—Hay que ser prácticos, mi amigo. Si le digo que no le voy a dejar nada, capaz que me deja tirado y se va. Así que la mantengo con la esperanza. Una sonrisita por aquí, un “gracias mi amor” por allá, y la tengo comiendo de mi mano. Es más barato que pagar un asilo, te lo aseguro. En un asilo me tratarían peor y me costaría 30 mil pesos al mes. Ella me sale gratis. Es mi sirvienta de lujo.
El mundo se detuvo.
Literalmente sentí que el eje de la tierra dejaba de girar. El ruido del tráfico lejano desapareció. El zumbido de las máquinas expendedoras se apagó. Solo quedaba el eco de esas palabras rebotando en mi cráneo: “Sirvienta de lujo”. “Gratis”. “Ni madres”. “Que se busque a otro”.
Miré la bolsa en mis manos. El pan dulce, mi pequeño gesto de amor matutino, ahora parecía un insulto. Me había levantado antes del amanecer, había gastado mis últimas monedas, había caminado cuadras cargando su desayuno favorito… ¿para esto? ¿Para ser el chiste de dos viejos amargados en un patio de hospital?
Una lágrima caliente y solitaria rodó por mi mejilla. No era de tristeza. Era de rabia. Una rabia pura, incandescente, que nacía desde las entrañas.
Recordé los cinco años.
Recordé la noche que tuve fiebre de 39 grados y aun así me levanté a cambiarle las sábanas porque él se había orinado y no quería esperar a la enfermera.
Recordé cuando vendí las joyas que me heredó mi abuela para pagar la medicina especial que el seguro no cubría.
Recordé las navidades pasadas en salas de espera, comiendo sándwiches fríos mientras Tomás se iba de fiesta con sus amigos.
“Es mi sangre”, había dicho. “Ella es útil”.
Mi primer instinto fue entrar. Abrir esa puerta de una patada, tirarle el café hirviendo en la cara y gritarle hasta que me quedara sin voz. Quería ver su cara de terror al saber que lo había escuchado. Quería volcar su silla de ruedas.
Pero me detuve.
Mis manos temblaban, pero mi mente, curiosamente, empezó a enfriarse. Si entraba ahora y hacía un escándalo, yo sería “la loca”. Yo sería la esposa histérica que abandona a un pobre paralítico. Él se haría la víctima, como siempre. Diría que yo malinterpreté todo, que estaba bromeando. Tomás se pondría de su lado. Todos me juzgarían.
Y lo peor: me iría sin nada. Cinco años de esclavitud para salir con una mano adelante y otra atrás.
No.
Di un paso atrás, alejándome del cristal. Me pegué a la pared del pasillo, respirando hondo. Inhalé el olor a antiséptico y exhalé el olor a sumisión. En ese pasillo de hospital, la Jazmín que conocían, la Jazmín “buena gente”, la Jazmín “útil”, murió silenciosamente.
Miré un bote de basura cercano. Con un movimiento lento y deliberado, caminé hacia él y dejé caer la bolsa con las conchas y el café. El golpe sordo de los vasos y el pan al caer al fondo del bote fue el único sonido que hice.
—Adiós, desayuno —susurré.
Me di la media vuelta y caminé hacia la salida. No entré a verlo. No ese momento. Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Necesitaba un plan.
Salí del hospital y el sol ya estaba alto. Me lastimaba los ojos. Caminé hacia mi coche, me subí y cerré los seguros. Y ahí, en la seguridad de mi viejo Versa, grité. Grité hasta que me dolió la garganta. Grité por los cinco años perdidos. Grité por la mujer que fui y que ya no existía. Grité por la estupidez de creer en el amor incondicional cuando la otra parte solo creía en la conveniencia.
Cuando terminé de gritar, me limpié la cara con el dorso de la mano. Me miré en el espejo retrovisor. Mis ojos estaban rojos, pero había algo nuevo en ellos. Una dureza que no estaba ahí esa mañana.
Saqué mi celular. Tenía tres mensajes perdidos de David.
¿Dónde estás? Ya es tarde.
Tengo hambre.
Jazmín, contesta.
Miré los mensajes y sentí… nada. Ni culpa, ni ansiedad. Solo una frialdad absoluta.
Escribí una respuesta:
“Se me ponchó una llanta. Llego cuando pueda.”
Mentira. No se me había ponchado nada. Pero él no lo sabía. Que espere. Que espere y que sienta hambre. Que empiece a saber lo que se siente cuando la “sirvienta gratis” deja de funcionar.
Arranqué el coche, pero no me dirigí a casa, ni a la vulcanizadora. Me dirigí a un lugar que no visitaba hacía mucho tiempo: la biblioteca pública. Necesitaba internet, necesitaba silencio y, sobre todo, necesitaba saber exactamente qué derechos tenía una esposa en el Estado de México cuando su marido planeaba dejarla en la calle.
David creía que estaba jugando ajedrez y que yo era un peón. Lo que no sabía es que el peón, cuando llega al otro lado del tablero, se convierte en Reina. Y la Reina es la pieza más peligrosa del juego.
Mientras conducía, encendí el radio. Sonaba una canción de banda, algo sobre traición y despecho. Normalmente le cambiaría, pero hoy… hoy la dejé a todo volumen.
La guerra había comenzado. Y él ni siquiera sabía que el enemigo ya estaba dentro de la casa.
Regresar al hospital fue el acto de actuación más difícil de mi vida. Si alguna vez existió un Premio Óscar para la “Esposa Abnegada en Crisis”, yo me lo merecía esa mañana.
Me quedé sentada en el coche unos quince minutos más después de secarme las lágrimas. Miré mi rostro en el espejo del parasol. Mis ojos seguían rojos, hinchados, pero un poco de maquillaje barato y unas gotas de Visine hicieron el truco. Me solté el pelo para cubrir un poco los lados de mi cara y ensayé mi expresión. No podía entrar con cara de furia, ni con cara de víctima. Tenía que entrar con la cara de siempre: la de la Jazmín Resuelta, la Jazmín que Resuelve, la Jazmín Útil.
—Tú puedes —me dije a mí misma, apretando el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos—. Eres una espía en territorio enemigo. No dejes que te vean sangrar.
Bajé del coche y caminé de nuevo hacia la entrada de urgencias. El sol ya quemaba el asfalto. Sentía el calor atravesando las suelas de mis tenis desgastados. Cada paso que daba hacia ese edificio gris era como caminar hacia el patíbulo, pero esta vez, el condenado no iba a pedir clemencia; iba a memorizar las caras de los verdugos.
Llegué a la habitación 304. La puerta estaba entreabierta. Desde afuera, escuché el zumbido del televisor prendido en algún programa de chismes de la mañana, de esos donde todos gritan y nadie se escucha. Respiré hondo, conté hasta tres, y empujé la puerta.
Ahí estaba él. David.
Ya lo habían subido a la cama. Estaba recostado con esa postura de rey destronado que había perfeccionado en los últimos cinco años. Tenía el control remoto en una mano y el celular en la otra. Cuando me vio entrar, no sonrió. Su ceño se frunció inmediatamente, transformando su rostro en una máscara de reproche.
—¡Por fin! —exclamó, dejando caer el celular sobre las sábanas con un golpe dramático—. ¿Tienes idea de la hora que es, Jazmín? Llevo una hora aquí tirado como mueble viejo. La enfermera vino a preguntar por ti tres veces. ¡Tres veces! Me sentí como un perro abandonado.
En otro tiempo, en mi vida anterior (esa que terminó hace una hora en el pasillo), yo me hubiera deshecho en disculpas. Hubiera corrido a su lado, le hubiera acariciado la frente sudorosa, le hubiera dicho “perdóname, mi vida, perdóname”.
Pero hoy no.
Me quedé parada al pie de la cama, manteniendo una distancia de seguridad. Mi voz salió tranquila, casi mecánica.
—Se me ponchó una llanta en el Viaducto, David. Tuve que esperar a que pasara un ángel verde o alguien que me ayudara porque el gato hidráulico del coche está atorado. Ya sabes, ese coche viejo que nunca quisiste cambiar.
La mentira fluyó de mis labios con una facilidad que me asustó.
David resopló, rodando los ojos.
—Siempre te pasan cosas, Jazmín. Siempre. Es que no te fijas. Seguro pasaste por un bache enorme y ni cuenta te diste porque vas en las nubes. Necesitas poner más atención, mujer. Me tienes aquí con el Jesús en la boca y tú allá afuera rompiendo el coche.
“Rompiendo el coche”. Claro. La culpa siempre era mía. Incluso en mi mentira, yo era la inepta.
—Lo siento —dije, sin sentirlo en absoluto—. Ya estoy aquí.
Su mirada bajó a mis manos vacías. Frunció el ceño aún más, como un niño caprichoso al que le han negado su dulce.
—¿Y las conchas?
El silencio se estiró en la habitación, denso y pegajoso. Podía escuchar el latido de mi propio corazón en los oídos.
—No hay conchas —dije flatmente.
—¿Cómo que no hay conchas? —Su voz subió una octava, teñida de incredulidad—. Me dijiste que ibas a “La Esperanza”. Te pedí específicamente las de vainilla. Llevo dos días soñando con ese maldito pan, Jazmín.
—Con el problema de la llanta, se me olvidaron en el asiento del copiloto mientras el señor me ayudaba a cambiar la rueda —improvisé—. Y cuando me di cuenta, ya venía tarde. No me iba a regresar.
David me miró como si acabara de confesar un asesinato.
—Increíble —masculló, negando con la cabeza—. Simplemente increíble. Te pido una sola cosa. Una. Estoy paralítico, Jazmín. No puedo ir yo por ellas. Dependo de ti para todo, y tú no puedes traerme un simple pan dulce. ¿Tanto te cuesta? ¿Tanto trabajo te da complacerme en algo tan pequeño?
Ahí estaba. La manipulación maestra. El golpe bajo de “estoy paralítico”. Antes, esa frase me hubiera doblado las rodillas de culpa. Ahora, solo recordaba sus palabras en el patio: “Es mi sirvienta de lujo… me sale gratis”.
—Lo siento —repetí, con la misma voz monótona—. ¿Ya te dieron de desayunar aquí?
—Esa porquería de gelatina y huevo revuelto aguado —escupió—. No me lo comí. Tengo hambre, Jazmín. Mucha hambre.
—Ahorita veo si te consigo algo en la cafetería —dije, dándome la vuelta para no tener que mirarlo a los ojos
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
