La niña mencionó en voz baja que unos días antes había oído a su madre quejarse de que la caldera hacía ruidos extraños. Ningún técnico había venido. Nadie pensó que fuera grave.
Con mascarillas protectoras, los agentes entraron en la casa. Lo que encontraron dentro fue peor de lo esperado. Los padres de Sofía yacían uno junto al otro en la cama. No había señales de forcejeo ni lesiones visibles; solo cuerpos inmóviles, apenas respirando. La habitación estaba cargada de gas. Un detector de humo permanecía en silencio en la pared, con las pilas quitadas hacía meses.
Los evacuaron de inmediato. Una ambulancia llegó en cuestión de minutos, con las sirenas atravesando la noche. Desde el jardín, Sofía extendió la mano hacia su madre mientras los paramédicos trabajaban frenéticamente.
—¿Se van a despertar? —preguntó, con la voz apenas por encima de un susurro.
—Estamos haciendo todo lo que podemos —respondió suavemente una enfermera.
Pero algo no les sentó bien a los oficiales.
La válvula principal de gas estaba completamente abierta, mucho más de lo debido. Y dentro del dormitorio, el conducto de ventilación había sido bloqueado deliberadamente con una toalla, firmemente encajado desde dentro.
Morales miró a su compañero con expresión oscura.
— Esto no fue un accidente.
La ambulancia se marchó con los padres aún inconscientes. Sofía quedó temporalmente bajo custodia de los agentes, sentada en el asiento trasero de la patrulla, mientras el cielo empezaba a despejarse ligeramente.
A esa hora, nadie imaginaba que lo ocurrido dentro de aquella casa no era sólo producto de la negligencia o el descuido… sino el primer hilo de una historia mucho más compleja, una que involucraría deudas, amenazas y una cadena de decisiones desesperadas que habían conducido a aquella noche silenciosa.
Y aunque la pequeña Sofía no podía saberlo, la verdad que estaba a punto de salir a la luz cambiaría su vida para siempre.
Durante la madrugada, mientras los padres de Sofía permanecían en la UCI por intoxicación con monóxido de carbono, los investigadores forenses inspeccionaron cada rincón de la casa. Lo que inicialmente parecía un accidente doméstico empezó a tomar la apariencia de algo muy distinto.
El informe preliminar reveló que la toalla encontrada bloqueando la ventilación estaba firmemente encajada desde el interior del dormitorio, pero la caldera, supuestamente defectuosa, había sido manipulada.
Uno de los técnicos levantó la vista, serio:
«Esto no se rompe así. Alguien manipuló estas válvulas a propósito».
Cuando Morales entrevistó a Sofía en la sala de cuidado infantil, la niña respondió con la sinceridad temblorosa de quien aún no comprende la gravedad de lo sucedido.
«Ayer, papá estaba muy nervioso... hablaba en voz alta por teléfono y dijo que 'no podía pagar más'. Estaba en las escaleras y oí... oí a alguien decirle que tenía hasta hoy».
«¿Viste a esa persona?
». «No...».
«¿Tu papá suele recibir visitas por la noche?
». «Durante el último mes, han estado viniendo hombres. Mamá dice que son cosas de adultos».
El agente anotó cada palabra. Lo que la niña describió sonaba peligrosamente similar a la extorsión de prestamistas ilegales. No era raro: familias endeudadas recurriendo a préstamos rápidos, sin contratos ni garantías, solo amenazas.
Mientras tanto, en el hospital, los padres de Sofía permanecían intubados y en estado crítico. Los médicos confirmaron que el envenenamiento había sido grave y prolongado, lo que significa que la fuga se había producido varias horas antes del informe.
A media tarde, la investigación dio un giro inesperado al revisar las imágenes de las cámaras de seguridad del complejo residencial. A las 23:46, un hombre encapuchado fue captado caminando hacia la casa de la familia. No se le veía el rostro, pero sí su complexión y la leve cojera de su pie derecho.
Lo más inquietante fue su partida: apenas cinco minutos después, el hombre abandonó la zona a toda prisa. Demasiado poco tiempo para manipular una caldera y bloquear un respiradero... pero suficiente para alguien que ya sabía exactamente qué hacer.
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