Sentí un puñetazo en el pecho.
"¿Qué quieres decir con eso?"
Miró a su alrededor y bajó la voz.
No te hagas la tonta, Laura. Todo el mundo habla de ello. El chico no se parece en nada a Daniel.
Daniel, mi esposo, estaba afuera comprando café. No oyó nada. Yo sí.
Intenté responder, pero Adrián seguía hablando, cada palabra más cruel que la anterior.
Te casaste demasiado rápido. Quizás este sea el resultado. Un hijo nacido de… quién sabe qué. Es vergonzoso. Una desgracia para la familia.
Mis manos empezaron a temblar alrededor de Lucas. Quería gritar, defenderme, explicar que mi hijo era amado, deseado, legítimo. Pero no pude articular palabra.
Adrián se inclinó más cerca y susurró:
Daniel se merece algo mejor. Nuestra familia se merece algo mejor. Y esto —miró al bebé con desprecio— demuestra que nunca encajaste.
El aire se volvió pesado y helado.
Y entonces, una voz firme sonó detrás de él:
"¿Puedes repetir eso?"
Adrián se quedó congelado.
Se giró lentamente. Daniel estaba en la puerta, con dos cafés en la mano. Tenía las manos tensas y los nudillos blancos. Lo había oído todo.
—Dilo otra vez —dijo Daniel con una calma peligrosa—. Dime quién es mi esposa. Dime quién es mi hijo.
El rostro de Adrián perdió todo color.
Y en ese instante comprendí que lo que acababa de decir tendría consecuencias… consecuencias que apenas estaban comenzando.
¿Qué estaba a punto de hacer Daniel y por qué Adrián nunca olvidaría ese día?
La verdad que nadie esperaba. Daniel colocó los cafés en la mesa sin apartar la vista de Adrián. No gritó. No alzó la voz. Eso fue lo más aterrador.
—Sal de aquí —ordenó—. Ahora mismo.
