La atención del hombre se desvió hacia el teléfono, desconfiado. Lo agarró y se lo metió en el bolsillo.
Luego señaló hacia la cocina. «Vayan. Los dos. Siéntense a la mesa».
Emma parecía a punto de desplomarse. Me agaché y le tomé la mano, apretándola con fuerza para recordarle que no estaba sola.
Entramos en la cocina como si estuviéramos en el agua. Cada sonido se hacía más fuerte: el zumbido del refrigerador, el leve traqueteo del ventilador, los sollozos de Emma.
El hombre se quedó detrás de nosotros. No lo suficientemente cerca para tocarlo, pero sí para controlarlo.
Sacó un pequeño rollo de bridas.
Se me heló la sangre.
“No estoy aquí para matarte”, dijo, como si eso me consolara. “Estoy aquí por el portátil de tu marido y todo el dinero que tengas”.
—Mi marido no está —dije—. Acaba de irse.
—Lo sé —respondió el hombre—. De eso se trata.
Me obligó a decirle dónde guardaba Daniel su maletín. Señalé el banco junto a la entrada. Se alejó, y en ese instante, mi mente gritó: ¡CORRE!
Pero Emma seguía sentada, congelada por el miedo, y el hombre tenía bridas.
Entonces lo escuché: mi teléfono.
Un leve zumbido dentro de su bolsillo.
Su rostro cambió al instante. Lo sacó de un tirón, miró la pantalla y su expresión se tornó aguda por el pánico.
“¿Llamaste a alguien?” espetó.
Negué con la cabeza rápidamente. “No, lo juro.”
No me creyó. Su respiración se aceleró y su máscara de calma se quebró.
Las sirenas aún no estaban cerca, pero había oído la vibración. Sabía que el tiempo se agotaba.
Y fue entonces cuando agarró a Emma.
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