Daniel estalló, gritando, exigiendo saber qué clase de juego era este. Abrí el sobre y saqué correos electrónicos impresos, contratos y un informe médico, con su nombre.
“Esto no es un juego”, respondí en voz baja. “Es la verdad poniéndose al día”.

Le expliqué que meses antes había contratado a un investigador privado. Había descubierto sus amoríos, sus mentiras y, lo más importante, había repetido las pruebas médicas en otra clínica. Los resultados eran innegables: Daniel había sido infértil mucho antes de que nos conociéramos. No había tenido hijos. Nunca podría haberlos tenido.
Lucía añadió que Daniel la había contactado a través de una agencia de modelos. Quería una actuación creíble para humillarme y justificar su marcha. Ofreció dinero y discreción.
Simplemente llegué primero. Pagué más y pedí que la verdad saliera a la luz la mañana de Navidad, en la mesa, junto al árbol.
Daniel intentó la negación, luego la ira. Acusó a los médicos, luego a mí. Saqué el documento final: una carta de su propio abogado, escrita semanas antes, reconociendo el diagnóstico y pidiendo tiempo para planificar una "separación pacífica".
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