ESCUCHÉ A MI ESPOSO PARALÍTICO DECIR QUE SOY SU “SIRVIENTA GRATIS” Y QUE NO ME DEJARÍA NI UN PESO.

Coyoacán seguía igual, con sus calles empedradas y sus árboles viejos. Pero yo no. Yo ya no era la sirvienta. Ni la fugitiva. Ni la acusada.

Mañana iba a una entrevista de trabajo. No como la víctima de David, sino como la recomendada de la abogada más temida de la ciudad.

Y en algún lugar, en una casa oscura y sucia, David y Tomás estaban descubriendo que el karma no tiene fecha de caducidad, pero sí tiene fecha de cobro.

La editorial “Letras Vivas” olía a papel nuevo y café recién hecho, un aroma que para mí significaba esperanza. La entrevista fue dura, pero diferente a las anteriores. La Directora Editorial, una mujer llamada Claudia, no me preguntó por el “hueco” en mi currículum con desdén. Me preguntó cómo había sobrevivido a él.

—Talia me dijo que manejaste una crisis familiar de cinco años tú sola —dijo Claudia, revisando mis pruebas de edición—. Si puedes organizar la vida de una persona enferma, lidiar con burocracia médica y aun así mantener la cordura, puedes manejar el cierre de una revista mensual. Aquí lo que sobra es estrés, Jazmín. Necesitamos gente que no se rompa a la primera.

—No me rompo, Claudia —respondí, mirándola a los ojos—. Ya me rompieron y me volví a armar. Ahora soy a prueba de balas.

Conseguí el trabajo.
Sueldo base decente, prestaciones y, lo más importante: mi nombre en la nómina. Jazmín Rodríguez. No “Señora de…”, no “la esposa de…”. Solo yo.

Mi primer cheque llegó dos semanas después. Lloré al verlo. Eran 12,000 pesos. No era una fortuna, pero era mío. Con ese dinero compré un traje sastre azul marino de segunda mano pero de buena calidad, unos zapatos cómodos y pagué mi parte de la despensa en casa de Nadia.

Estaba lista para el siguiente round.

La audiencia de conciliación se fijó para un martes nublado de octubre.

Talia pasó por mí a la florería en su camioneta blindada. Nadia me dio un abrazo fuerte antes de subirme.

—Dales con todo, amiga. Y recuerda: no mires atrás, ni para tomar impulso.

Llegamos a los Juzgados Familiares. El ambiente estaba tenso.

David llegó media hora tarde. Venía en una ambulancia privada (seguramente pagada con la venta de alguna otra joya que Tomás “encontró”). Lo bajaron en una camilla y luego lo pasaron a su silla de ruedas.

Cuando lo vi, casi no lo reconocí.
Había perdido peso. Mucho peso. Su piel tenía un tono grisáceo, cetrino. Tenía la barba crecida y descuidada, con restos de comida en la comisura de los labios. Llevaba una camisa que le quedaba grande y estaba mal abotonada.

Tomás venía empujando la silla. Se veía igual de mal: ojeroso, con la ropa sucia y una actitud de perro apaleado que intenta morder por miedo.

Cuando me vieron, David levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos.
Esperaba ver odio. Esperaba ver burla.
Pero vi miedo. Vi a un hombre que se sabe derrotado.

Yo, en cambio, estaba de pie junto a Talia, con mi traje azul, maquillada, peinada y con mi carpeta de trabajo bajo el brazo. Me veía saludable. Me veía fuerte.

Entramos a la sala de audiencias. El Juez, un hombre de unos sesenta años con cara de haber visto demasiadas tragedias familiares, nos indicó sentarnos.

—Estamos aquí para la audiencia de conciliación en el expediente 458/202X —dijo el Juez—. La parte actora, la señora Jazmín Rodríguez, solicita disolución del vínculo matrimonial, compensación económica y medidas de protección. La parte demandada, el señor David M., solicita… bueno, el desbloqueo de cuentas.

El abogado de David, el Licenciado Gordillo, carraspeó.

—Su Señoría, mi cliente está en una situación precaria. Es una persona con discapacidad severa. La señora Jazmín lo abandonó a su suerte, llevándose incluso objetos de valor. Solicitamos que se liberen los fondos inmediatamente por razones humanitarias.

Talia se puso de pie.

—Su Señoría, la “situación precaria” del señor David es autoinfligida. Tiene activos suficientes que ha intentado ocultar mediante fraude procesal. Y sobre el “abandono” y “robo”, ya presentamos ante este juzgado la copia de la carpeta de investigación donde se demuestra que fue el propio hijo del demandado, aquí presente, quien estaba vendiendo los objetos supuestamente robados en Facebook.

Tomás se hundió en su silla. David cerró los ojos.

—Además —continuó Talia—, mi clienta no “abandonó”. Huyó de un entorno de violencia psicológica y económica sistemática, acreditada con los mensajes de texto y audios que ya obran en el expediente. Y en cuanto a las razones humanitarias…

Talia sacó un documento.

—…mi clienta, en un acto de buena fe que francamente yo desaconsejé, ofrece desbloquear el 20% de los fondos mensuales SÓLO SI se firma hoy mismo el convenio de divorcio y compensación.

El Juez miró a David.

—Señor David, ¿qué dice usted? Su esposa le está ofreciendo un salvavidas.

David intentó hablar, pero le salió un tosido seco. Tomás le pasó una botella de agua. David bebió y me miró.

—Jazmín… —su voz sonaba rasposa, débil—. ¿Por qué haces esto? Te di un techo. Te di…

—Me diste trabajo, David —lo interrumpí. Mi voz sonó clara y firme en la sala silenciosa—. Me diste trabajo de enfermera, de cocinera y de sirvienta. Y nunca me pagaste. Ni con dinero, ni con respeto.

Me acerqué un paso a la mesa, ignorando el gesto de Talia para que me detuviera. Necesitaba decirle esto a la cara.

—Escuché lo que dijiste en el hospital. “Sirvienta gratis”. “Útil”. “Obediente”. Esas fueron tus palabras, David. No las mías. Tú rompiste el matrimonio ese día. Yo solo firmé el acta de defunción de nuestra relación.

David bajó la cabeza.

—Estaba… estaba bromeando. Con los amigos se dicen cosas…

—Las bromas tienen un fondo de verdad. Y tu verdad es que me despreciabas. Pero te tengo noticias: la “sirvienta gratis” ahora cobra. Y cobra caro.

El Juez golpeó con el mazo suavemente.

—Señora, por favor, diríjase a mí o a su abogada.

—Lo siento, Su Señoría. —Me volví a sentar.

La negociación duró dos horas. Fue brutal.
Talia destrozó cada argumento del abogado de David.
Mostró las cuentas ocultas.
Mostró la transferencia fraudulenta a Tomás.
Mostró las facturas de mis gastos médicos por estrés y migraña.

Al final, David no tuvo opción. Si seguía peleando, el juicio se alargaría meses. Meses sin dinero. Meses dependiendo de la caridad de su hermana (que ya lo había abandonado) o de la ineptitud de Tomás.

—Firmaré —dijo David, con la voz rota—. Firmaré lo que sea. Solo… solo desbloqueen el dinero para pagar una enfermera. Por favor.

El acuerdo fue el siguiente:

Divorcio inmediato.
Compensación Económica: El 40% de todos los activos líquidos y propiedades adquiridas durante el matrimonio. Esto incluía una parte de las inversiones y el dinero que intentó esconder.
Pensión Compensatoria: $15,000 pesos mensuales durante tres años, para “equilibrar el desajuste económico causado por la dedicación al hogar”.
Devolución de los 800 mil pesos: Tomás tuvo que firmar un pagaré reconociendo la deuda a la masa conyugal, comprometiéndose a devolver lo que quedaba y pagar el resto en plazos. (Básicamente, endeudamos a Tomás por años).
Firmamos.
Mi firma nunca había tenido tanta fuerza. Jazmín Rodríguez.

Cuando salimos de la sala, David me detuvo un momento. Tomás ya se había adelantado, furioso, pateando el suelo.

—Jazmín —dijo David.

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