Talia sonrió, satisfecha.
—Jazmín, esto es lo que vamos a hacer. No vamos a pedir el divorcio amistosamente. Vamos a demandar. Vamos a solicitar Medidas Cautelares.
—¿Qué es eso?
—Le vamos a pedir al juez que congele sus cuentas. Inmediatamente. Antes de que le avisen de la demanda. Vamos a presentar estas fotos como prueba de que existe un riesgo inminente de que él dilapide el patrimonio familiar. Si el juez ve esta transferencia de 800 mil pesos, va a bloquear todo para asegurar tu compensación futura.
—¿Bloquear sus cuentas? —Me imaginé a David intentando pagar algo y que le rechazaran la tarjeta. Me dio miedo, pero también una satisfacción oscura—. ¿Se va a quedar sin dinero?
—Se va a quedar sin acceso al capital grande. Tendrá lo básico para comer, si el juez lo permite. Pero le vamos a cortar el flujo. Y ahí es donde va a venir llorando a negociar.
—Pero él tiene a Tomás…
—Tomás es un niño mimado de 22 años que se gasta el dinero en fiestas. Esos 800 mil pesos seguro ya se los gastó o los tiene mal invertidos. Cuando cerremos el grifo, Tomás va a ser el primero en abandonar el barco.
Talia abrió un cajón y sacó un contrato.
—Firma aquí. Esto es un Poder Legal para pleitos y cobranzas. Me autorizas a representarte. Mis honorarios serán un porcentaje de lo que recuperemos. Si no ganas, yo no cobro. Pero vamos a ganar.
Tomé la pluma. Mi mano tembló un poco, no por miedo, sino por la magnitud del paso que estaba dando. Al firmar “Jazmín R.”, dejé de ser la esposa. Me convertí en la demandante.
—Ahora —dijo Talia, guardando el contrato—, necesito que prendas tu celular.
Me tensé.
—¿Tengo que hacerlo?
—Sí. Necesitamos ver qué ha hecho. Cada mensaje, cada llamada, cada insulto es evidencia de violencia psicológica. Necesito documentar el entorno hostil del que huiste para justificar tu salida del hogar conyugal y que no te acusen de “abandono de hogar”.
Saqué el teléfono de mi bolsa. Presioné el botón de encendido. La pantalla se iluminó.
Durante un minuto, el teléfono vibró sin parar. Bzzz. Bzzz. Bzzz. Era como si tuviera una convulsión.
35 llamadas perdidas de “Esposo”.
12 llamadas perdidas de “Tomás”.
4 llamadas de un número desconocido (seguro algún vecino o familiar).
50 mensajes de WhatsApp.
—Ponlo en altavoz si hay mensajes de voz —ordenó Talia, sacando una grabadora de audio digital para respaldar.
Abrí el buzón de voz.
Mensaje 1 (10:30 AM):
“Jazmín, ¿dónde chingados estás? Ya van a dar las once. Tengo hambre. Se me cayó el control remoto y no puedo alcanzarlo. Deja de jugar y ven para acá. Esto no es gracioso.”
Talia anotó: Control y exigencia.
Mensaje 2 (12:15 PM):
“Ya vi que te llevaste ropa. ¿Te fuiste? ¿Me dejaste aquí tirado? Eres una malnacida, Jazmín. Después de todo lo que hice por ti. Te di un techo, te di una vida. Si no regresas en una hora, voy a llamar a la policía. Te voy a denunciar por robo. Sé que te llevaste dinero del frasco de la cocina.”
Talia arqueó una ceja.
—¿Te llevaste dinero?
—Tres mil pesos que yo misma ahorré del cambio del mercado —dije, avergonzada.
—Es dinero del gasto doméstico. Es tuyo. Amenaza vacía. Siguiente.
Mensaje 3 (2:40 PM):
(Voz de Tomás) “Oye, pinche loca. Mi papá está súper mal. Tiene la presión alta. Si se muere es tu culpa, ¿oíste? Tu pinche culpa. Eres una asesina. Regresa y arregla esto o te juro que te busco y te rompo la madre.”
Nadia jadeó.
—Eso es una amenaza de muerte directa.
Talia sonrió fríamente.
—Perfecto. Tomás acaba de regalarnos una orden de restricción. Sigue.
Mensaje 4 (8:00 PM):
(Voz de David, esta vez llorosa, arrastrando las palabras, tal vez por efecto de las pastillas o alcohol) “Jazmín… bebé… perdóname. No quise gritarte. Estoy asustado. Tomás no sabe cómo ponerme la sonda. Me lastimó. Estoy sangrando un poco. Por favor, regresa. Te prometo que voy a cambiar. Te compro el coche nuevo. Te doy lo que quieras. Pero no me dejes solo con él. No sabe cuidarme. Te necesito.”
Este mensaje me golpeó. Sentí una punzada en el pecho. La imagen de él sangrando, mal atendido por su hijo inútil. La culpa, esa vieja amiga tóxica, asomó la cabeza. “Me necesita”.
Talia debió ver mi cara, porque golpeó la mesa con la palma de la mano, rompiendo el hechizo.
—¡No! —dijo con voz autoritaria—. No te atrevas a sentir lástima, Jazmín. Escucha bien lo que dice. No dice “te amo”. No dice “te extraño”. Dice “Tomás no sabe cuidarme”, “me lastimó”. Él no te quiere a ti; quiere a la enfermera competente. Quiere que le resuelvas el problema que él mismo creó criando a un hijo inútil y siendo un esposo tirano.
—Está sangrando… —murmuré.
—Si está sangrando, que llame a una ambulancia. Tiene dinero, ¿no? Tiene un millón en el banco. Puede pagar una enfermera privada. No eres tú la única persona en el mundo que puede poner una sonda. Él te hizo creer eso para esclavizarte. No caigas en la trampa del manipulador. Primero te insulta, luego te amenaza, y cuando ve que no funciona, se hace la víctima para dar lástima. Es el Ciclo de la Violencia.
Respiré hondo, tragándome la culpa. Talia tenía razón. Si regresaba ahora, nada cambiaría. Solo le demostraría que sus tácticas funcionan.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté.
—Ahora, vamos a redactar la demanda. Tú te vas a ir con Nadia y vas a apagar ese teléfono. Cómprate un chip nuevo, un número que ellos no tengan. Yo me encargo de las notificaciones. Mañana mismo metemos el escrito en el Juzgado Familiar.
Talia se puso de pie, dando por terminada la sesión.
—Jazmín, una cosa más. Prepárate. Porque cuando le congelemos las cuentas y le llegue la demanda, la bestia va a despertar de verdad. Va a intentar difamarte, va a decir que eres una ladrona, una adultera, lo que sea. Tienes que tener la piel gruesa.
—Ya tengo la piel gruesa —dije, levantándome y alisando el blazer prestado—. Cinco años de callos me protegen.
—Bien. Bienvenida a la guerra.
Salimos del despacho. El sol de la tarde en la Colonia Roma era cálido y dorado. Caminamos hacia un parque cercano para sentarnos un momento antes de volver al coche.
Me sentía agotada, como si hubiera corrido un maratón, pero también extrañamente ligera.
—¿Ves? —dijo Nadia, pasándome un brazo por los hombros—. No estás sola. Tienes un ejército. Talia es la artillería pesada, yo soy la logística y tú… tú eres la comandante.
Miré a mi alrededor. Gente paseando perros, parejas tomadas de la mano, oficinistas comiendo tortas en las bancas. La vida era tan normal para todos ellos. Y pronto, tal vez, sería normal para mí también.
De repente, mi celular (que había vuelto a encender solo para ver la hora) vibró con una notificación diferente. No era un mensaje directo. Era una notificación de Facebook.
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Sentí un frío en el estómago.
—Nadia… mira esto.
Abrí la aplicación. Ahí estaba. Una foto de David en su silla de ruedas, con cara de sufrimiento extremo, ojos llorosos, en lo que parecía ser la sala de la casa hecha un desastre.
El texto decía:
“Es increíble cómo hay gente sin corazón. Mi madrastra Jazmín abandonó hoy a mi padre, un hombre discapacitado e indefenso, dejándolo sin comida y sin medicinas. Se fue robando dinero y el coche. Mi papá está en crisis nerviosa. Si alguien la ve, díganle que tenga tantita madre. No se vale aprovecharse de la gente buena. #JusticiaParaDavid #MujerInteresada”
Tenía ya 50 “me gusta” y comentarios de tías y amigos de Tomás.
“¡Qué poca madre!”
“Siempre se le vio que era una arribista”.
“Pobre David, cuenta con nosotros”.
Mis manos empezaron a temblar de nuevo. La vergüenza pública. El escarnio.
—¡Maldito escuincle! —exclamó Nadia, leyendo sobre mi hombro—. ¡Está volteando la historia!
—Van a creerle… todos van a creerle. Él está en la silla de ruedas. Yo soy la que se fue. Quedo como el monstruo.
Nadia me quitó el teléfono y lo bloqueó.
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