Pamela apareció en ese momento, deslumbrante con su seda color champán. Su mirada era aguda, calculadora, incluso tras su sonrisa educada.
"¡Aquí estás! Alice, todo el mundo habla de lo bonita que es la habitación. Queremos que sepan quién pagó la cuenta."
Me guiñó un ojo, un gesto tan condescendiente que me puso los pelos de punta.
## Capítulo 4: Un Encuentro Sombrío
Me retiré al pasillo que conducía a los baños, buscando un ambiente que no rezumara prepotencia. Allí me encontré con Martin Reynolds. Martin había sido el abogado de Robert durante treinta años; un hombre de ética inquebrantable, parco en palabras.
Vio la etiqueta con mi nombre. Vio mis ojos.
"Alice", dijo con voz grave y preocupada. "Esto es inaceptable".
"Al parecer, es para reírse, Martin".
Su rostro se endureció.
"Robert no se reiría. Quemaría este hotel". (Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo escuchaba). "Hay algo que debes saber". Robert añadió un codicilo a su testamento seis meses antes de morir. Me pidió que lo mantuviera sellado a menos que considerara absolutamente necesario intervenir.
Sacó un sobre grueso, color crema, casi solemne, de su bolsillo. Lo abrí con dedos temblorosos. La jerga legal era densa, pero la esencia del texto estaba clara: una **cláusula de humillación**.
“No quería que fueras víctima de tu propia generosidad”, murmuró Martin. “Sabía que la relación de Richard con el dinero era… parasitaria”.
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