CAPÍTULO 8: EL ÚLTIMO VIAJE DEL FERRARI Y LA JUSTICIA DE LOS OLVIDADOS
Dicen que la muerte no es el final, sino el momento en que la historia se convierte en leyenda. Pero antes de convertirse en leyenda, Margarita se convirtió en mi bebé.
Ella vivió hasta los 95 años. Fueron años largos, lentos, dulces y difíciles. La mujer de hierro, la empresaria que hacía temblar salas de juntas con una mirada, se fue desvaneciendo hasta quedar reducida a una ancianita que olvidaba dónde se guardaban las cucharas o para qué servía un control remoto.
Pero yo no me fui. La mansión del portón negro se transformó. Ya no era un palacio frío de mármol; se volvió un hogar cálido, adaptado para ella. Puse rampas donde había escalones. Quité las alfombras caras para que no se tropezara. Convertí la sala de juntas en una sala de juegos de memoria.
Mi vida se partió en dos. De 9 a 5, yo era el Licenciado Ramón López, el abogado “tiburoso” que ganaba casos imposibles y cerraba tratos millonarios. Pero a las 5:01 PM, me quitaba el saco, me aflojaba la corbata y volvía a ser simplemente Ramón, el hijo.
La Rutina del Amor
Todas las tardes llegaba a su cuarto. Ella solía estar sentada frente al ventanal, viendo caer la tarde sobre la ciudad. —Buenas tardes, Ma —le decía, besándole la cabeza que ya tenía el pelo ralo y blanco como la nieve. Ella volteaba, con los ojos llenos de una inocencia infantil. —Buenas tardes, joven. ¿Viene a arreglar la televisión? —me preguntaba a veces. O en otras ocasiones: —¿Es usted mi terapeuta?.
Yo me reía, tragándome el nudo en la garganta, y me sentaba a su lado. —No, Mama. Soy su hijo amado. El que cocina rico. Su cara se iluminaba. —¡Oh! Tengo un hijo… —decía asombrada, como si fuera la primera vez que escuchaba la noticia—. Eso es bueno. Es bueno tener hijos que sepan hervir el agua y que no sean unos inútiles.
Entonces empezaba mi reporte. Aunque ella no entendiera la mitad, yo sentía que debía rendirle cuentas al imperio que ella construyó. —Mama, hoy tu hijo ganó un contrato grande con una constructora. Vamos a defender a unos ejidatarios a los que les querían quitar sus tierras. —Qué bueno, mijo. Que no se dejen. —Mama, hoy tu fundación donó cinco mil libros a escuelas rurales. Saliste en el periódico. —¿Salí guapa? —preguntaba coqueta. —Guapísima, como estrella de cine.
Ella sonreía, satisfecha, y a veces me acariciaba la mano. —Eres un buen muchacho. Me recuerdas a alguien… a un chico que tenía un coche rojo muy rápido. Un Ferrari, creo. Yo sonreía, con lágrimas en los ojos. —Sí, Ma. Un Ferrari de una sola rueda.
El Adiós sin Equipaje
El final no fue dramático. No hubo gritos, ni aparatos pitando como locos. Fue una tarde de domingo, tranquila, con el cielo pintado de rosa mexicano. Estábamos todos ahí. Mi mamá Chayo le estaba sobandolos pies. Mis hermanos, que ya eran unos muchachones, estaban leyendo en el sofá. Y yo estaba a su lado, leyéndole la Biblia.
Margarita suspiró. Fue un suspiro largo, como de alguien que suelta una maleta muy pesada después de un viaje eterno. Abrió los ojos una última vez. La niebla se fue por un segundo. Me vio. Me vio de verdad. —Ramón… —susurró. —Aquí estoy, Ma. —No olvides… el portón. —¿Cuál portón, Ma? —El del cielo… diles que vas de mi parte. Y diles… que llevas el Ferrari.
Cerró los ojos. Y así, sin más, la mujer que me enseñó que la dignidad no tiene precio, se fue a buscar a su Arnoldo. Se fue en paz. Se fue amada. Se fue siendo madre, abuela y amiga. Se fue habiendo derrotado a la soledad que la familia buitre le había deseado.
Un Funeral de Flores y Verdades
El funeral fue un evento nacional. Llegaron políticos, empresarios, artistas. La iglesia estaba llena de coronas de flores que costaban más de lo que yo ganaba en un año cuando vendía cacahuates. Pero lo más impresionante no fueron los ricos. Lo más impresionante fue la gente de afuera. Afuera de la iglesia, había cientos de personas. Gente humilde. Gente a la que la Fundación Margarita había ayudado. Becarios, familias que recibieron despensas, gente a la que defendí gratis en mi despacho.
Cuando sacamos el ataúd, un mariachi empezó a tocar “Amor Eterno”. Mi mamá Chayo lloraba abrazada al féretro como si fuera su propia hermana. Y yo… yo no lloré de tristeza. Lloré de orgullo. Porque entre la multitud, vi a un chico. Un chavo de unos 15 años, flaco, moreno, con una caja de chicles bajo el brazo, mirando el cortejo fúnebre con respeto. Me vi a mí mismo hace años. Y supe que mi trabajo apenas empezaba.
La Herencia Verdadera
Después del entierro, los abogados leyeron el testamento final. La familia buitre intentó impugnar, claro. Ernesto (que ya estaba viejo y amargado) mandó a sus abogados a decir que Margarita estaba loca cuando firmó. Pero yo estaba preparado. Margarita, en su genialidad, había grabado videos. Había hecho pruebas psicológicas cada seis meses. Había dejado todo blindado. —”A mi sobrino Ernesto” —leyó el notario— “le dejo mi colección de Biblias, para que aprenda que la codicia es pecado. Y le perdono sus deudas, para que no diga que fui mala”.
La sala contuvo la risa. Fue su última cachetada con guante blanco. Todo lo demás: las empresas, las propiedades, las acciones, pasó a un fideicomiso controlado por mí, con una sola instrucción: “Úsalo para encontrar a los otros Ramones”.
Y eso hice. No me compré un yate. No me fui a vivir a Europa. Me quedé en México. Abrí más ONGs a nombre de Margarita. Fundamos escuelas en los barrios más bravos. Construimos bibliotecas donde antes había basureros. Creamos un programa de becas llamado “Beca El Ferrari”, específicamente para chavos de la calle que quisieran estudiar pero tuvieran que trabajar para comer.
El Cierre del Círculo
Hoy, soy un hombre de 40 años. Tengo canas en la barba. Tengo una esposa maravillosa y dos hijos que saben que su “Abuela Mago” nos cuida desde el cielo. Pero hay un ritual que nunca rompo. Una vez al mes, me pongo mis tenis viejos, unos jeans gastados y una camiseta sencilla. Manejo hasta mi antigua colonia. Me estaciono lejos. Camino hasta la parada del camión en la Avenida Central. Esa misma banca de concreto sigue ahí, aunque ahora la pintaron de verde.
Me siento un rato. Veo pasar a la gente. Veo la indiferencia, la prisa, el egoísmo. Pero también veo la esperanza. Veo a los chicos que venden en el semáforo. Me acerco a ellos. Les compro todo lo que traen. Y luego, les doy una tarjeta. —Si algún día te cansas de empujar, búscame —les digo—. Tengo un trabajo real para ti.
Muchos me tiran de a loco. Pero algunos… algunos llaman. Y sus vidas cambian, como cambió la mía.
Cuando la gente me entrevista —porque ahora salgo en las revistas de negocios— siempre me hacen la misma pregunta: —Licenciado López, usted ha donado millones. Ha construido imperios de caridad. ¿Por qué da tanto? ¿Cuál es su motivación?.
Yo sonrío, toco el pequeño pin de oro en forma de carretilla que llevo en la solapa de mi traje, y les doy siempre la misma respuesta, la única verdad que conozco:
—Doy todo esto porque alguien, una vez, me lo dio todo a mí. Y no empezó con un cheque, ni con un contrato. Empezó con una viejita perdida que confió en mí para darle un aventón en un Ferrari de albañil.
La vida da muchas vueltas, raza. A veces estás arriba, a veces estás en la banca de una parada de camión. Pero si ves a alguien tirado, no te sigas de largo. Detente. Ofrécele tu carretilla. Porque nunca sabes si estás empujando a un ángel, o si te estás empujando a ti mismo hacia tu propio destino.
FIN
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