Me giré.
—¿Qué?
—¿Quién te va a cuidar a ti? —preguntó, con un último intento de herirme—. Ya no eres joven. Estás sola. Yo al menos tengo a mi hijo.
Lo miré y sentí… lástima. Pura y simple lástima.
—David, tú no tienes a un hijo. Tienes a un parásito que está esperando a que te mueras para vender la casa. Yo me tengo a mí misma. Y créeme, me caigo muy bien.
Me di la vuelta y caminé por el pasillo. El taconeo de mis zapatos nuevos resonaba como música.
Esa noche, Nadia organizó una fiesta en la terraza de la florería. Invitó a Talia, a Sandra del grupo de apoyo y a un par de amigas más.
Hubo vino, hubo risas y hubo música.
—¡Por la mujer libre! —brindó Talia, levantando su copa—. Y por mi comisión, que va a pagar mis vacaciones en Europa.
Todas reímos.
—Jazmín —me dijo Sandra, tomándome del brazo—. ¿Qué vas a hacer ahora? Tienes dinero. Tienes trabajo. ¿Cuál es el sueño?
Miré las luces de la ciudad desde la terraza.
—Quiero escribir —dije—. Siempre quise escribir. Dejé de hacerlo porque David decía que era una pérdida de tiempo, que no dejaba dinero.
—Pues ahora tienes tiempo y tienes dinero —dijo Nadia—. Escribe. Escribe tu historia.
Y eso hice.
Los meses siguientes fueron un torbellino de actividad.
En el trabajo, me ascendieron rápidamente. Mi capacidad de organización era impecable. “Si puedes lidiar con un exmarido narcisista y una demanda legal, puedes lidiar con autores caprichosos”, me decía mi jefa.
Me mudé del departamento de Nadia a uno propio. Pequeño, en la colonia Narvarte. Lo decoré a mi gusto. Paredes color terracota, muchas plantas (regalo de Nadia) y un escritorio frente a la ventana.
Empecé un blog. “Votos Rotos: Crónicas de una Ex-Sirvienta”.
Al principio, solo lo leían mis amigas. Luego, Talia lo compartió en sus redes. Luego, se hizo viral.
Mujeres de todo México me escribían.
“Me pasó lo mismo con mi papá”.
“Mi esposo me dice que no hago nada porque estoy en casa”.
“Gracias por decir lo que nadie se atreve”.
Mi voz, que había estado silenciada durante cinco años, ahora resonaba en miles de gargantas.
Un día, seis meses después del divorcio, recibí un correo electrónico.
De: Hospital General de Zona.
Asunto: Notificación de Paciente David M.
El corazón me dio un vuelco. Lo abrí.
Era una notificación automática. David había sido ingresado por una “sepsis severa derivada de úlceras por presión infectadas”. Llagas. Las temidas escaras que yo había evitado durante cinco años con mis rotaciones nocturnas y mis cuidados obsesivos.
Al parecer, Tomás y las enfermeras baratas no habían sido tan cuidadosos.
Al final del correo decía: “No se ha logrado contactar al familiar responsable (Tomás R.). Se le notifica a usted por ser contacto secundario en el archivo histórico (no actualizado).”
Tomás no contestaba. Probablemente estaba de fiesta o escondiéndose de los acreedores. David estaba solo, pudriéndose en una cama de hospital público (porque seguro se acabaron el dinero del seguro privado).
Mi primer instinto, el instinto de la “Jazmín enfermera”, fue correr. Agarrar las llaves del coche e ir a salvarlo. “Pobre hombre, está sufriendo”.
Me levanté de la silla. Agarré mi bolsa.
Pero entonces, vi mi reflejo en el espejo de la entrada.
Vi a Jazmín, la editora. La escritora. La mujer libre.
Vi mi departamento limpio y tranquilo.
Si iba, volvería a caer. Si iba, les daría el mensaje de que, al final, siempre estaré ahí para limpiar su desastre.
Dejé la bolsa.
Me senté frente a la computadora.
Respondí el correo:
“El señor David M. está divorciado legalmente de la suscrita. El responsable legal es su hijo, Tomás R. Por favor, contacten a las autoridades correspondientes si hay abandono de paciente. Favor de eliminar mi correo de su base de datos. Gracias.”
Enviar.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
