ESCUCHÉ A MI ESPOSO PARALÍTICO DECIR QUE SOY SU “SIRVIENTA GRATIS” Y QUE NO ME DEJARÍA NI UN PESO.

Tomás, el “príncipe heredero”, tuvo que enfrentarse a la realidad biológica de su padre.
—¡Papá, huele horrible! —gritaba Tomás desde el pasillo, con la nariz tapada con la playera.

—¡Pues límpiame, inútil! —respondía David desde la cama, llorando de humillación y rabia—. ¡Es tu obligación! ¡Yo te di ese dinero! ¡Yo te mantuve toda la vida!

—¡Me da asco! ¡Voy a vomitar!

—¡Jazmín lo hacía! ¡Ella nunca se quejaba!

—¡Pues llama a Jazmín!

—¡No contesta!

Esa noche, Tomás intentó cambiarle el pañal. Fue un desastre. David terminó sucio, la cama manchada, y Tomás vomitando en el baño de visitas. Terminaron durmiendo así, en la inmundicia, con el olor a derrota impregnando las paredes de la casa que tanto querían proteger de mí.

Al día siguiente, David, en un momento de lucidez malvada nacida de la desesperación, llamó a su hermana Alexis.

—Alexis, tienes que ayudarme.

—No tengo liquidez, David. Ya sabes que mi dinero está invertido en los terrenos de Mérida. No puedo prestarte efectivo ahorita.

—No quiero dinero. Quiero que la destruyas. Quiero que la hagas venir aquí, de rodillas.

—¿Cómo? Ya le congelaste todo y a ella no le importó. Tiene a esa abogada.

—Vamos a jugar sucio, Alexis. ¿Recuerdas el reloj Cartier que me regaló mi papá? El de oro.

—Sí, el que guardas en la caja fuerte.

—Ya no está.

—¿Cómo que no está?

—Desapareció. Y casualmente, desapareció el día que Jazmín se fue con su bolsa llena de “ropa sucia”.

Hubo un silencio en la línea. Alexis entendió la jugada al instante.

—Robo calificado. Abuso de confianza. Cuantía mayor. Eso es cárcel preventiva oficiosa si se maneja bien.

—Exacto —dijo David, y su voz sonó como el silbido de una serpiente—. Ve al Ministerio Público. Levanta la denuncia. Di que la viste llevarse cosas. Di que falta el reloj y unos anillos de mamá. Haz que la policía vaya por ella. Que la asusten. Que la esposen si es posible. Quiero verla humillada.

—¿Y si aparece el reloj?

—No va a aparecer —dijo David—. Porque Tomás lo va a “perder” un rato.

Era un plan vil. Un plan desesperado. Pero David ya no era un hombre racional; era una bestia acorralada dispuesta a morder.

El jueves por la tarde, la paz de la florería se rompió.

Estaba atendiendo a una señora que quería un arreglo para un aniversario cuando vi las luces. Luces rojas y azules rebotando en los vidrios del escaparate.

Una patrulla de la Policía de Investigación de la Ciudad de México (PDI) se estacionó en doble fila frente al local.

Mi corazón se detuvo. Literalmente sentí que dejaba de latir por un segundo.

Dos agentes bajaron. No llevaban uniforme, sino esos chalecos tácticos con las siglas PDI en la espalda y placas colgadas al cuello. Se veían intimidantes, con sus armas al cinto y esa actitud de “somos la ley y tú eres nada”.

Entraron a la florería. La campanita sonó, pero esta vez sonó como una alarma de pánico.

—Buenas tardes —dijo el agente más alto, un tipo moreno con cara de pocos amigos—. Buscamos a la ciudadana Jazmín Rodríguez.

La clienta se asustó y se hizo a un lado.

Nadia salió de la trastienda, secándose las manos. Se puso pálida al ver a los agentes, pero caminó hacia ellos con la barbilla en alto.

—¿Quién la busca?

—Agentes de la Fiscalía de Investigación Territorial en Coyoacán. Tenemos una orden de presentación y localización. ¿Es usted Jazmín Rodríguez?

—Yo soy Jazmín Rodríguez —dije, saliendo de detrás del mostrador. Mis piernas temblaban tanto que tuve que apoyarme en la caja registradora.

El agente me miró de arriba abajo.

—Señora, tiene una denuncia en su contra por el delito de robo calificado y abuso de confianza en agravio del señor David M. Se le acusa de sustraer joyas y relojes de alta gama del domicilio conyugal el día de su abandono. Tiene que acompañarnos al Ministerio Público para rendir declaración.

—¿Robo? —Mi voz salió como un chillido—. Yo no robé nada. Solo me llevé mi ropa.

—Eso lo dirá ante el Ministerio Público. Nosotros solo venimos a notificarla y presentarla. Si no coopera, tendremos que usar la fuerza pública.

—¡Esto es un atropello! —gritó Nadia, poniéndose entre los agentes y yo—. ¡Ella no va a ir a ningún lado sin su abogada! ¡No pueden llevársela así! ¿Traen orden de aprehensión?

—Es orden de presentación, señorita. No se ponga flamenca o se la llevamos a usted también por obstrucción de la justicia —dijo el segundo agente, poniendo la mano cerca de su arma.

El miedo me invadió. Un miedo frío, paralizante. La policía en México no es conocida por su amabilidad ni por su justicia. Sabía historias de gente que entraba al MP y no salía, o salía con cargos inventados porque no tenían dinero para la “mordida”.

—Voy a llamar a mi abogada —dije, sacando el celular con manos torpes.

—Tiene derecho a su llamada. Pero nos vamos ya. Súbase a la unidad.

—¡No se sube a la unidad! —intervino Nadia—. Yo la llevo. Vamos en mi coche detrás de ustedes.

El agente la miró feo, pero luego se encogió de hombros.

—Está bien. Pero si se desvían, emitimos la alerta de fuga y ahí sí le va a ir peor. Tienen 10 minutos para llegar a la coordinación COY-2.

Los agentes salieron y se subieron a su patrulla, esperando.

Nadia cerró la puerta de la tienda con llave y puso el letrero de “CERRADO”. Se giró hacia mí. Yo estaba hiperventilando.

—Me van a meter a la cárcel, Nadia. David ganó. Me inventó un robo.

—¡Cállate! —Nadia me agarró de los hombros y me sacudió—. ¡Nadie va a la cárcel hoy! ¡Esto es una táctica de miedo! ¡Está desesperado! ¡Llámale a Talia YA!

Marcamos a Talia mientras subíamos al coche de Nadia.

—Talia, está la policía aquí. Dicen que robé un reloj Cartier. Me llevan al MP de Coyoacán.

La voz de Talia al otro lado del teléfono no sonó asustada. Sonó… aburrida. Y eso me tranquilizó un poco.

—Ah, la clásica jugada del “robo de joyas”. Qué predecible es tu marido, Jazmín. Qué falta de imaginación.

—Talia, ¡tengo miedo!

—No tengas miedo. Ten coraje. Escúchame bien: NO DIGAS NADA. No declares, no firmes, no aceptes ni un vaso de agua hasta que yo llegue. Llego en 20 minutos. Voy para allá. Esto es un show. Si tuvieran pruebas reales, ya te hubieran detenido con orden de aprehensión. Esto es solo para asustarte y que desbloquees las cuentas.

Colgó.

El trayecto al Ministerio Público fue una tortura. Iba mirando la patrulla delante de nosotros, sintiéndome como una criminal. ¿Cómo había pasado de ser la esposa devota a ser perseguida por la policía en una semana?

Llegamos a la fiscalía. El edificio era gris, sucio y estaba lleno de gente. Entramos. El olor a humanidad y burocracia era diez veces peor que en los juzgados familiares.

Nos sentaron en una banca de metal fría. Los agentes se fueron a hablar con el secretario del MP.

Veinte minutos eternos.

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