ESCUCHÉ A MI ESPOSO PARALÍTICO DECIR QUE SOY SU “SIRVIENTA GRATIS” Y QUE NO ME DEJARÍA NI UN PESO.

—Mira, niña. Desbloquea esas cuentas ahora mismo o te juro que te vas a arrepentir. Mi familia tiene influencias. Conocemos gente. Te vamos a meter a la cárcel por robo y abuso de confianza.

Me reí. Fue una risa genuina, que me salió del estómago.

—¿Cárcel? Adelante. Hazlo. Llama a tus influencias. Pero diles que traigan un buen contador, porque cuando la auditoría fiscal que pidió mi abogada empiece, van a salir muchas cosas, Alexis. Cosas de los negocios de David. Cosas que tal vez no están muy claras con Hacienda. ¿Tú también estás en esos negocios, verdad? Creo que vi tu nombre en algunas facturas en el estudio.

La cara de Alexis palideció bajo su maquillaje perfecto. Di en el clavo. David usaba a su hermana para triangular dinero. Talia tenía razón.

—No sabes con quién te metes —siseó, pero su voz había perdido fuerza. Había miedo en sus ojos.

—Al contrario, Alexis. Ustedes no sabían con quién se metían. Pensaron que era la sirvienta tonta. Resultó que la sirvienta sabía leer.

Alexis me miró con odio puro, pero dio un paso atrás.

—Esto no se queda así.

—No, no se queda así. Apenas empieza. Dile a David que si quiere desbloquear su dinero, tiene que hablar con mi abogada. Yo no tengo nada que decirle.

Alexis se dio la vuelta, se subió a su Mazda y arrancó chillando llantas.

Me quedé parada en la banqueta, temblando un poco por la adrenalina, pero sintiéndome invencible.

Llegó Nadia con bolsas de tacos.

—¿Esa era la bruja de la hermana? —preguntó, viendo el coche alejarse.

—Sí. Vino a amenazarme.

—¿Y qué pasó?

—La regresé a su cueva.

Nadia sonrió y me pasó un taco.

—Esa es mi chica. Vamos a cenar, que mañana tienes que buscar trabajo de verdad. La florería ayuda, pero necesitas algo que te dé currículum.

—Ya tengo un plan —dije, mordiendo el taco—. Voy a volver a editar. Pero no freelance barato. Voy a buscar en editoriales grandes. Tengo experiencia, tengo talento y ahora tengo una historia que contar.

El fin de semana pasó rápido. El lunes por la mañana, mi abogada Talia me llamó.

—Jazmín, tenemos noticias. El abogado de David se comunicó.

—¿Qué dicen?

—Están desesperados. Piden una audiencia de conciliación urgente para liberar fondos. Dicen que David necesita medicinas y pagar a la enfermera.

—¿Y qué les dijiste?

—Les dije que con gusto negociamos. Pero bajo nuestras condiciones.

—¿Cuáles condiciones?

—Uno: Reconocimiento total de la deuda a la sociedad conyugal.
Dos: Pensión compensatoria retroactiva por cinco años de cuidados.
Tres: El 50% de todos los activos, incluyendo la casa, o el valor equivalente en efectivo.
Cuatro: Una disculpa pública por difamación en redes sociales.

—¿Aceptarán? —pregunté, incrédula.

—No todavía. Van a patalear. Pero tienen el agua al cuello y nosotros tenemos la llave del grifo. Déjalos sufrir unos días más. Que sientan lo que es la necesidad. Por cierto, ¿viste el Facebook de Tomás?

—No, lo tengo bloqueado.

—Pues desbloquéalo un segundo. Vale la pena.

Colgué y, con curiosidad morbosa, entré a Facebook desde el perfil de la florería de Nadia.

Busqué a Tomás.

Su última publicación no era un ataque. Era una foto de una sopa Maruchan sobre la mesa de la cocina sucia.

El texto decía:
“Alguien sabe dónde compran relojes de marca usados? Urge vender un Tag Heuer. Info por DM. #Crisis #MalditaSuerte”

Me reí.

La “sirvienta gratis” estaba cenando tacos y construyendo una nueva vida.
El “heredero” estaba vendiendo sus juguetes para comer sopa instantánea.

El karma no solo existe. El karma a veces cobra por adelantado y con intereses moratorios.

Cerré la computadora y abrí mi archivo de currículum.
Jazmín R. Editora Senior.
Experiencia: Gestión de crisis, administración de recursos limitados, resiliencia extrema y capacidad de trabajar bajo presión hostil.

Sí. Ese era mi nuevo perfil. Y estaba lista para que el mundo lo viera.

La libertad sabe dulce, pero la realidad laboral sabe a café quemado de oficina gubernamental y a “nosotros te llamamos”.

Había pasado una semana desde que congelé las cuentas de David. Una semana de dormir tranquila, sí, pero también una semana de ver cómo mis tres mil pesos ahorrados se iban evaporando en pasajes, copias, crédito para el celular y comida, a pesar de que Nadia insistía en no cobrarme renta.

Necesitaba trabajo. Y lo necesitaba ya.

Ese lunes me vestí con mi mejor ropa (el blazer prestado de Nadia y unos pantalones negros que planché con esmero) y salí a enfrentar al mercado laboral de la Ciudad de México. Mi objetivo: editoriales, agencias de publicidad, revistas. Cualquier lugar donde necesitaran a alguien que supiera dónde poner una coma y cómo estructurar un párrafo.

Pero me topé con un muro de concreto llamado “El Hueco de los Cinco Años”.

—Licenciada Jazmín —me dijo la reclutadora de una agencia de marketing digital en la Condesa, una chica de veintipocos años que masticaba chicle mientras leía mi CV en una tablet—. Veo que tienes experiencia en edición, sí… pero tu último trabajo formal fue en 2020. ¿Qué has hecho estos últimos cinco años? Aquí hay un vacío enorme.

Sentí el calor subirme a las mejillas. Había ensayado esta respuesta frente al espejo, pero decirlo en voz alta frente a alguien que me miraba con escepticismo era diferente.

—Estuve a cargo del cuidado de un familiar con discapacidad severa —respondí, tratando de sonar profesional—. Fue un trabajo de tiempo completo que requería administración, logística y…

—Ah, ya —interrumpió ella, perdiendo el interés—. O sea, estuviste en casa. Desempleada.

—No desempleada. Trabajando en casa.

—Sí, pero me refiero a experiencia real. Mira, el mundo digital cambia cada seis meses. Si no has usado herramientas de SEO, WordPress o Trello en cinco años, estás obsoleta. Buscamos a alguien “fresco”, ¿sabes? Alguien con hambre.

“Hambre es lo que voy a tener si no me contratas”, pensé, pero solo asentí.

—Entiendo. Aprendo rápido.

—Lo tendremos en cuenta. Gracias por venir.

Salí de esa oficina sintiéndome diminuta. “Obsoleta”. A los 30 años. Según el mercado, yo era un iPhone 4 en un mundo de iPhone 15. Servía, sí, pero nadie quería batallar con mi sistema operativo viejo.

Pasé por tres entrevistas más esa semana. El resultado fue el mismo.
En una me dijeron que estaba sobrecalificada para asistente y subcalificada para editora.
En otra me preguntaron si planeaba tener hijos pronto, porque “no querían más interrupciones en mi carrera”.
En la tercera, el jefe me miró las piernas más que el currículum y me ofreció un puesto de recepcionista con un sueldo que apenas cubría los pasajes.

Regresé a la florería el miércoles por la tarde, arrastrando los pies y el orgullo.

—¿Mal día? —preguntó Nadia, que estaba regando unos tulipanes holandeses.

—Pésimo. Soy invisible, Nadia. Para el mundo laboral, soy una ama de casa fracasada que intenta volver al ruedo. No ven mis capacidades, ven mi “bache”.

—No es un bache, es una trinchera de guerra —dijo Nadia con firmeza—. Y sobreviviste. Ya saldrá algo. Mientras tanto, llegaron rosas nuevas y hay que quitarles las espinas. Eso desestresa.

Me puse el delantal y me puse a trabajar. El “crack” de las espinas al romperse bajo mis dedos era extrañamente satisfactorio. Imaginaba que cada espina era una de esas reclutadoras condescendientes. O la cara de David.

Hablando de David, su situación había pasado de crítica a tragicómica.

La información me llegó, como siempre, por vías indirectas. Talia, mi abogada, tenía sus fuentes, y el chisme en el juzgado corría rápido.

Al parecer, el abogado de David (un tal Licenciado Gordillo, un tipo de la vieja escuela que cobraba barato pero jugaba sucio) había intentado meter un amparo para liberar las cuentas alegando “cuestiones humanitarias”. Pero el juez le había respondido con un portazo en la cara: “Se liberarán fondos cuando el demandado presente un inventario real de activos y justifique la transferencia de 800 mil pesos al hijo”.

O sea: “Dinos dónde está la bolita o no hay dinero”.

En la casa de Coyoacán, la realidad era grotesca.

Doña Chuy, la enfermera, había renunciado el martes.
—No, joven —le dijo a Tomás en la puerta—. A mí me pagan por semana adelantada. Si no hay dinero, no hay servicio. Y su papá… con todo respeto, es muy grosero. Me aventó la sopa ayer. Que Dios los bendiga.

Y se fue.

David y Tomás se quedaron solos.

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