—¿Qué crees que estén haciendo? —pregunté, sin poder evitarlo.
—Probablemente odiándose mutuamente —rio Nadia—. Tomás se va a dar cuenta de que cuidar a un paralítico no es “sentarse a ver la tele”. Y David se va a dar cuenta de que su “sirvienta gratis” era el motor invisible de su vida. Se van a comer vivos, amiga. Y tú vas a ver el espectáculo desde primera fila, pero con barrera de protección.
Nadia tenía razón. La casa de Coyoacán debía ser un caos en este momento. Me imaginé a David gritando porque quería ir al baño y a Tomás sin saber cómo moverlo, asqueado, enojado. La justicia poética empezaba a actuar.
Me acosté temprano esa noche. La cama de Nadia olía a lavanda. Al principio, me costó conciliar el sueño. Mi cuerpo extrañaba la tensión, la alerta constante. Esperaba el grito. Esperaba el timbre.
Pero solo escuché el viento moviendo las hojas de la bugambilia afuera.
Cerré los ojos. Y soñé. No soñé con hospitales, ni con sillas de ruedas. Soñé que caminaba por un campo de girasoles gigantes, y yo llevaba un vestido amarillo, y mis manos estaban limpias, y mis bolsillos estaban llenos de dinero que yo misma había ganado.
Cuando desperté a la mañana siguiente, no lloré. Solo sonreí. La tormenta había cambiado de dirección. Ahora soplaba a mi favor.
Despertar esa mañana fue una experiencia extracorporal.
Abro los ojos esperando ver el techo con humedad de la casa de Coyoacán. Espero el olor a encierro, a medicina y a vejez. Espero el grito: “¡Jazmín, el agua!”. Pero no hay gritos. Solo hay silencio y una luz suave, color ámbar, que se filtra por las cortinas de la habitación de huéspedes de Nadia.
Me quedo inmóvil bajo las cobijas, con el corazón latiendo a mil por hora, víctima del “síndrome del miembro fantasma”, pero aplicado a la esclavitud. Mi cuerpo está tensos, listo para saltar de la cama y correr a limpiar, a cocinar, a servir. Me toma cinco minutos completos convencer a mis músculos de que no hay emergencia. De que nadie se está orinando. De que nadie tiene hambre. De que soy libre.
Me levanto y voy al baño. Al mirarme al espejo, noto que algo ha cambiado. Las ojeras siguen ahí, negras como el carbón, pero la tensión en la mandíbula ha disminuido un poco. Me lavo la cara con un jabón de lavanda que Nadia dejó para mí. Huele a lujo. Huele a algo que yo no merecía hace 24 horas.
Bajo a la cocina del departamento. Nadia ya está ahí, vestida con su ropa de trabajo, preparando café en una prensa francesa.
—Buenos días, fugitiva —me saluda con una sonrisa brillante, pasándome una taza—. ¿Cómo dormiste?
—Como un tronco. Y luego me desperté asustada porque pensé que se me había pasado la hora de las medicinas de David.
Nadia niega con la cabeza y me pone un plato de chilaquiles rojos enfrente. Tienen queso fresco, crema y cebolla morada. Se ven gloriosos.
—Eso se llama estrés postraumático, amiga. Te va a durar un rato. Pero se quita. Cómete esto, necesitas fuerza. Hoy es el día D.
—¿Día D?
—Día de Demanda. Día de Defensa. Día de “Darles en la madre”. Tengo la cita con Talia a las 11:00 AM en su despacho en la Roma. Así que desayuna rápido, báñate y ponte algo que te haga sentir poderosa.
—No traje ropa “poderosa”, Nadia. Traje jeans y camisetas.
Nadia me mira de arriba abajo, evaluando.
—No te preocupes. Tengo un blazer azul marino que te va a quedar pintado. Y unos zapatos de tacón bajo. La imagen importa, Jazmín. Cuando entres a ese despacho, no vas a entrar como la víctima; vas a entrar como la clienta.
El despacho de “Talia & Hartwell Abogados” estaba ubicado en una casona antigua restaurada en la calle de Chihuahua, en la Colonia Roma Norte. Nada que ver con la casa decadente de David. Este lugar gritaba éxito. Pisos de madera pulida, arte moderno en las paredes, aire acondicionado silencioso y un olor sutil a café caro y cuero.
La recepcionista, una chica joven con lentes de pasta, nos anunció.
—La Licenciada Treviño las espera. Pasen, por favor.
Entramos a la oficina principal. Detrás de un escritorio de cristal inmenso, estaba ella. Talia Treviño.
Si Nadia era la calidez y la tierra, Talia era el acero y el fuego frío. Tenía unos cuarenta y tantos años, el cabello negro cortado en un bob asimétrico impecable, y una mirada que sentí que me escaneaba el alma y la cuenta bancaria en dos segundos. Llevaba un traje sastre gris perla y joyas discretas pero que se notaban auténticas.
Se puso de pie y me extendió la mano. Su apretón fue firme, seco.
—Jazmín. Nadia me ha contado un resumen rápido por teléfono, pero necesito los detalles. Todos. Siéntate.
Me senté en una silla de diseño que era sorprendentemente cómoda. Nadia se sentó a mi lado, mi guardaespaldas emocional.
—No tengo mucho dinero para pagar sus honorarios, licenciada… —empecé, sintiendo la vergüenza subirme al cuello.
Talia levantó una mano, deteniéndome en seco.
—Primera regla, Jazmín: No hables de dinero antes de saber si tienes un caso. Si el caso es bueno, el dinero sale del mismo caso. Nadia es mi amiga, y confío en su criterio. Si ella dice que te están jodiendo, te creo. Pero necesito pruebas. Cuéntame tu historia. Desde el principio. Y no omitas nada, por más vergonzoso que te parezca. Soy tu abogada, no tu confesor. No te voy a juzgar, te voy a defender.
Respiré hondo. Y empecé a hablar.
Hablé durante cuarenta minutos. Le conté del accidente. De cómo dejé mi trabajo de correctora. De cómo David se fue amargando. De las humillaciones diarias. De Tomás y su desprecio. Y finalmente, de la conversación en el hospital y el descubrimiento en el estudio.
Talia escuchaba en silencio, tomando notas rápidas en una libreta Moleskine con una pluma fuente. Su rostro era inescrutable, una máscara de póker perfecta. Solo de vez en cuando asentía o fruncía levemente el ceño.
Cuando llegué a la parte de los documentos encontrados, me detuve.
—Tome fotos —dije, sacando mi celular—. De todo.
Talia dejó la pluma y extendió la mano.
—Déjame ver.
Le pasé el teléfono. Ella empezó a deslizar las fotos, haciendo zoom en los detalles. Por primera vez, vi una reacción en su cara. Una ceja levantada. Una media sonrisa depredadora.
—Interesante… —murmuró—. Muy interesante.
—¿Qué? —pregunté, nerviosa.
Talia dejó el celular sobre el escritorio y entrelazó los dedos.
—Jazmín, dime una cosa. ¿Bajo qué régimen te casaste?
—Separación de bienes —dije, bajando la cabeza—. David insistió. Dijo que era lo justo porque la casa era herencia de su primera esposa y él tenía sus negocios. Yo acepté porque… bueno, porque lo amaba y no quería que pensara que iba por su dinero.
Talia soltó una risa corta, sin humor.
—El viejo truco. “Si me amas, firma aquí”. Escucha, la separación de bienes es un contrato, sí. Pero en la Ciudad de México y en la mayoría de los estados, existe algo llamado Compensación Económica.
Se inclinó hacia adelante, mirándome fijamente a los ojos.
—El Código Civil establece que, aunque estén casados por separación de bienes, si uno de los cónyuges se dedicó preponderantemente al hogar y al cuidado de la familia, sacrificando su desarrollo profesional, tiene derecho a una compensación de hasta el 50% de los bienes que el otro cónyuge haya adquirido durante el matrimonio.
—Pero la casa ya era suya antes —dije.
—La casa sí. Pero, ¿qué hay de las cuentas bancarias? ¿Las inversiones? ¿El aumento de valor de sus activos? ¿El dinero que él ganó mientras tú le limpiabas el trasero y le administrabas la vida para que él pudiera “trabajar” o simplemente existir? Ese millón doscientos mil pesos en la cuenta… eso se generó durante el matrimonio, ¿verdad?
—Sí. Es de sus comisiones y del seguro de invalidez que cobra mensualmente y que él ahorra porque yo pago el súper con lo poco que gano.
—Exacto. Él capitalizó tu trabajo no remunerado. Tú lo subsidiaste. Y eso, querida, se cobra.
Talia volvió a tomar el celular y señaló la foto de la transferencia a Tomás.
—Y esto… esto es la joya de la corona. Transferencia de 800,000 pesos concepto “donación”. Fecha: hace dos meses.
—¿Es ilegal donarle a su hijo?
—No es ilegal per se. Pero hacerlo justo cuando la relación está deteriorada, y ocultarlo, y dejarte a ti en la insolvencia económica… eso se llama Fraude a la Sociedad Conyugal y Violencia Patrimonial. Está disipando activos para reducir la masa sobre la cual tú podrías reclamar compensación. Es de libro de texto. Un juez familiar va a ver esto y se le van a revulver las tripas.
Sentí un alivio inmenso. No estaba loca. No estaba siendo avariciosa. Tenía derechos.
—Además —continuó Talia, con un brillo peligroso en los ojos—, veo aquí notas sobre “evitar juicio sucesorio”. El señor David cree que es muy listo. Pero cometió un error de novato.
—¿Cuál?
—El dinero salió de una cuenta donde también se depositan ingresos que probablemente no ha declarado al SAT correctamente. Si rascamos un poco, apuesto mi título a que David ha estado recibiendo pagos “por fuera” o deduciendo gastos médicos que tú pagabas en efectivo. Si lo amenazamos con una auditoría fiscal… créeme, se va a poner pálido.
Nadia soltó una carcajada.
—Te dije que era una tiburona.
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