En mitad de la noche, una joven llamó a la policía porque sus padres no se despertaban, y lo que los agentes encontraron en la casa sorprendió a todos.

Exactamente a las 2:17 am, la línea de emergencia 112 sonó a través de la silenciosa sala de control.

La operadora casi desestimó la llamada antes de contestar; los turnos de noche solían estar llenos de adolescentes aburridos haciendo bromas. Pero en cuanto oyó la voz del otro lado, se quedó paralizada.

Era suave. Inestable. Tan débil que apenas llegaba al receptor.

—Señora… mi mamá y mi papá no se despiertan… y la casa huele raro…

La mano del operador se tensó alrededor del teléfono. Esto no era broma.

—Cariño, ¿puedes decirme tu nombre?
—Sofía… Tengo siete años…
—Bueno, Sofía. ¿Dónde están tus padres ahora mismo?
—En su habitación… Intenté sacudirlos… pero no se mueven…

Todo su instinto le decía que algo andaba mal. Se puso en marcha el protocolo de emergencia de inmediato. Se envió una patrulla a la dirección, mientras la operadora permanecía al teléfono, hablando despacio y con calma, instruyendo a la niña a salir y esperar en el jardín, lejos de la casa.

Cuando los agentes llegaron al pequeño chalet de madera a las afueras del pueblo, la escena era inquietante. Sofía estaba sentada descalza en el suelo frío, apretando contra el pecho un peluche desgastado. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro pálido, pero no lloraba. Esa quietud antinatural hizo que los agentes intercambiaran miradas inquietas.

Al acercarse a la puerta principal, el olor los golpeó al instante. A gas, penetrante e inconfundible, se mezclaba con un ligero aroma metálico que flotaba en el aire. El oficial Morales llamó por radio a los bomberos sin dudarlo.

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