Adrien, mientras tanto, se sentía disminuido. Su reputación flaqueaba, su influencia menguaba. Quienes antes lo admiraban ahora dirigían su atención hacia Celeste. Incluso la compañera que una vez se aferró a su lado se alejó, atraída por horizontes más brillantes.
Le quedaron recuerdos de un vestíbulo donde el equilibrio de poder había cambiado para siempre. El recuerdo de una mujer erguida, tranquila e intocable.
El legado de la fuerza
El triunfo de Celeste no se basó en la venganza, sino en el autodescubrimiento. Transformó el dolor en propósito, la decepción en independencia. Su historia se convirtió en algo más que un relato de traición: se convirtió en un testimonio de dignidad, resiliencia y el poder de la reconstrucción.
Al final, las decisiones de Adrien lo dejaron arrepentido. Las decisiones de Celeste le construyeron un imperio. Y el mayor giro de todos fue este: lo que él pensó que la destrozaría, en cambio, la liberó.
El Lancaster ya no llevaba su legado. Llevaba el de ella.
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