Cinco años. Si lo dices rápido, parece poco tiempo. Un suspiro en la historia del universo. Pero cuando vives esos cinco años encerrada en las cuatro paredes de una habitación de hospital o en una casa que huele permanentemente a alcohol isopropílico y pomada para rozaduras, el tiempo no pasa; se estanca. Se convierte en una melaza espesa y oscura que te atrapa los pies y no te deja avanzar.
Me llamo Jazmín. Tengo treinta años, aunque si me miras a los ojos, verás a una mujer de cincuenta. Mis manos, que antes eran suaves y estaban cuidadas con manicura de gel, ahora están secas, con los nudillos agrietados por el lavado constante y el manejo de sillas de ruedas, sábanas sucias y cuerpos pesados.
Todo comenzó en la carretera México-Cuernavaca, en esa curva maldita cerca de La Pera que tantos accidentes ha visto. David, mi esposo, regresaba de una convención de ventas. Era un hombre exitoso, de esos que llenan la habitación con su voz y su risa. Manejaba su camioneta como manejaba su vida: con exceso de confianza y sin mirar los espejos retrovisores. Un conductor borracho invadió su carril. El impacto fue seco, brutal. David sobrevivió, pero su médula espinal no.

Recuerdo el día que el doctor en el Hospital Ángeles nos dio el diagnóstico. “Paraplejia completa”. Esas dos palabras borraron nuestro futuro. Borraron los planes de tener hijos, de viajar a Cancún en verano, de comprar una casa más grande en Satélite. En ese momento, yo no vi una tragedia para mí; vi una tragedia para él. Y como buena mujer mexicana, criada con las telenovelas y los consejos de la abuela de que “la mujer es el pilar de la casa”, decidí que yo sería sus piernas. Yo sería su fuerza. Yo cargaría con todo.
No sabía que al cargar con él, me rompería yo misma.
La rutina de esa mañana de martes era idéntica a la de los últimos 1,825 días. Mi alarma sonó a las 4:30 AM. Afuera, la Ciudad de México apenas empezaba a despertar, envuelta en esa bruma gris de smog y frío mañanero. Me levanté sin hacer ruido, aunque ya no importaba; David dormía en la habitación de la planta baja que habíamos acondicionado, y yo dormía en el sofá de la sala, atenta a cualquier grito, a cualquier necesidad.
Me bañé con agua tibia, un lujo rápido de cinco minutos. Mientras me vestía con unos jeans cómodos y una blusa de algodón barata (hacía años que no me compraba ropa “bonita”, ¿para qué? ¿para mancharla de medicina?), repasé mentalmente la lista de tareas del día:
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
