Asintió lentamente. "Gracias."
Mi padre se hundió en una silla, derrotado; su ego se derrumbó bajo el peso de sus propios secretos.
—Papá —dije en voz baja—, no tienes por qué quererme. Pero no puedes borrarme.
Marcus finalizó el anuncio. Las conversaciones estallaron en voz baja.
Y salí, no como el hijo no deseado, sino como el que finalmente alcanzaba su propia luz.
Afuera, el aire nocturno se sentía fresco y limpio.
El peso de los años se alivió de mi pecho.
Marcus abrió la puerta de la limusina.
"¿Adónde?"
Contemplé la ciudad, la ciudad que pronto sería mía y que yo podría dirigir.
—A casa —dije—.
Y mañana… a la sala de juntas.
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