David se quedó mirando la pantalla. Las letras rojas se reflejaban en sus ojos. No podía respirar.
—¿Qué significa esto? —gritó Tomás, aventando el celular al sofá—. ¿Por qué dice orden judicial? ¿Qué hiciste, papá?
—Yo no hice nada… —susurró David, y entonces, la comprensión le golpeó como un tren de carga—. Fue ella. Fue Jazmín.
—¿La gata? —Tomás se rio, histérico—. ¿Jazmín? Por favor, papá. Ella no sabe ni prender la computadora bien. Es una tonta. No tiene los huevos para hacer esto.
—La subestimamos —dijo David, su voz temblando de una furia fría—. La maldita nos congeló. Nos dejó secos, Tomás. No podemos comprar ni una botella de agua.
—¡Pues haz algo! ¡Llama al abogado! ¡Desbloquéalo! ¡Es MI dinero!
—¡Cállate! —rugió David—. ¡No es tu dinero, es MI dinero que te pasé! ¡Y ahora por tu culpa, por andar presumiendo en Facebook, seguro nos rastrearon! ¡Pásame el teléfono!
David marcó al número de Jazmín.
Buzón de voz.
Marcó otra vez.
Buzón de voz.
Lanzó el teléfono contra la pared. El aparato rebotó pero no se rompió.
—Está muerta para mí —jadeó David, con el rostro púrpura—. La voy a destruir.
Pero en el fondo, en ese lugar oscuro donde habita el miedo real, David supo que la destrucción ya había empezado, y no era la de ella.
De vuelta con Jazmín:
Esa tarde, Nadia me convenció de ir a una reunión.
—Hay un grupo —me dijo—. Se llama “Segundo Amanecer”. Se reúnen por Zoom los viernes, pero una vez al mes se juntan en presencial en un centro comunitario aquí en Coyoacán. Hoy toca presencial.
—Nadia, no estoy para grupos de autoayuda donde nos tomamos de las manos y cantamos Kumbaya.
—No es eso. Son mujeres. Mujeres que han pasado por divorcios culeros, viudas que descubrieron dobles vidas, chavas que salieron de relaciones narcisistas. Necesitas escuchar que no eres la única estúpida que confió en el hombre equivocado.
A regañadientes, acepté.
El lugar era un salón sencillo en la Casa de Cultura. Había unas diez mujeres sentadas en círculo en sillas de plástico. Había café de olla y galletas Marías.
Me senté en una esquina, intentando hacerme pequeña.
La coordinadora, una mujer mayor llamada Sandra, con el pelo canoso y una sonrisa que transmitía una paz infinita, comenzó la sesión.
—Bienvenidas todas. Hoy tenemos una cara nueva. ¿Quieres presentarte? Solo tu nombre y por qué estás aquí. Si quieres.
Sentí las miradas. No eran miradas de juicio, como las de la familia de David. Eran miradas de curiosidad suave, de empatía.
—Me llamo Jazmín —dije, y mi voz salió ronca—. Y estoy aquí porque… porque durante cinco años fui la enfermera, la sirvienta y la madre de mi esposo, y él me pagó diciéndole a sus amigos que yo era una “sirvienta gratis” y robándome mi futuro.
Un murmullo de entendimiento recorrió la sala. Varias cabezas asintieron.
—Bienvenida al club de las “Gratis”, Jazmín —dijo una mujer joven, con tatuajes en los brazos—. Yo le pagué la carrera de medicina a mi ex. Cuando se graduó, me dejó por una doctora porque yo “ya no estaba a su nivel intelectual”.
—Yo cuidé a mi suegra diez años —dijo otra, una señora de unos cincuenta—. Cuando murió, descubrí que la casa que me prometieron estaba a nombre de la amante de mi esposo.
Escuché historia tras historia. Historias de sacrificio femenino. De mujeres que se hicieron pequeñas para que sus hombres se sintieran grandes. De mujeres que dieron su tiempo, su dinero, su juventud y su salud, a cambio de promesas de aire.
Por primera vez, no me sentí sola. Y más importante: no me sentí tonta. Me di cuenta de que el sistema estaba diseñado así. Nos enseñan a cuidar. Nos enseñan que el amor es sacrificio. Y hay hombres, depredadores emocionales como David, que huelen esa disposición y la explotan hasta dejarte seca.
—¿Y qué hiciste, Jazmín? —preguntó Sandra.
—Lo demandé —dije, y al decirlo en voz alta, sentí una fuerza nueva—. Le congelé las cuentas hoy. Lo dejé sin un peso.
El salón estalló en aplausos. Las mujeres vitorearon. La chica de los tatuajes levantó el puño.
—¡Eso, chingada madre! —gritó—. ¡Justicia!
Esa noche, salí de la reunión sintiéndome más ligera que nunca. Tenía un nuevo ejército. Tenía a Nadia, tenía a Talia y ahora tenía a “Segundo Amanecer”.
Al regresar a la florería, vi un coche conocido estacionado enfrente.
Era un Mazda rojo. El coche de Alexis, la hermana de David.
Me congelé en la banqueta. Alexis estaba parada frente a la puerta cerrada de la florería, tocando el timbre con insistencia. Nadia había salido a comprar la cena, así que no había nadie.
Alexis me vio.
Era una mujer alta, delgada, que siempre vestía de marca y me miraba como si yo fuera una mancha en su zapato Ferragamo. Caminó hacia mí, taconeando fuerte sobre la banqueta.
—¡Tú! —gritó, señalándome con un dedo manicurado—. ¡Desgraciada!
—Buenas noches, Alexis —dije, manteniendo la distancia.
—¿Qué buenas noches ni qué nada? ¿Qué le hiciste a mi hermano? Me llamó llorando. ¡Llorando, Jazmín! Dice que no tienen dinero ni para comer. Que les bloqueaste todo.
—Tienen comida en la alacena. Y si no, que vendan algo. Tienen muchas cosas.
—¡Eres una víbora! —Alexis se acercó más, su rostro contorsionado por la ira—. David es un hombre enfermo. Es un discapacitado. ¿Cómo te atreves a dejarlo así? ¡Eso es inhumano!
—Inhumano —repetí la palabra, saboreándola—. Inhumano es decirle a tus amigos que tu esposa es una sirvienta gratis. Inhumano es transferir 800 mil pesos a tu hijo para dejar a tu esposa en la calle. Inhumano es borrarme del seguro de vida después de cinco años de limpiarle la mierda a tu hermano. ¿Eso no te parece inhumano, Alexis?
Alexis parpadeó. Parecía sorprendida de que yo le contestara. La Jazmín que ella conocía agachaba la cabeza.
—Eso… eso son cosas de pareja. Él estaba protegiendo el patrimonio de Tomás. Es su hijo.
—Y yo era su esposa. Era.
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