EMPUJÉ A UNA VIEJITA PERDIDA EN MI CARRETILLA VIEJA: PENSÉ QUE ESTABA LOCA, PERO CUANDO VI SU MANSIÓN ME FUI DE ESPALDAS

CAPÍTULO 7: LA TOGA NEGRA Y EL HIMNO DE 1963

El tiempo en la mansión del portón negro dejó de medirse en horas o minutos; empezó a medirse en momentos de lucidez y momentos de niebla.

Los meses finales de mi carrera universitaria fueron una carrera de obstáculos contra el olvido. Mientras yo aprendía sobre amparos, litigios y justicia penal, Margarita iba desaprendiendo cómo usar una cuchara o para qué servían las llaves. La casa se llenó de enfermeras. Mujeres vestidas de blanco que caminaban con zapatos de goma silenciosos y olían a alcohol y Vick VapoRub. Ellas hacían su trabajo, sí, pero no la amaban. Para ellas, Margarita era un “paciente geriátrico”; para mí, era mi mundo entero desmoronándose.

Había días buenos, claro. Días en los que yo llegaba de la facultad y ella me recibía con esa sonrisa pícara de siempre. —¡Ramón! —decía—. Te ves muy flaco. ¿Esos libros te están chupando la sangre o qué? Dile a la cocinera que te sirva doble ración. Esos días eran oro molido. Nos sentábamos a ver películas viejas de Pedro Infante y ella recitaba los diálogos de memoria. Yo me reía y fingía que todo estaba bien, que la enfermedad era solo un mal sueño.

Pero luego venían los días malos. Los días oscuros. Días en los que ella se quedaba mirando un punto fijo en la pared durante horas, murmurando nombres de gente que llevaba muerta treinta años. Días en los que me miraba con miedo y preguntaba: “¿Quién dejó entrar a este muchacho? ¿Dónde está mi marido?”. En esos días, yo me tragaba el dolor, me sentaba a sus pies y le leía en voz alta, esperando que mi voz fuera el faro que la trajera de vuelta a la orilla.

El Día de la Victoria Solitaria

Finalmente, llegó el día. La graduación. El día que habíamos soñado juntos desde aquella tarde en el estudio cuando me regaló los libros. El día que ella me prometió que estaría en primera fila aplaudiendo más fuerte que nadie.

Pero la silla de Margarita en el auditorio estuvo vacía.

Su salud había decaído mucho esa semana. El doctor prohibió terminantemente que saliera. “Cualquier emoción fuerte podría ser demasiado”, dijo. Así que ahí estaba yo, parado en el escenario, recibiendo mi título de Licenciado en Derecho con Mención Honorífica. Mi mamá Chayo y mis hermanos gritaban como locos desde las gradas, agitando globos y matracas. Mis compañeros celebraban, aventaban los birretes, planeaban la borrachera en la fiesta de graduación.

Yo sonreía para las fotos, pero por dentro tenía un hueco del tamaño de la mansión. En cuanto terminó la ceremonia oficial, me salté el brindis. Me salté la cena de gala. Me salté los abrazos de despedida. —¿A dónde vas, hijo? —me preguntó mi mamá Chayo, preocupada—. ¿No te vas a quedar al mariachi? —Tengo una cita, Amá. Una promesa que cumplir. Ella entendió. Me dio la bendición y me dejó ir.

Manejé de regreso a la casa (sí, ya manejaba un coche modesto que Margarita me había obligado a comprar “para que el abogado no ande en camión”). El tráfico de la ciudad estaba imposible, como siempre, pero yo sentía que volaba. Tenía que llegar. Tenía que verla. Tenía que mostrarle que lo habíamos logrado.

El Último Examen

Llegué a la mansión al atardecer. La casa estaba en silencio, ese silencio respetuoso y triste que precede a las despedidas. Subí las escaleras de mármol corriendo, con la toga negra ondeando detrás de mí como una capa de superhéroe cansado. El birrete lo llevaba apretado en la mano, como si fuera un tesoro.

Llegué a la puerta de su habitación. Me detuve un segundo para recuperar el aliento y componer la cara. No quería que me viera agitado o triste. Toqué suavemente. —Adelante —dijo la enfermera de turno en voz baja.

Entré. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de buró que daba una luz dorada y tenue. Olía a lavanda y a medicinas. Margarita estaba acostada en su cama gigante, tan pequeña y frágil que apenas hacía bulto bajo las sábanas de seda. Estaba despierta, mirando al techo, tarareando una melodía bajita, casi inaudible. Agucé el oído. Era un himno antiguo, algo que sonaba a iglesia vieja, tal vez de 1963. “Castillo fuerte es nuestro Dios…” tarareaba con voz quebrada.

La enfermera me miró con lástima. —Hoy no ha sido un buen día, joven Ramón. Ha estado muy perdida. No ha reconocido a nadie. Sentí un piquete en el corazón, pero asentí. —Gracias, Lupita. ¿Nos puedes dejar solos un ratito? La enfermera salió cerrando la puerta con cuidado.

Me quedé ahí, parado en medio del cuarto, con mi título bajo el brazo y mi traje de graduado. Me acerqué a la cama. —Mamá… —susurré. Ella dejó de tararear. Giró la cabeza muy despacio sobre la almohada. Sus ojos, que antes tenían el brillo del acero, ahora estaban velados, cubiertos por esa catarata blanca del olvido. Me miró sin verme. —Sí… —su voz era un susurro seco—. ¿Es usted el doctor? ¿Ya me toca la medicina?.

El dolor fue físico. Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Me había olvidado. En el día más importante de nuestras vidas, yo era un extraño con bata. Respiré hondo, aguantando las ganas de llorar. No. No iba a dejar que el olvido ganara hoy.

—No, Ma —le dije suavemente, hincándome al lado de su cama para quedar a la altura de sus ojos—. No soy el doctor. Míreme bien. Ella parpadeó, confundida, tratando de enfocar. Saqué mi birrete. Lo sacudí un poco para quitarle una pelusa imaginaria. Con un movimiento solemne, casi sagrado, me puse de pie. Me coloqué el birrete en la cabeza, ajustando la borla dorada para que cayera del lado correcto. Me acomodé la toga, alisé los pliegues con una reverencia que se sentía santa.

—Soy yo, Ma —repetí, con la voz temblorosa pero firme—. Soy Ramón. Me volví a arrodillar. Tomé su mano, esa mano huesuda que me había sacado de la calle, y me la llevé a la mejilla. —Su hijo ya es abogado, Mamá. Lo logramos.

El Milagro de la Memoria Rota

Margarita se quedó quieta. Sus dedos rozaron la tela sintética de mi toga. Tocó el borde de mi birrete. Sus ojos recorrieron mi cara, buscando en el archivo desordenado de su mente. Y entonces, sucedió. No fue el reconocimiento que yo esperaba. Fue algo más profundo. Algo que rompió las barreras del tiempo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. No de tristeza, sino de una emoción abrumadora, brillante. —¡Arnold! —susurró, con una voz llena de amor joven. Me quedé helado. Me había confundido con su esposo muerto. Con el amor de su vida.

Intenté corregirla. —No, Ma, soy Ram… Pero ella me apretó la mano con una fuerza sorprendente. —Arnold… mira —dijo, llorando y sonriendo al mismo tiempo—. Nuestro hijo es abogado.

Me callé. Entendí en ese segundo que no debía corregirla. Ella no estaba viendo a Ramón, el chico de la carretilla. Estaba viendo el cumplimiento de su deseo más profundo, el sueño que la vida le había negado durante décadas.

—Te lo dije… —continuó ella, con la voz entrecortada por el llanto feliz—. Te dije que algún día seríamos padres. Te dije que no era estéril… que no era un fracaso. Las lágrimas rodaron por sus mejillas arrugadas hacia la almohada. —No soy una olvidada, Arnold. Mira a nuestro niño. Qué guapo se ve de negro.

Mi corazón estalló. Durante años, ella había cargado con el dolor de no poder tener hijos. Había cargado con los susurros de la sociedad, con la presión de la familia de su esposo que la llamaba “seca” o “inútil”. Y ahora, en el final de su vida, su mente rota le estaba regalando la paz que la realidad le negó.

Me tragué mi propio ego. No importaba que no supiera mi nombre. Importaba que se sintiera madre. Le apreté la mano y le seguí la corriente, con la voz quebrada por el llanto. —Sí, mi amor… tenías razón —le dije, asumiendo el papel de su esposo por un instante sagrado—. Es un gran abogado. Hiciste un gran trabajo con él. Es el mejor hijo del mundo.

Ella soltó un suspiro largo, un suspiro que pareció sacar décadas de angustia de su pecho. —Lo sabía… —murmuró, cerrando los ojos con una sonrisa de paz absoluta—. Sabía que Dios no se había olvidado de mí.

Se quedó dormida así, agarrada de mi mano, con una sonrisa genuina y pacífica en el rostro. La sonrisa de una madre que ha visto a su hijo triunfar. Yo me quedé ahí, hincado en el suelo, con mi toga de graduación, llorando en silencio mientras la veía dormir. No me reconoció como Ramón, pero me reconoció como su hijo. Y eso… eso valía más que cualquier título universitario.

Epílogo del Capítulo: La Despedida Lenta

Esa noche no me quité la toga. Me quedé sentado en el sillón de su cuarto, velando su sueño, sintiéndome el hombre más afortunado y más triste del planeta. Sabía que el final estaba cerca. La lucidez de esa noche había sido su regalo de despedida, su último acto de amor.

A partir de ese día, Margarita se fue apagando como una vela. Ya casi no hablaba. Pasaba los días durmiendo. Pero yo cumplí mi promesa. Todos los días, antes de irme a mi despacho (porque sí, abrí mi despacho y le puse “Bufete Arnoldo & Margarita”), pasaba a verla. A veces abría los ojos y me miraba con curiosidad. —¿Eres mi terapeuta? —preguntaba. Yo me reía, besaba su frente y le decía: —No, Mama. Soy tu hijo amado. —Oh… —decía ella, asombrada—. ¿Tengo un hijo? —Sí. Uno muy bueno. Y muy guapo. —Eso es bueno… —decía ella, volviendo a cerrar los ojos—. Es bueno tener hijos que sepan hervir el ñame y empujar carretillas.

Nunca supe si lo decía en serio o si eran destellos de memoria, pero me bastaba. Le daba reportes diarios como si ella siguiera siendo la CEO del conglomerado. —Mamá, tu hijo ganó un caso difícil hoy. Mamá, tu hijo donó libros a una escuela primaria en Neza. Mamá, saliste en el periódico porque tu fundación dio cien becas. Ella sonreía. A veces no entendía las palabras, pero entendía el tono. Entendía que el legado continuaba. Entendía que no había vivido en vano.

Porque algunas verdades no necesitan memoria para existir. Viven en el corazón, y ahí, en ese lugar sagrado, Margarita nunca olvidó que fue amada, y yo nunca olvidaré que fui rescatado.

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