manejarla para llevarlo a citas importantes donde David quería presumir estatus. Para el día a día, para la batalla, usábamos mi coche.
—Pon el aire, me estoy asando —ordenó desde el asiento del copiloto.
Lo encendí. El aire acondicionado tardaba en enfriar.
—No enfría nada. Deberías llevarlo a revisar. Claro, como tú no pagas las reparaciones… —murmuró, mirando por la ventana con desdén.
Apreté el volante. Yo pagaba las reparaciones. Con el dinero que ganaba de mis trabajos freelance, con lo que ahorraba del gasto. Él pagaba la gasolina, sí, pero el mantenimiento salía de mi bolsillo porque “el coche está a tu nombre, Jazmín, es tu responsabilidad”.
—Pon noticias. Quiero saber cómo va el dólar.
Cambié la estación. Un locutor hablaba sobre la economía inestable.
—Ves —dijo David, señalando el radio con un dedo acusador—. Por eso hay que ser listos con el dinero. No se puede ir gastando en tonterías. Hay que proteger el patrimonio.
Casi me río. Una risa histérica burbujeó en mi garganta. “Proteger el patrimonio”. Traduccíon: Esconder el dinero de mi esposa para dárselo a mi hijo inútil.
—Sí, David —dije suavemente—. Hay que ser muy listos.
Llegamos a la casa en Coyoacán. Era una casa vieja, de los años 70, grande, fría y llena de humedad. Pertenecía a la familia de su primera esposa, que falleció de cáncer hace diez años. David siempre decía que la casa era “su legado”. Yo nunca me sentí dueña de nada ahí. Ni siquiera pude cambiar las cortinas de la sala porque “a Tomás le gustaban las que puso su mamá”.
Estacioné el coche en la entrada.
—Ayúdame a bajar. Y rápido, que tengo ganas de ir al baño.
Bajamos. La maniobra de transferirlo del coche a la silla siempre era delicada en la banqueta desnivelada. Un vecino pasó paseando a su perro y saludó.
—¡Buenas tardes, Don David! ¡Ya de regreso! ¡Qué buena esposa tiene, eh!
David le dedicó una sonrisa brillante, esa sonrisa de político en campaña que reservaba para el público.
—¡Así es, vecino! ¡Un ángel del cielo! ¡No sé qué haría sin ella!
El vecino me sonrió y siguió su camino. Me dieron ganas de gritarle: “¡Es mentira! ¡Me desprecia! ¡Me está robando!”. Pero solo asentí y empujé la silla hacia la puerta.
Al abrir la puerta principal, el olor me golpeó.
Olía a encierro, a pizza vieja y a humedad.
—¡Tomás! —gritó David en cuanto entramos—. ¡Tomás, ya llegamos!
Nadie respondió.
En la sala, la mesita de centro estaba cubierta de cajas de pizza vacías, latas de cerveza y ceniceros llenos. Había ropa tirada en el sofá. Zapatos en medio del paso.
David suspiró, pero no con enojo, sino con una indulgencia paternal que me enfermaba.
—Ay, este muchacho. Se ve que tuvo visitas anoche. Pobre, ha de estar estresado con mis cosas del hospital.
¿Estresado? ¿Estresado de comer pizza y beber cerveza mientras yo dormía en una silla de plástico en urgencias?
—Voy a limpiar —dije, dejando las llaves en la entrada.
—Sí, por favor. Esto es un chiquero. No sé cómo puedes tener la casa así, Jazmín. Te vas unos días y todo se cae a pedazos. Se nota que haces falta para poner orden.
Ahí estaba otra vez. La culpa. Él ensuciaba, Tomás ensuciaba, pero la responsabilidad del orden era mía. Si la casa estaba sucia, era porque yo había fallado, no porque ellos fueran unos cerdos.
Llevé a David a su estudio, donde le gustaba pasar las tardes viendo sus cuentas en la computadora.
—Tráeme un vaso de agua con hielos. Y búscame a Tomás.
Fui a la cocina. El fregadero era una montaña de platos sucios con restos de comida pegada. Había hormigas caminando sobre una mancha de refresco en la barra. Sentí una punzada de desesperación. Antes, me hubiera puesto a llorar de frustración mientras me ponía los guantes de hule para tallar.
Hoy, miré los platos con frialdad.
Llené un vaso con agua de la llave (no del filtro, un pequeño acto de rebelión) y le puse dos hielos. Se lo llevé a David.
—Gracias. Cierra la puerta al salir. Tengo que hacer unas llamadas privadas.
“Llamadas privadas”. Seguro iba a llamar a su abogado. O a Tomás para reírse de mí otra vez.
Subí las escaleras hacia la habitación de Tomás. La puerta estaba cerrada y salía música rap a todo volumen. Toqué fuerte.
—¡¿Qué?! —gritó desde adentro.
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