CAPÍTULO 6: EL CONTRATO ESPIRITUAL Y LA NIEBLA QUE LLEGÓ SIN AVISAR
Después de la “Gran Purga” de la familia buitre, la vida en la mansión del portón negro entró en una etapa dorada. Fue como si, al sacar la basura emocional, la casa hubiera recuperado su brillo. Las cortinas parecían dejar entrar más luz y hasta los leones de piedra de la entrada parecían menos enojados.
Pasaron unos meses desde la saga de la sucesión. Yo seguía clavado en mis tutorías con el Licenciado Sandoval. Estudiaba como si mi vida dependiera de ello —y de cierta forma, así era—. Me devoraba los libros de Derecho Romano y Constitución Mexicana hasta que se me borraban las letras de la vista.
Un martes por la tarde, llegué de mi lección privada con el cerebro frito. Encontré a Margarita sentada en la terraza, bajo la sombra de una jacaranda que empezaba a soltar flores moradas. Estaba tomando un vaso de agua de Jamaica bien fría, con esa tranquilidad de quien ya no tiene deudas con el destino . Sobre su regazo, tenía un sobre amarillo grande.
—Buenas tardes, Ma —la saludé, dejando mi mochila en el suelo—. ¿Llegó correo? Ella ni me miró. Seguía viendo cómo un colibrí bebía de las flores. —Llegó tu futuro, Ramón. Ábrelo.
Me acerqué con miedo. Agarré el sobre. Tenía el escudo dorado de una de las universidades más prestigiosas y caras de México. Una de esas donde los hijos de los políticos van a hacer contactos. Rompí el sello. Saqué la carta. “Estimado Ramón López… Nos complace informarle que ha sido aceptado en la Facultad de Derecho…” .
Se me cayó la carta de las manos. —¿Esto… esto es real? —pregunté, con los ojos como platos—. ¿Cuándo… cómo? Yo no llené la solicitud. Margarita finalmente volteó a verme, con una sonrisa traviesa bailando en sus labios. —¿Por qué gritas como si lo hubiera falsificado? —me regañó con cariño—. Yo llené las formas. Tengo mis contactos. Además, el Licenciado Sandoval dice que eres brillante. Vas a ser abogado, ¿no? Espero que sepas discutir muy bien, porque vas a necesitar mucha saliva .
Sentí que las rodillas me fallaban. Caí al suelo, no por debilidad, sino por gratitud. Me hinqué en el pasto, abracé sus piernas y escondí la cara en su falda. —Gracias, Mamá… Gracias. Dios la bendiga siempre —balbuceé, con el nudo en la garganta impidiéndome hablar bien .
Ella soltó un suspiro dramático y me dio un golpecito en la cabeza, como espantando una mosca. —Ay, ya, levántate. No nos hincamos ante el destino, lo miramos a los ojos. Además, me estás arrugando el vestido. Anda, párate y ve a la cocina a traerme mi caldo tlalpeño, que ya hace hambre .
Me levanté, secándome las lágrimas y riendo como loco. Iba a ser universitario. El niño de los cacahuates iba a ser licenciado.
La Coronación del Estudiante
El día de la ceremonia de ingreso fue un espectáculo que la colonia “Las Lomas” no olvidará jamás. Margarita se vistió con un traje sastre de encaje blanco impecable. Parecía una nube, una reina, tan brillante que el sol tenía que entrecerrar los ojos para verla . Pero mi familia biológica no se quedó atrás. Mi mamá, Doña Chayo, llegó con su mejor vestido de fiesta, un rebozo de seda que sacó del empeño y una actitud de “aquí mando yo”. Mis hermanitos iban peinados con tanto gel que sus cabezas parecían cascos, y se comportaban como si estuviéramos en la boda de la realeza .
La ceremonia fue en el auditorio magno de la universidad. Había mucha gente “bien”, apellidos compuestos y narices respingadas. Y en medio de ellos, estábamos nosotros. Durante todo el evento, Margarita no me soltó la mano. Me agarraba con fuerza, como diciéndole al mundo: “Este es mío y pobre del que lo mire feo” .
Cuando terminó el discurso del Rector, empezamos a salir. Margarita iba saludando gente, presentándome a diestra y siniestra. —Este es mi hijo —decía con orgullo a gente que ni preguntaba—. El que les conté. Futuro Fiscal de la Nación. Es el primero de la familia. Un muchacho brillante .
Un vicerrector, un señor canoso y estirado, se acercó a saludarnos. Nos miró con curiosidad: a Margarita, la dama de sociedad, y a mí, el muchacho moreno con rasgos indígenas. La diferencia era evidente. —Qué gusto verla, Doña Margarita. Y felicidades al joven. Disculpe la indiscreción… ¿es usted su madre biológica? —preguntó, tratando de ser sutil pero fallando olímpicamente .
Se hizo un silencio incómodo. Mi mamá Chayo, que estaba al lado, se puso tensa, lista para defender su maternidad. Pero Margarita sonrió con una paz absoluta. —Doctor, nosotros ya pasamos ese nivel —dijo con voz suave pero firme—. Estamos en un contrato espiritual y una asociación divina ahora. La biología es para los principiantes .
El vicerrector soltó una carcajada nerviosa, fingiendo entender. Todos a nuestro alrededor se rieron. Todos menos yo. Yo estaba ahí parado, con mi camisa blanca almidonada, luchando contra las lágrimas, tratando de no llorar para no salir con los ojos rojos en las fotos. En ese momento entendí que madre no es solo la que engendra, sino la que te construye las alas .
Lecciones de Tiburones
En los meses que siguieron, mi educación no fue solo en las aulas. Margarita se aseguró de darme la maestría en la vida real. Me llevaba a las oficinas corporativas. Me sentaba a su lado en las juntas del consejo directivo, donde hombres con trajes caros discutían sobre millones de dólares como si fueran corcholatas.
En una de esas juntas, el ambiente estaba pesado. Unos socios querían vender una parte de la empresa. Margarita, que ya caminaba más lento pero pensaba igual de rápido, pidió la palabra. Se levantó, apoyándose en mi brazo. —Señores —dijo, recorriendo la mesa con la mirada—. Quiero presentarles formalmente a Ramón. Todos me miraron. Algunos con desdén, otros con miedo. —Él es mi hijo —continuó ella—. Y quiero dejar algo muy claro. Si yo me muero mañana, o si mi memoria decide irse de vacaciones permanentes, él es mi voz. Si no lo tratan con el mismo respeto con el que me tratan a mí, les juro que mi fantasma y su conciencia los van a perseguir hasta que sean viejos y estén solos .
Nadie dijo ni pío. Nadie se atrevió a replicar. La voz de Margarita todavía tenía el peso del oro. Incluso los que murmuraban a sus espaldas, bajaron la cabeza y asintieron. Ese día aprendí que el poder no se pide, se ejerce .
La Unión de Dos Mundos
Lo más bonito de esa época fue ver cómo mis dos familias se fusionaban. Margarita empezó a encariñarse con mi mamá y mis hermanos. Los domingos, mi mamá Chayo llegaba a la mansión con ollas de pozole, tuppers con mole verde y bolsas de buñuelos . Al principio, los empleados de la mansión torcían la boca por el olor a comida “de barrio”, pero cuando veían a Margarita devorarse un plato de pozole con rábano y lechuga, se callaban.
Mis hermanitos empezaron a llamarle “Abuela Mago”. Ella se sentaba en el jardín con ellos y les contaba historias. A veces, para mi vergüenza, les contaba historias mías. —¿Saben que una vez Ramón intentó venderme un mazapán que ya estaba roto? —decía ella, riéndose—. Y luego trató de arreglarlo con saliva para que no se notara . Todos se reían a carcajadas. Éramos una sola familia. No había lazos de sangre, solo lazos de amor y de comida compartida .
El Inicio de la Oscuridad
Pero como dicen las abuelas: “Lo bueno dura poco y lo malo se hace eterno”. Mientras mi vida despegaba hacia el éxito, la mente de Margarita empezó a caminar en reversa. Al principio fueron detalles pequeños. Olvidaba dónde dejaba los lentes. Me llamaba “Arnoldo” (el nombre de su esposo) por accidente y luego se corregía riendo. —Ay, qué tonta soy, te confundí con el difunto. Es que tienes su misma mirada terca.
Pero luego, los descuidos se volvieron peligrosos. Una mañana de noviembre, entré al comedor. Margarita ya estaba desayunando. —Buenos días, Ma. —Buenos días, hijo. Siéntate, el té está delicioso hoy.
Me serví una taza. Le di un sorbo y casi lo escupo. Sabía horrible. Salado, amargo. Margarita me miraba expectante. —¿Verdad que está rico? Le puse tres cucharadas de esa azúcar blanca nueva. Miré el azucarero. Estaba cerrado. Al lado, estaba el salero destapado. Había endulzado su té con sal y no se había dado cuenta .
Tragué el té salado sin hacer gestos, porque no quería avergonzarla. —Está… interesante, Ma. Muy exótico. Ella sonrió, satisfecha. Pero luego, me lanzó la bomba. Me miró fijamente, con esa mirada vacía que yo había visto el primer día en la parada del autobús. Esa mirada que me dio escalofríos. —Oye… ¿y por qué no fuiste a trabajar al taller hoy? Me quedé helado. —¿Cuál taller, Ma? —Pues al taller mecánico. ¿No dijiste que ibas a arreglar la camioneta del vecino? ¿Es por eso que dejaste la escuela? .
Sentí que el corazón se me rompía en mil pedazos. —Ma… yo no trabajo en un taller. Estoy en la universidad. ¿Se acuerda? Estoy estudiando Derecho. Usted me pagó la inscripción. Ella parpadeó, confundida. La taza tembló en su mano. —¿Ah, sí? —dijo con voz pequeñita—. Pensé… pensé que tenía un hijo abogado. Tal vez lo soñé . Volvió a tomar su té salado, mirando hacia la ventana como si yo ya no estuviera ahí.
Ese día no pude ir a la escuela. Me encerré en el baño de servicio y lloré hasta que no me quedaron lágrimas. El miedo me invadió. No miedo a perder la herencia o la casa, eso me valía madre. Miedo a perderla a ella. Miedo a que la mujer que me rescató se desvaneciera frente a mis ojos mientras yo no podía hacer nada.
Pero me sequé la cara. Salí del baño. Fui a la sala, tomé un libro y me senté a su lado. Ella me miró como si fuera un extraño amable. —Hola, joven. —Hola, Ma —le dije, tomándole la mano—. Soy Ramón. Soy su hijo. Y estoy aquí .
Ajusté mis horarios. Falté a fiestas. Estudiaba en las madrugadas para poder estar con ella en las tardes. Le leía cuentos aunque ella perdiera el hilo de la historia a la mitad. Le recordaba comer. Le recordaba vivir. Y cada noche, antes de que se durmiera, le repetía lo mismo, como un mantra contra el olvido: —Descansa, Ma. Aquí estoy. No me voy a ir. Soy tu hijo.
Ella a veces entendía, a veces no. Pero algunas verdades no necesitan memoria, se sienten en el corazón . Y yo sabía que, aunque su mente se estuviera convirtiendo en niebla, su corazón seguía reconociendo el amor que nos teníamos.
La carrera contra el tiempo había comenzado. Yo corría hacia mi título de abogado, y ella corría hacia el silencio. Solo le pedía a Dios una cosa: que me dejara llegar a la meta antes de que ella olvidara quién era yo.
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