La mañana en que enterraron a mis gemelos llegó bajo un cielo cargado de nubes, como si el mundo mismo hubiera decidido llorar conmigo.
Dos pequeños ataúdes blancos yacían ante el altar, tan diminutos que mi mente se negaba a aceptar que fueran reales. Me llamo Lucía Herrera, y aún no podía comprender que mis hijos, Mateo y Daniel, se habían ido. Tan solo tres semanas antes, había sentido sus movimientos dentro de mí. Ahora solo quedaba un vacío insoportable donde antes había vida.
La gente me rodeaba con susurros de condolencias que se desvanecían sin sentido. Mi esposo, Álvaro, estaba a mi lado, rígido y distante, con la mirada perdida. Desde que los bebés murieron durante el parto, parecía vacío, como si el dolor lo hubiera vaciado por completo. Yo sentí lo contrario: cada emoción me impactó con toda su fuerza, aguda e implacable.
Entonces sentí un aliento cálido contra mi oído.
Era Carmen, mi suegra. Se acercó, sus labios se curvaron en una sonrisa torcida, y susurró con silenciosa crueldad:
“Dios se los llevó porque sabía qué clase de madre eras”.
Algo se rompió dentro de mí. Las lágrimas que había estado conteniendo se derramaron, y antes de que pudiera detenerme, las palabras escaparon de mi boca.
“Por favor… ¿puedes guardar silencio… solo hoy?”
La iglesia quedó en silencio absoluto. Los ojos de Carmen ardían de rabia. En un instante, su mano arremetió. El sonido de la bofetada resonó por todo el santuario. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, me empujó hacia adelante y mi frente golpeó el ataúd de uno de mis hijos. El dolor me invadió la cabeza, mezclándose violentamente con la pena, hasta que el mundo empezó a dar vueltas.
Ella se inclinó de nuevo, tan cerca que pude oler el intenso aroma de su perfume, y siseó:
“Cállate o acabarás con ellos”.
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