Diana West había entrado a su primera cena con la familia de su prometido esperando incomodidad, no crueldad. Había anticipado una indagación cortés, sonrisas educadas que enmascaraban el juicio y preguntas sobre su crianza que sonaban amables, pero que pretendían medir su valía. Lo que nunca se le pasó por la cabeza fue ser degradada públicamente, como si la humillación fuera parte de la comida.
La finca de la familia Ellis se encontraba a las afueras de Monterey, en una posición privilegiada donde la brisa marina se mezclaba con una riqueza inconfundible. La mansión era enorme: suelos de mármol, imponentes paredes de cristal y obras de arte cuyo precio rivalizaba con el de las casas cercanas. Diana entró con un sencillo vestido azul marino, entallado y discreto. No llevaba joyas, salvo un reloj. Su postura era tranquila y segura de sí misma, sin buscar la aprobación ni rehuir la atención.
Brandon Ellis, su prometido, le apretó la mano al entrar al comedor. A la cabecera de la mesa se sentaba su madre, Judith Ellis, serena y elegante, con la sonrisa practicada de quienes están acostumbrados a mandar. El padre de Brandon estaba sentado a su lado, silencioso y atento. Dos primos murmuraban en voz baja al fondo. Las copas de cristal brillaban bajo la luz de la lámpara.
La evaluación que Judith hizo de Diana fue inmediata y exhaustiva: fría, eficiente e inequívocamente despectiva.
