EMPUJÉ A UNA VIEJITA PERDIDA EN MI CARRETILLA VIEJA: PENSÉ QUE ESTABA LOCA, PERO CUANDO VI SU MANSIÓN ME FUI DE ESPALDAS

CAPÍTULO 4: LA VÍBORA CON PERFUME DE VAINILLA Y LAS TRAMPAS DE ORO

Había pasado casi un mes desde que mi vida cambió por culpa de una carretilla oxidada. Un mes exacto desde que dejé de ser “el niño de los cacahuates” para convertirme en la sombra de Margarita .

Ya le había agarrado la onda a la rutina de la mansión. Al principio, me sentía como perro en periférico: asustado y sin saber para dónde correr. Pero el hambre de salir adelante es buen maestro. Aprendí a distinguir las pastillas de la presión de las vitaminas sin tartamudear. Aprendí a sostener su bolso de marca —que costaba más que la casa de mi mamá— sin miedo a que se me cayera . Incluso aprendí a firmar su nombre en los recibos de paquetería con la confianza de alguien que conocía cada temblor de su mano .

Nuestras mañanas se convirtieron en un ritual sagrado. A las 8:00 AM en punto, ella salía al balcón de su habitación, respiraba el aire fresco (o lo más fresco que se puede en la CDMX) y gritaba hacia el jardín: —¡Ramón! ¿Qué me depara el destino hoy? . Yo, que ya estaba abajo regando las camelias o limpiando mis zapatos, alzaba la vista y le respondía como si fuera su general: —Hoy tiene una llamada con el banco, dos pastillas azules, una blanca, y una vuelta olímpica al jardín para que le pegue la vitamina D, jefa .

Ella asentía con esa elegancia que no se compra ni en Palacio de Hierro. —Hermoso. Puedes proceder a servirme el té. Y así empezaba el día .

Poco a poco, el personal de la casa empezó a bajar la guardia. Las cocineras ya me guardaban un taco extra del desayuno. El jardinero, Don Anselmo (el mismo que casi me cierra el portón el primer día), ya me saludaba con un movimiento de cabeza. Pero no todos estaban contentos. Había miradas que cortaban como cuchillos. Algunos me veían como el “perro callejero” que la señora decidió adoptar por capricho senil . Y la líder de ese club de odio no era otra que Lidia.

Lidia, la secretaria personal “oficial”. La mujer que olía a vainilla importada y a traición . Lidia era una mujer joven, guapa a la manera de las telenovelas: ropa ajustada, tacones que sonaban como martillazos en el mármol y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos . Ella trabajaba desde la oficina corporativa en Santa Fe, pero venía a la mansión dos veces por semana para “supervisar”. Y cada vez que venía, el aire se ponía denso.

Un jueves por la tarde, la tranquilidad se rompió. Margarita estaba tomando su siesta. Yo estaba en el estudio, organizando unos papeles y notas de citas, cuando escuché el taconeo inconfundible. Clac, clac, clac. La puerta se abrió y entró Lidia. Traía una falda lápiz y una blusa de seda que gritaba “soy peligrosa”. —Hola, Ramón —dijo, cerrando la puerta detrás de ella. Su voz era dulce, empalagosa, como un dulce echado a perder .

Me puse de pie de un salto. —Buenas tardes, Licenciada. ¿Busca a la señora? Está descansando. —No, no —dijo ella, caminando despacio hacia mí, invadiendo mi espacio personal—. De hecho, quería hablar contigo. A solas .

Se me heló la sangre. Mi instinto de barrio, ese que te avisa cuando te van a asaltar en la micro, se activó al máximo. —¿Conmigo? —pregunté, haciéndome el tonto—. ¿Hice algo mal? —Al contrario —sonrió ella, recargándose en el escritorio de caoba—. Te has vuelto muy… indispensable para la señora. Ella confía mucho en ti. —Hago mi chamba, nada más.

Lidia soltó una risita y empezó a jugar con un pisapapeles de cristal. —Mira, Ramón, seré directa. Tú sabes que la señora Margarita ya no está… al cien. Olvida cosas. Pierde el hilo . —Yo la veo muy bien —defendí. —Por favor, no nos hagamos tontos. A veces deja archivos tirados. Documentos bancarios, detalles de cuentas, acciones al portador… cosas que valen mucho dinero .

Se acercó más. Podía oler su perfume caro, pero debajo de eso, olía a ambición pura. —Si alguna vez te encuentras con “papelitos” así… o con dinero en efectivo que ella olvide por ahí… tráemelos a mí . Me quedé callado, procesando lo que me estaba diciendo. —Digamos que hay gente —continuó ella, bajando la voz— que se preocupa por su “futuro”. Y tú podrías ser recompensado. Muy bien recompensado .

Me miró a los ojos, escaneando mi ropa barata, mis manos callosas. Ella veía pobreza y pensaba que veía debilidad. —No seas ingenuo, Ramón. Eres un chico listo. Un archivo por aquí, una firmita por allá… y tu futuro está resuelto. Podrías sacar a tu mamá de ese agujero donde viven .

La mención de mi mamá me hizo apretar la mandíbula. Quería gritarle que mi casa no era un agujero, que era un hogar honrado. Pero me contuve. Sabía que Lidia era poderosa y yo solo era el chalán. La miré fijamente y sonreí con la inocencia más falsa que pude actuar. —Órale, Licenciada. Lo voy a pensar. Gracias por el consejo .

Ella me guiñó un ojo, satisfecha. Creyó que ya me tenía en la bolsa. —Buen chico. Sabía que nos entenderíamos. Salió de la oficina, dejando su estela de perfume y veneno en el aire .

No le dije nada a Margarita. ¿Quién me iba a creer? ¿La palabra del niño de la calle contra la de la Licenciada de Santa Fe? Decidí callar y observar.

Pero la prueba de fuego apenas comenzaba. Esa misma semana, empecé a encontrar cosas raras. “Descuidos”. Un martes, iba caminando por el pasillo principal y vi algo sobre la mesita del recibidor. Era un fajo de billetes. Me acerqué. Eran billetes de 500 y de 1000 pesos. Había, a ojo de buen cubero, unos 50,000 pesos ahí tirados, sin liga, sin sobre, como si fueran servilletas usadas .

El pasillo estaba vacío. No había cámaras a la vista. Mi corazón empezó a latir fuerte. Cincuenta mil pesos. Con eso podía arreglar el techo de lámina de mi casa que goteaba cada vez que llovía. Podía comprarle lentes nuevos a mi mamá. Podía comprarme ropa que no fuera de paca. Podía… Era dinero “olvidado”. Si me lo llevaba, nadie sabría. Lidia había dicho que Margarita olvidaba todo.

Extendí la mano. Mis dedos rozaron el papel moneda. Y entonces, la vi. No en persona, sino en mi mente. Vi a Margarita en la carretilla, riéndose conmigo. Vi cómo me defendió del guardia. Vi cómo me dio dignidad cuando el mundo me escupía. Retiré la mano como si el dinero quemara. —Ni madres —murmuré—. Yo soy pobre, pero no soy rata.

Agarré el dinero, fui directo a la habitación de Margarita y toqué la puerta. —Pase. Entré. Ella estaba leyendo un libro junto a la ventana. —Jefa, se le quedó esto en la mesa de la entrada —le dije, extendiéndole el fajo de billetes—. Tenga cuidado, no vaya a ser que alguien piense que es propina . Ella bajó el libro. Miró el dinero, luego me miró a mí. Su rostro era una máscara perfecta. No hubo sorpresa, ni susto. —Ah, gracias, Ramón. Qué cabeza la mía. Déjalo en el buró. Solo eso. Ni un “qué honesto eres”, ni un premio. Solo “déjalo ahí” .

Dos días después, pasó otra vez. Encontré una carpeta azul en el estudio. Estaba abierta de par en par. Adentro había títulos de propiedad de unos terrenos en Querétaro y unos cheques firmados en blanco . Estaban ahí, gritando “róbame”. Lidia me pagaría una fortuna por esos papeles. Cerré la carpeta de un golpe, la metí en el cajón del escritorio y le eché llave. —Doña —le dije más tarde—, cerré con llave el cajón del escritorio. Había papeles importantes afuera. Aquí le traigo la llave . Ella asintió, tomando la llave. —Gracias, hijo.

Durante dos semanas, encontré relojes en el baño, sobres con efectivo en la cocina, documentos confidenciales en la terraza. Cada vez, devolví todo. Cada vez, Margarita solo decía “gracias” y seguía con lo suyo. Yo pensaba que su demencia estaba empeorando. No sabía que me estaban auditando el alma .

Tres días después del último incidente, Margarita me llamó al estudio. El ambiente se sentía diferente. Ella estaba sentada en su sillón de piel, con una bata color púrpura y sus lentes puestos. Tenía una libreta abierta y una pluma en la mano. Se veía lúcida, afilada, poderosa .

—Siéntate, Ramón. Me senté, nervioso. ¿Había hecho algo mal? ¿Me iban a correr? —Dígame, patrona. Ella me miró por encima de sus lentes. —Ramón, quiero saber algo. ¿Qué querías ser tú en la vida antes de que la carretilla y la necesidad se cruzaran en tu camino? .

La pregunta me tomó por sorpresa. Nadie me preguntaba eso nunca. A la gente no le importan los sueños de los pobres. Me quedé callado un momento, mirando mis manos. —Pues… la neta, neta, Doña… yo quería ser abogado .

Margarita alzó las cejas. —¿Abogado? ¿De verdad? . —Sí. Desde morrillo. Siempre me ha gustado eso de la justicia, la verdad, los argumentos. En mi colonia pasan muchas injusticias, oiga. Gente que la meten al bote nomás por tener cara de sospechoso. Yo quería defender a esa gente. Además… —sonreí con tristeza— dicen que soy bueno alegando. Cualidades perfectas para sobrevivir a mi familia .

Margarita no se rio. Me escuchaba con una atención absoluta. —¿Y por qué no lo hiciste? Me encogí de hombros. —El dinero, jefa. Mis papás lo intentaron, pero cuando mi papá se fue, pues… comer es primero que estudiar. Los libros de leyes son caros y las inscripciones más .

Ella no dijo nada más. Solo hizo unas anotaciones en su libreta y cerró el tema. —Ya veo. Puedes retirarte, Ramón. Salí del estudio pensando que solo era una plática para matar el tiempo.

Pero Margarita no mataba el tiempo. Ella lo aprovechaba.

A la semana siguiente, un martes por la mañana, sonó el timbre del portón. Yo estaba barriendo las hojas secas del patio trasero. Fui a abrir. Afuera había un señor de traje gris, con lentes gruesos y cara de intelectual, cargando una pila de libros que le llegaba a la barbilla. —Buenos días —dijo el señor—. Busco al joven Ramón .

Me quedé con la escoba en la mano. —Soy yo, jefe. ¿Qué pasó? ¿Debo algo? El señor sonrió. —No, al contrario. Soy el Licenciado Sandoval. Fui contratado para ser tu tutor privado. Vamos a empezar tu preparación para el examen de la universidad hoy mismo .

Solté la escoba. Se cayó al suelo con un ruido seco. —¿Tutor? ¿Mío? ¿Universidad? —Sí. La Señora Margarita me contrató. Tengo instrucciones de venir tres veces por semana para ponerte al corriente con Historia, Literatura y Derecho Introductorio. Aquí está tu horario y tus libros .

Me quedé congelado. Sentí que el piso se movía. Agarré los libros como si fueran de cristal. —Espéreme tantito —le dije al profe.

Entré corriendo a la casa, olvidando limpiarme los pies. Encontré a Margarita en la sala, leyendo el periódico tranquilamente, como si no acabara de cambiarme la vida. —¡Ma… Doña! —grité, entrando sin aire. Ella bajó el periódico despacio. —¿Sí, Ramón? —Hay un señor afuera… dice que es mi maestro. Dice que voy a estudiar leyes. —Sí, es el Licenciado Sandoval. Dicen que es muy bueno. Espero que estudies mucho .

Sentí que las lágrimas se me agolpaban en los ojos. La garganta se me cerró. —¿Por qué? —pregunté con la voz rota—. ¿Por qué hace esto por mí, Ma? Yo solo soy su empleado. No soy nadie .

Margarita dobló su periódico con calma, lo puso en la mesa y se quitó los lentes. Se levantó con dificultad y caminó hacia mí. Me puso una mano en el hombro. Su mano era ligera, pero su agarre era firme. —Ramón, escúchame bien. Tú nunca me pediste dinero. Nunca me robaste. He estado dejándote trampas por toda la casa durante un mes. Billetes, cheques, joyas. Lo vi todo .

Me quedé helado. —¿Usted… sabía? —Lo sabía todo. Vi cómo encontraste el dinero y me lo trajiste. Vi cómo cerraste el cajón con los documentos. Lidia trató de corromperte, lo sé, y tú no cediste. Pasaste todas las pruebas sin saber que te estaba calificando .

Ella sonrió, y sus ojos se llenaron de una dulzura que me recordó a mi propia madre. —Me cargaste en tu “Ferrari” con amor, Ramón. Me hiciste sentir como una reina cuando estaba cubierta de mugre. Me diste dignidad. Me trataste mejor que mi propia sangre, mejor que esa gente que dice amarme pero solo ama mi cuenta de banco . Se le quebró la voz un poquito. —Me ayudaste sin saber quién era yo. No te importó mi riqueza. Solo viste a una vieja perdida y decidiste ser humano .

Yo ya estaba llorando abiertamente. Las lágrimas me escurrían por la cara y no me importaba. —Usted ha sido un hijo para mí este mes, Ramón —continuó ella, limpiándome una lágrima con su dedo pulgar—. Así que ahora yo quiero ayudarte a ti. Quiero que seas el hombre que sé que puedes ser. Quiero que seas ese abogado que defiende la verdad .

Caí de rodillas frente a ella. No pude evitarlo. Abracé sus piernas y lloré. Lloré por todas las veces que me humillaron en la calle, por todas las veces que tuve hambre, por todas las veces que pensé que mi destino era vender chicles hasta morir. —Gracias, Mamá Margarita… gracias —sollozaba. Ella me acarició el pelo. —Levántate, mi futuro abogado. No tenemos tiempo para llorar. Tienes clase. Y yo tengo que prepararme, porque presiento que pronto vamos a necesitar tus habilidades para argumentar .

No sabía cuánta razón tenía. Mientras yo empezaba mis clases de Derecho en la mesa del comedor, afuera de los muros de la mansión, la tormenta se estaba formando. Ernesto, el hermano del difunto esposo de Margarita, y Lidia, la víbora perfumada, estaban uniendo fuerzas. No les había gustado nada que el “niño de la calle” siguiera en la casa. Y venían con todo para sacarme… o para destruir a Margarita en el proceso.

Pero ellos no sabían dos cosas: Una, que Margarita había recuperado su fuego. Y dos, que yo ya no era solo un vendedor de cacahuates. Ahora tenía libros, tenía un propósito y tenía a la mujer más poderosa de México de mi lado. Que se vengan los buitres. Aquí los esperamos.

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