ESCUCHÉ A MI ESPOSO PARALÍTICO DECIR QUE SOY SU “SIRVIENTA GRATIS” Y QUE NO ME DEJARÍA NI UN PESO.

Luego, escuché el taconeo. Rápido, firme, autoritario.

Talia entró por la puerta como si fuera la dueña del edificio. Llevaba un traje rojo sangre y unos lentes oscuros que se quitó al entrar. Detrás de ella venía un hombre joven con una laptop.

—¿Dónde está mi clienta? —preguntó al aire, con una voz que hizo que tres secretarios levantaran la cabeza.

Me vio y caminó hacia mí.

—¿Te dijeron algo? ¿Te tocaron?

—No.

—Bien. Vamos a acabar con este circo.

Talia se dirigió al escritorio del Ministerio Público, un hombre con cara de cansancio crónico rodeado de expedientes.

—Licenciado, soy la defensa de la señora Jazmín Rodríguez. Vengo a ver la carpeta de investigación por el supuesto robo. Y vengo a presentar pruebas de que esto es una denuncia falsa con el fin de ejercer presión indebida en un juicio familiar conexo.

El MP la miró, luego miró su reloj.

—Abogada, tenemos la declaración del señor David M. y de su hermana. Dicen que falta un reloj Cartier de oro y lote de joyas con valor de 200 mil pesos. La señora Jazmín fue la última en tener acceso a la caja fuerte.

—¿Ah, sí? —Talia sonrió. Una sonrisa de tiburón oliendo sangre—. ¿Y tienen pruebas de que ella abrió la caja? ¿Huellas? ¿Videos?

—Es indiciario. Ella se fue el día que “desaparecieron” las cosas.

—Curioso. Muy curioso. —Talia se giró hacia su asistente—. Roberto, enséñale al Licenciado lo que encontramos en la investigación digital de hace una hora.

El asistente abrió la laptop y la puso sobre el escritorio del MP.

En la pantalla había una captura de pantalla de MercadoLibre y otra de Facebook Marketplace.

—Mire usted, Licenciado —dijo Talia, señalando la pantalla—. Esta publicación es de hace tres días. Usuario: “Tomás_R_99”. Ubicación: Coyoacán.

En la foto de la publicación se veía claramente un reloj Cartier de oro, sobre una mesa que yo reconocía perfectamente: la mesa de centro de la sala de David, con una mancha de café en la esquina.

Título del anuncio: “Reloj Cartier Original. Urge venta. Solo efectivo. Entrega en punto medio.”

El MP se acercó a la pantalla. Entrecerró los ojos.

—Y aquí —continuó Talia, implacable—, tenemos otra publicación del mismo usuario vendiendo un lote de anillos antiguos. “Joyas de la abuela, remate”.

Talia se enderezó y miró al MP.

—Mi clienta no robó nada. El hijo del denunciante, Tomás R., está vendiendo los supuestos objetos robados en internet para obtener liquidez, probablemente porque sus cuentas están congeladas por orden de un juez familiar debido a violencia patrimonial.

El silencio en la oficina fue absoluto. Los agentes de la PDI se miraron entre ellos incómodos.

—Esto, Licenciado —dijo Talia, bajando la voz a un tono peligrosamente suave—, se llama Falsedad de Declaraciones ante una Autoridad. Y si usted sigue adelante con esta detención sabiendo esto, voy a presentar una queja en Asuntos Internos y una denuncia contra quien resulte responsable por abuso de autoridad y fabricación de culpables.

El MP tragó saliva. Se aflojó la corbata.

—A ver, a ver, abogada. Cálmese. Nosotros actuamos de buena fe con la denuncia del señor. Si el hijo es el que tiene las cosas… pues eso cambia la situación.

—Cambia todo. Quiero que se cierre esta carpeta ahora mismo por falta de elementos. Y quiero copia certificada de todo para anexarlo a mi demanda familiar. David M. acaba de intentar usar a la Fiscalía como su brazo armado personal. Y eso, Licenciado, es un delito.

El MP asintió rápidamente.

—Tiene razón. Vamos a… vamos a reevaluar esto. Señora Jazmín, se puede retirar. Queda en calidad de testigo por ahora, pero no hay detención.

Salimos de la fiscalía.

En cuanto el sol me dio en la cara, mis piernas fallaron. Me tuve que sentar en la banqueta, temblando.

—¿Estás bien? —preguntó Nadia, abrazándome.

—Casi me muero, Nadia. Vi mi vida pasar. Me vi en la cárcel.

Talia se encendió un cigarro (aunque ella no fumaba, solo lo hacía en victorias grandes).

—Estuvo cerca, Jazmín. Jugaron su carta más fuerte. Intentaron quebrarte con el miedo. Pero cometieron el error de los estúpidos: dejaron huella digital. Tomás es tan idiota que puso las joyas en venta con su propio perfil de usuario. Ni siquiera se creó una cuenta falsa.

Me reí. Una risa nerviosa, al borde del llanto.

—Tomás… siempre queriendo dinero fácil.

—Ahora los tenemos —dijo Talia, exhalando el humo—. Ahora no solo es violencia patrimonial. Ahora es intento de incriminación y falsedad de declaraciones. Mañana mismo pido al juez que le revoque cualquier posibilidad de desbloqueo de cuentas y voy a pedir el uso de la fuerza pública para desalojar a Tomás de la casa si sigue vendiendo activos que son parte de la sociedad conyugal.

—¿Desalojarlo?

—Está dilapidando el patrimonio. Vendiendo las joyas que también son tuyas (por sociedad conyugal o compensación). Un juez lo va a ver como saqueo. Jazmín, acabas de ganar la guerra. Ellos solitos se dispararon en el pie.

Regresamos al departamento. Esa noche, pedimos pizza.

Pero algo en mí había cambiado definitivamente. El miedo a la policía, el miedo a la autoridad, se había transformado en otra cosa: en certeza.

Me di cuenta de que David era un gigante con pies de barro. Todo su poder venía del dinero y de la intimidación. Sin dinero y sin miedo, era solo un hombre triste en una cama sucia, dependiendo de un hijo inútil que le robaba las joyas para venderlas en internet.

Al día siguiente, recibí una llamada. Era un número desconocido. Contesté, pensando que era Talia.

—¿Bueno?

—¿Señora Jazmín Rodríguez? —Era una voz de mujer, profesional, amable.

—Sí, soy yo.

—Hablo de la Editorial “Letras Vivas”. La Licenciada Treviño nos contactó. Resulta que ella es nuestra asesora legal corporativa. Nos comentó que usted está buscando empleo y nos envió su CV… con algunas “anotaciones” sobre su capacidad de manejo de crisis y administración bajo presión.

Talia. Esa maravillosa bruja. No solo me defendía; me estaba recomendando.

—Sí, estoy buscando.

—Nos gustaría entrevistarla mañana. Tenemos una vacante para Coordinadora de Edición. Buscamos a alguien con… carácter. Y Talia dice que usted tiene de sobra.

—Ahí estaré —dije, y por primera vez en semanas, mi sonrisa fue real.

Colgué el teléfono. Miré por la ventana.

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