Esa noche no pude dormir. No dejaba de imaginar la cara de Michael al darse cuenta de lo que había hecho. ¿Lo entendería? ¿Se enojaría? ¿Me perdonaría alguna vez?
Entonces recordé su voz en Nochebuena: fría, distante, obediente. ¿Cuándo me había convertido en una obligación para él en lugar de su madre?
La ira regresó y me tranquilizó.
Había tomado mi decisión.
Ahora quiero llevarlo a cabo.
3 de enero.
Fue entonces cuando llegó la llamada.
Estaba regando mis plantas, intentando mantener cierta normalidad en mi rutina, cuando sonó mi teléfono. El nombre de Michael apareció en la pantalla. Lo dejé sonar tres veces antes de contestar. Necesitaba estabilizar mi respiración, prepararme.
—Mamá —dijo con voz tensa—. ¿Olvidaste pagar la renta?
—No, Michael. No lo olvidé.
Silencio.
¿Entonces qué quieres decir? El casero llamó. Dijo que el pago de enero nunca llegó.
—Correcto. Detuve el pago automático.
—¿Paraste? —Parecía genuinamente confundido, como si esto fuera incomprensible—. Mamá, no puedes parar así como así. Tenemos contrato de arrendamiento. Necesitamos ese dinero.
Michael, tienes un contrato de arrendamiento. Lo firmaron tú y Jennifer, no yo. Es tu responsabilidad, no la mía.
—Pero nos has estado ayudando —alzó la voz, presa del pánico—. No puedes abandonarnos así como así.
Abandonar.