—No. No vas a leer eso. Escúchame, Jazmín. Esto es lo que Talia dijo. Difamación. Mañana le mostramos esto a ella. Esto solo prueba su malicia.
—Pero la gente… mi familia en Veracruz…
—Tu familia te conoce. Y a la gente que opina en Facebook sin saber, que se vayan al diablo. No vives de sus likes. Vives de tu verdad.
—Duele, Nadia. Duele que mientan así.
—Claro que duele. Pero, ¿sabes qué dolería más? Estar ahí, en esa casa, limpiando el desastre de Tomás mientras él escribe ese post desde su iPhone sentado en el sofá que tú pagaste. Estás fuera. Que ladren. Señal de que avanzamos.
Regresamos a Coyoacán en silencio. Pero mi mente no estaba quieta. Estaba procesando la transformación. David y Tomás habían declarado la guerra mediática. Querían destruirme socialmente para obligarme a volver con la cabeza gacha.
Pero cometieron un error de cálculo. Al exponerme, me quitaron el último miedo: el miedo al “qué dirán”. Ya lo estaban diciendo. Ya era la “villana”. Y curiosamente, ser la villana me daba una libertad que la “buena esposa” nunca tuvo.
Si ya soy la mala del cuento… entonces puedo actuar como tal.
Esa noche, antes de dormir, escribí mi primera entrada en un cuaderno que Nadia me regaló. No era un diario de tristeza. Era un diario de guerra.
Día 1 de Libertad.
Saldo bancario: $3,000 pesos.
Saldo emocional: En bancarrota, pero reestructurando.
Objetivo: Que David pague cada centavo. Que Tomás aprenda a trabajar. Que yo recupere mi nombre.
Apagué la luz. Y por primera vez, no recé por paciencia. Recé por justicia. Y supe que Dios, o el Universo, o quien sea que escuche a las mujeres cansadas, estaba tomando nota.
Mañana presentábamos la demanda. Mañana, el hielo empezaría a romperse bajo las ruedas de la silla de David.
El edificio de los Juzgados de lo Familiar en la Ciudad de México, cerca de la Avenida Juárez, huele a tres cosas: a copias fotostáticas calientes, a garnachas fritas de los puestos ambulantes de afuera y a desesperación humana. Es un olor denso, una mezcla de sudor frío y burocracia que se te pega en la ropa.
Ahí estaba yo, parada junto a Talia, sintiéndome pequeña entre la multitud de abogados con trajes brillantes y carpetas bajo el brazo, y mujeres con niños llorando en el regazo esperando una pensión que nunca llega.
—Levanta la cabeza, Jazmín —me susurró Talia al oído, su voz cortante como un bisturí—. No vienes a pedir un favor. Vienes a exigir lo que es tuyo. Aquí, la que agacha la mirada, pierde.
Talia se movía por los pasillos del juzgado como si fuera la dueña del lugar. Saludaba a los secretarios de acuerdos con una familiaridad estratégica, repartía sonrisas a los archivistas y miradas fulminantes a la contraparte. Metimos la demanda inicial: Divorcio Incausado con solicitud de Compensación Económica y Medidas Cautelares por Violencia Patrimonial.
El término sonaba elegante. La realidad era brutal: le estábamos pidiendo al juez que le congelara el dinero a David antes de que él pudiera esconderlo más.
—¿Cuánto tarda? —pregunté, mientras salíamos al calor sofocante del mediodía.
—El juez de turno es estricto, pero justo. Con las pruebas de la transferencia a Tomás y la póliza de seguro, le vamos a demostrar que hay “temor fundado” de ocultamiento de bienes. Si todo sale bien, para el viernes sus tarjetas van a ser pedazos de plástico inútil.
El viernes. Faltaban dos días.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, tú te mantienes invisible. No contestes llamadas. No entres a redes sociales. Deja que Tomás haga su berrinche en Facebook. Cada insulto que publique es un clavo más en su ataúd legal.
Los siguientes dos días en el departamento de Nadia fueron una mezcla de paz extraña y ansiedad latente. Me sentía como un soldado en trinchera esperando el bombardeo.
Ayudaba en la florería “Pétalos y Propósito” para ganarme mi estadía. Aprendí rápido a limpiar las rosas, quitarles las espinas y cortar los tallos en diagonal para que absorbieran mejor el agua. Había algo terapéutico en trabajar con flores. Ellas no gritaban. No exigían. Solo necesitaban agua y luz para ser bellas.
—Tienes buena mano —me dijo Nadia el jueves por la tarde, mientras armábamos unos centros de mesa para una boda—. Este arreglo te quedó mejor que los míos. Tienes ojo para el color.
—Es solo poner flores juntas, Nadia.
—No. Es saber qué flores se acompañan y cuáles se opacan. Igual que con las personas, amiga. Tú estabas con un cactus que te pinchaba y te quitaba el agua. Ahora estás floreciendo.
Sonreí, pero mi sonrisa no llegó a los ojos. Mi mente estaba en otro lado. Estaba pensando en la casa de Coyoacán.
¿Quién le estaría dando de comer?
¿Quién le estaría cambiando los parches antiescaras?
¿Tomás habría aprendido a usar la grúa para moverlo?
La culpa es un animal persistente. A pesar de todo el odio, a pesar de la traición financiera, cinco años de cuidar a alguien crean un vínculo perverso. Me preocupaba que se muriera. No porque lo amara, sino porque si se moría por negligencia, una parte de mí —la parte “útil” y “obediente”— sentiría que fue mi culpa.
—Deja de pensar en él —me regañó Nadia, leyéndome la mente—. Si tiene hambre, que pida Uber Eats. Tiene un millón de pesos en el banco, ¿recuerdas? Puede comprarse el restaurante entero si quiere.
El viernes llegó. El Día D financiero.
Estaba barriendo la entrada de la florería cuando mi nuevo celular (el que solo tenían Nadia y Talia) sonó. Era Talia.
—Está hecho —dijo, sin saludar—. El juez concedió la medida cautelar precautoria. Se giraron los oficios a la Comisión Nacional Bancaria y de Valores hoy a las 9:00 AM. Los bancos ya debieron haber recibido la notificación de bloqueo. Sus cuentas personales y las mancomunadas están congeladas hasta que declare sus activos reales.
Sentí un escalofrío.
—¿Todo? ¿No puede sacar nada?
—El juez suele liberar una cantidad mínima para subsistencia si él lo solicita mediante un amparo, pero eso tarda días o semanas. Por ahora, David está en ceros. Y lo mejor: también se ordenó el embargo precautorio de la cuenta de Tomás donde cayeron los 800 mil pesos, bajo sospecha de fraude.
—Tomás se va a volver loco.
—Esa es la idea, Jazmín. Sacudirlos hasta que caigan las monedas. Prepárate. Si antes te buscaban para que volvieras a limpiar, ahora te van a buscar para que desbloquees el dinero. No cedas. Ni un milímetro.
Colgué. Miré al cielo. Se veía igual de azul, pero algo en el aire había cambiado. El equilibrio de poder se había invertido.
Mientras tanto, en la Casa de la Discordia (Reconstrucción basada en hechos posteriores):
David estaba en su estudio, frente a la computadora. Eran las 11:30 AM. Llevaba tres días viviendo un infierno. La casa era un chiquero. Tomás había contratado a una enfermera “barata” que venía dos horas al día solo para bañarlo y cambiarlo, pero el resto del día David estaba solo.
La enfermera, una señora llamada Doña Chuy, no tenía la delicadeza de Jazmín. Lo tallaba con fuerza, le dejaba el agua muy fría y no le preparaba sus comidas especiales sin sal.
—¡Tomás! —gritó David—. ¡Tengo hambre! ¡Pide algo!
Tomás bajó las escaleras en calzones, rascándose la barriga.
—Ya voy, pa. ¿Qué quieres? ¿Sushi o hamburguesas?
—Sushi. Del caro. Del que le gusta a tu tía Alexis. Y pide para ella también, dijo que venía a visitarnos para ver cómo “arreglamos el asunto de la loca de Jazmín”.
—Va.
Tomás sacó su iPhone, abrió la app de delivery e hizo el pedido. 1,500 pesos en rollos de sushi y kushiages. Le dio a “Pagar”.
La ruedita de carga giró. Giró. Y giró.
ERROR EN EL PAGO. TARJETA RECHAZADA.
—Qué pedo… —murmuró Tomás—. Oye, pa. Tu tarjeta no pasa. Dice rechazada.
—Imposible. Es la Platino. Tiene límite de crédito de 200 mil. Intenta otra vez. Seguro es la app que está fallando.
Tomás intentó de nuevo.
TRANSACCIÓN DENEGADA. CONTACTE A SU BANCO.
—Nada. No pasa.
—Usa la tuya, luego te transfiero —dijo David, impaciente—. Me estoy muriendo de hambre.
Tomás usó su tarjeta de débito, esa donde tenía guardados los 800 mil pesos (o lo que quedaba de ellos después de comprarse ropa y invitar a sus amigos).
TRANSACCIÓN DENEGADA. CUENTA BLOQUEADA O CONGELADA.
Tomás se puso pálido.
—Papá… la mía tampoco pasa. Dice “Cuenta Congelada”.
—¿Qué? —David sintió una punzada en el pecho, un dolor agudo que no era cardíaco, sino visceral—. A ver, tráeme la laptop. Entra al portal del banco.
Entraron a Banca en Línea. Teclearon la contraseña.
La pantalla de bienvenida cargó, pero en lugar de mostrar los saldos habituales, apareció un recuadro rojo parpadeante en la parte superior:
ATENCIÓN: CUENTAS RETENIDAS POR ORDEN JUDICIAL. EXPEDIENTE 458/202X. JUZGADO 12 DE LO FAMILIAR CDMX.
Saldo Disponible: $0.00.
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