Se quedó mirando los documentos, la evidencia de las manipulaciones de su esposa, de sus planes para destruirme financieramente.
—Ibas a quitarle la Seguridad Social —dijo en voz baja—. Tiene setenta y un años, y la ibas a dejar sin nada.
"Primero nos dejó sin nada", espetó Jennifer. "Nos dio 44.000 dólares".
La habitación quedó en silencio.
Michael estaba llorando ahora, las lágrimas corrían por su rostro.
—¿Qué he hecho? —susurró—. ¿Qué hemos hecho?
El rostro de Jennifer se endureció.
Bien. ¿Quieres ponerte de su lado? Ponte de su lado. Pero recuerda este momento, Michael: cuando vuelvas a vivir en casa de tu madre como un niño. Cuando no tengas esposa, ni vida propia. Recuerda que la elegiste a ella antes que a nosotros.
Ella salió caminando.
La puerta se cerró de golpe.
Y mi hijo estaba sentado allí, destrozado, rodeado de evidencia de la mujer con la que se había casado, de la vida que había construido sobre mi ruina financiera.
—Lo siento mucho —susurró—. Mamá, lo siento mucho.
Las siguientes tres semanas fueron un torbellino legal, pero las atravesé con una claridad que nunca antes había experimentado.
Jennifer había cometido un error crucial.
Ella pondría sus planes por escrito.
Y esos escritos se convirtieron en su perdición.