En la mañana de Navidad, mi marido llegó con una amante “embarazada” y se burló de mí por ser infértil; luego se quedó en silencio cuando le revelé con calma quién era ella en realidad.

La mañana de Navidad en casa siempre había sido tranquila, casi sagrada. Pero ese año, la quietud se rompió con un fuerte golpe en la puerta.

Al abrir, vi a Daniel, mi esposo, de pie junto a una joven. Su vientre estaba visiblemente redondeado, su sonrisa cuidadosamente ensayada, una mano apoyada protectoramente sobre su supuesto embarazo. Detrás de ellos, nuestro árbol de Navidad brillaba suavemente, inconsciente de que estaba a punto de presenciar el fin de todo.

Daniel no esperó permiso. Entró, colgó su abrigo y dijo sin mirarme a los ojos:

"Quiero que conozcas a Clara. Está embarazada de mi hijo".

Las palabras me hirieron como el cristal. Luego continuó, deliberadamente cruel:
"Alguien tuvo que darme lo que tú nunca pudiste. Años intentándolo, y nada".

La mujer bajó la mirada, como si la vergüenza fuera parte de la actuación.

Me acomodé en una silla. Los recuerdos me inundaron: pasillos de hospital, pruebas interminables, optimismo forzado, la forma en que Daniel solía decir que me amaba "igualmente". La infertilidad se cernía sobre nuestro matrimonio como una sombra, tácita pero omnipresente. Daniel seguía hablando, disfrutando del momento. Lo llamaba una "solución", insistía en que no era una traición, incluso decía que la Navidad parecía el día perfecto para empezar de cero. Me desmanteló con cuidado, delante de una desconocida.

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