"No querías paz", dije. "Querías control".
Lucía dejó el sobre con el dinero sobre la mesa y se fue. Daniel se quedó solo de repente, sin guion, sin público.
Le dije que empacara sus cosas. Llamé a mi hermana. Me rogó, me prometió cambio. Ya había superado ese punto.
Antes de que se fuera, le dije una última cosa:
"No te vas porque no puedas tener hijos. Te vas porque intentaste destruirme para ocultar tu verdad".
La puerta se cerró con un último sonido.
Volví a sentarme. El árbol seguía brillando. Serví dos tazas de café. La Navidad no se había arruinado; simplemente había dejado de mentir.
En los días siguientes, la casa recuperó poco a poco su ritmo. Organicé el papeleo, me reuní con abogados y dormí profundamente por primera vez en años. Daniel llamó. No contesté. Había empezado a responderme a mí misma: por qué había aceptado tantas excusas, tanto silencio. La verdad no era agradable, pero sí liberadora
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