ESCUCHÉ A MI ESPOSO PARALÍTICO DECIR QUE SOY SU “SIRVIENTA GRATIS” Y QUE NO ME DEJARÍA NI UN PESO.

Ir a la farmacia Guadalajara por los pañales de adulto y las gasas.
Pasar al banco a pelearme de nuevo con el ejecutivo porque el seguro no quería cubrir la última terapia.
Llegar al hospital antes de las 8:00 AM para el cambio de turno y asegurarme de que las enfermeras hubieran rotado a David.
Llevarle desayuno decente, porque él odiaba la comida de hospital (“sabe a cartón mojado”, decía).
Salí de la casa a las 5:15 AM. El aire frío me golpeó la cara, despertándome de golpe. Me subí a mi viejo Versa, que ya pedía a gritos un servicio, y manejé hacia la panadería “La Esperanza” que estaba de camino al hospital.

David tenía un antojo. Llevaba dos días quejándose de que quería conchas de vainilla. “Pero que sean de las que tienen la costra gruesa, Jazmín, no me traigas esas porquerías que venden en el Oxxo”, me había dicho con ese tono de exigencia que se había vuelto su voz natural.

Entré a la panadería y el olor me envolvió. Ese olor dulce, cálido, a mantequilla y azúcar, que es el olor de los hogares felices en México. Por un segundo, cerré los ojos y me permití imaginar que era una mujer normal comprando pan para un desayuno normal con un esposo que me preguntaría “¿cómo dormiste, mi amor?”.

—¿Va a llevar algo, güerita? —me preguntó la empleada, sacándome de mi ensoñación.

—Sí, deme cuatro conchas de vainilla y dos orejas, por favor. Ah, y un café americano grande.

Pagué con las monedas que traía en el monedero, contando cada peso. La situación económica no era boyante. La pensión de David cubría los gastos médicos, pero la casa, la comida y los servicios se comían mis ahorros y lo poco que ganaba haciendo trabajos esporádicos de corrección de estilo en las madrugadas.

Con la bolsa de papel estraza caliente en las manos, volví al coche. El tráfico en el Periférico estaba imposible, como siempre. “Vuelta de rueda”, pensaba mientras avanzaba metro a metro, rodeada de cláxones y vendedores ambulantes ofreciendo cargadores de celular. Aproveché el tiempo para llamar a casa y ver si Tomás, mi hijastro, ya se había levantado.

Tomás tenía 22 años. Era el hijo del primer matrimonio de David. Cuando nos casamos, él tenía 17 y yo traté de ser la mejor madrastra del mundo. Pero Tomás era como su padre: tomaba todo y no daba nada.

—¿Bueno? —contestó con la voz pastosa de quien sigue dormido a las 7 de la mañana.

—Tomás, soy yo. Voy camino al hospital. ¿Puedes sacar la basura antes de irte a la universidad? Hoy pasa el camión.

—Ajá… sí, al rato —gruñó y colgó.

Suspiré. Sabía que cuando regresara en la noche, las bolsas de basura seguirían ahí, apestando la entrada, y yo tendría que sacarlas. “Paciencia, Jazmín, paciencia”, me repetí. “Están sufriendo. La vida ha sido dura con ellos”.

Llegué al hospital a las 7:45 AM. El estacionamiento estaba lleno, así que tuve que dejar el coche a tres cuadras y caminar. Abrazaba la bolsa de pan contra mi pecho para que no se enfriara. Quería ver la cara de David cuando mordiera la concha. Quería ver esa pequeña sonrisa, ese momento fugaz en el que dejaba de ser el paciente amargado y volvía a ser mi esposo.

Entré por el área de rehabilitación. El olor a cloro y tristeza me golpeó como siempre. Saludé a Lupita, la recepcionista.

—Buenos días, señora Jazmín. Su marido ya está en el patio, lo sacaron a tomar el sol hace ratito.

—Gracias, Lupita.

Caminé por el pasillo largo, mis tenis rechinando suavemente en el piso encerado. Al final del pasillo había unas puertas de cristal que daban al jardín interior, un pequeño oasis de pasto y bancas de cemento donde los pacientes en sillas de ruedas o con andaderas salían a respirar aire que no fuera reciclado.

Me detuve un momento antes de salir. Había una columna gruesa justo antes de la puerta. Me paré ahí para recuperar el aliento y acomodarme el cabello. Me vi en el reflejo del cristal: tenía ojeras oscuras, el cabello recogido en una cola de caballo desordenada y la ropa un poco holgada. “Me veo cansada”, pensé. “Pero no importa, estoy aquí. Siempre estoy aquí”.

Iba a empujar la puerta cuando escuché su voz. La voz de David.

No sonaba como la voz que usaba conmigo, esa voz quejumbrosa y débil. No. Sonaba fuerte, varonil, llena de una arrogancia que creía muerta.

—…pues sí, compadre, así es la cosa —estaba diciendo—. La vida te quita las piernas, pero te da otras compensaciones si eres listo.

Me congelé. Mi mano se quedó suspendida sobre la manija de la puerta. David no estaba solo. Por el ángulo del reflejo, pude ver que hablaba con el señor Rogelio, otro paciente de rehabilitación, un hombre mayor y ruidoso que siempre contaba chistes colorados.

—Pero a poco no te sientes mal, mano —dijo Rogelio, con una risita rasposa—. Digo, la muchacha se ve que se desvive. El otro día la vi cargándote para pasarte a la camilla y se le notaba que le temblaban los brazos. Está flaquita.

Mi corazón empezó a latir rápido. Estaban hablando de mí.

Hubo un silencio breve. Luego, la risa de David. Una risa seca, cínica.

—Ay, Rogelio, no seas sentimental. Mira, Jazmín es buena gente, no digo que no. Pero seamos realistas. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejarme? No tiene a dónde ir. Y la verdad, me saqué la lotería.

Apreté la bolsa de pan. Las conchas tibias se aplastaron bajo mis dedos.

—¿Cómo que la lotería? —preguntó Rogelio.

—Pues sí, güey. Piénsalo —la voz de David bajó un poco de volumen, pero en el silencio de la mañana, cada palabra retumbaba como un cañonazo en mis oídos—. Tengo una enfermera de tiempo completo, cocinera, chofer y sirvienta. ¿Y sabes cuánto me cuesta? Cero pesos. Nada. Ni seguro social le tengo que pagar.

Sentí un sabor metálico en la boca. ¿Eso era yo? ¿Una partida presupuestal ahorrada?

—Oye, pero es tu esposa, cabrón —dijo Rogelio, aunque se reía, celebrándole la “broma”.

—Es mi esposa, sí. Pero se ha vuelto… ¿cómo te diré? Útil. Muy útil. Es obediente. Yo le digo “muéveme aquí”, y ella corre. Le digo “quiero tal comida”, y ella va y la consigue. Es como tener una mamá y una empleada en una sola persona. Y lo mejor de todo… —David hizo una pausa dramática, como si fuera a contar el secreto del siglo—. Lo mejor es que ella cree que se va a quedar con todo cuando yo me muera.

—¿A poco no?

—¡Ni madres! —exclamó David, y escuché el sonido de su mano golpeando el reposabrazos de la silla—. Yo no soy pendejo, Rogelio. Ya arreglé mis papeles. Todo, absolutamente todo, va para Tomás. La casa, el seguro de vida, las cuentas. Tomás es mi sangre, es mi apellido. Jazmín… Jazmín es joven. Cuando yo me pele, ella que se busque a otro pendejo que la mantenga, si es que todavía aguanta, porque la tengo bien trabajada.

Rogelio soltó una carcajada fuerte, tosiendo un poco al final.

—Eres un perro, David. Un perro con suerte.

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