CAPÍTULO 3: EL TRAJE DE LOS DOMINGOS Y LA CUCHARA CALIENTE
Esa noche, el sueño me esquivó como si yo tuviera lepra. Me la pasé dando vueltas en mi colchón de hule espuma, mirando las láminas del techo donde se filtraba la luz naranja de la lámpara de la calle . Mi cabeza era una licuadora de imágenes: la risa de Doña Margarita, el portón de los leones, el guardia que casi se infarta y, sobre todo, esa promesa loca de un “trabajo real” .
¿Qué clase de trabajo podía ofrecerme una millonaria a mí, un vendedor de semáforo? ¿Limpiar la alberca con un cepillo de dientes? ¿Ser el que le espanta las moscas? ¿O, peor aún, sería todo una alucinación de ella? ¿Y si llegaba mañana y ni se acordaba de mi nombre? .
A las 5:30 de la mañana ya estaba de pie. El gallo del vecino ni siquiera había cantado, pero mis nervios ya estaban despiertos . Me bañé a jicarazos con agua fría porque el gas se había acabado antier. Temblando de frío, busqué mi “ajuar de gala”: una camisa blanca que guardaba para Navidad o para cuando me tocaba ir a hacer trámites, y mi único pantalón negro de vestir, que ya brillaba un poco de lo gastado que estaba la tela .
El problema era que la camisa estaba hecha bola, parecía chicharrón de harina. Y, por supuesto, no había luz en la colonia desde la tormenta de anoche. Fui a la cocina, prendí la estufa de gas con un cerillo y puse a calentar una cuchara de metal grande, de esas para servir sopa. —A falta de plancha, buenas son las mañas —murmuré. Con la espalda de la cuchara caliente, fui alisando las arrugas de la camisa sobre la mesa, con cuidado de no quemar la tela ni mis dedos. Era un truco viejo que me enseñó mi abuela: “Si te ves pobre, que al menos no se note lo fodongo”, decía ella .
Cuando terminé, me miré en el pedazo de espejo roto que teníamos pegado en la pared. No me veía como un empresario, pero al menos parecía un muchacho decente que iba a misa. Me eché agua en el pelo para bajarme los remolinos y respiré hondo. —Ánimo, Ramón. Es hoy o nunca.
Salí de la casa antes de que saliera el sol. Mi mamá me interceptó en la puerta. Tenía los ojos hinchados de no dormir, preocupada. —¿A dónde vas tan peinado, muchacho? —me preguntó, jalándome de la oreja suavemente . —Voy a la chamba, Amá. A la casa de la señora. Ella suspiró, persignándome la frente. —Ay, hijo. Nomás cuídate. Si ves cosas raras, si te piden que firmes papeles o que cargues cosas chuecas, te sales corriendo. Esa gente de dinero tiene mañas muy oscuras . —Sí, jefa. No se preocupe. Ahorita vengo con buenas noticias.
Tomé el pesero y luego el camión que subía hacia “Las Lomas”. Me bajé dos calles antes porque me daba vergüenza que me vieran bajar del transporte público frente a la mansión. Caminé la subida, sintiendo cómo el sudor amenazaba con arruinar mi planchado de cuchara.
Llegué al portón negro a las 6:45 AM en punto. El silencio de la calle rica era abrumador; solo se oían los pájaros, que aquí cantaban más bonito, seguro porque comían alpiste importado . Me acomodé la camisa por quinta vez, me aclaré la garganta y toqué dos veces. Toc-toc.
El portón tardó en abrirse. Finalmente, la ventanilla se deslizó y aparecieron los mismos ojos de ayer. Anselmo, el guardia. Me miró con una mezcla de sospecha y fastidio. —¿Sí? —Buenos días, jefe. Vengo a ver a la Patrona. A la Señora Margarita. Me dijo que viniera .
Anselmo alzó una ceja, escaneándome de arriba abajo. Vio mis zapatos boleados pero viejos, mi camisa de poliéster y mi cara de nervios. —¿La señora te dijo que vinieras? —preguntó con incredulidad . —Sí, señor. Ayer, cuando la traje. Dijo que tenía trabajo para mí. —¿Eres pariente? —No. —¿Eres empleado doméstico de la agencia? —Todavía no. Pero ella dijo… —Mira, chavo —me interrumpió—. La señora dice muchas cosas. Ayer le dijo al jardinero que vio a su esposo muerto tocando el piano. La señora no está bien de la cabeza. Así que mejor llégale antes de que llame a la patrulla .
—¡Pero me citó! —insistí, poniendo el pie antes de que cerrara la ventanilla—. Oiga, tire paro. Pregunte. Nomás dígale que Ramón está aquí.
El guardia resopló, molesto. —Espérate afuera. Ni se te ocurra recargarte en el portón porque se mancha. Cerró la ventanilla de golpe. ¡Pum! .
Me quedé ahí parado como perro en carnicería. Pasaron diez minutos. Quince. Veinte. El sol empezaba a picar. Sentí que me había tomado el pelo. “Seguro ya se le olvidó”, pensé con un nudo en el estómago. “Seguro mi mamá tenía razón y estoy aquí haciendo el ridículo”.
A las 7:10 AM, escuché el zumbido eléctrico. El portón peatonal se abrió. No salió Margarita. Salió una mujer joven, bajita, pero con una actitud que la hacía ver de dos metros. Llevaba un vestido azul marino ajustado, tacones de aguja con los que hacía malabares en el empedrado y una peluca impecable que no se movía ni con el viento . Traía una bolsa de marca bajo el brazo y me miraba como si yo fuera una bolsa de basura que alguien olvidó sacar.
—Buenos días —dijo, con un tono que no tenía nada de “buenos” . —Buenos días, seño… digo, señorita. —Soy la Licenciada Lidia. Secretaria personal de la Señora Margarita y encargada de la administración de la casa —se presentó, ajustándose los lentes—. ¿Tú eres el muchacho de la carretilla? . —Sí, soy Ramón.
Me barrió con la mirada, deteniéndose en mis tenis y en mi cuello de la camisa. Hizo una mueca casi imperceptible. —Mmh. Veo que te “arreglaste”. —Pues… se hace lo que se puede. La señora me dijo que viniera. Lidia suspiró, como si mi presencia le causara migraña. —Sí, ya me informaron. Mira, niño, te voy a ser clara. La señora Margarita… tiene sus momentos. A veces recoge gatos de la calle, a veces recoge gente. Ella dice muchas cosas que no son reales . —Pero ayer estaba bien lúcida cuando me ofreció el trabajo.
Lidia soltó una risita fría. —Ayer también dijo que vio a Pancho Villa en la cocina. Pero bueno, ella insiste en verte. Puedes pasar . Se hizo a un lado, pero antes de que yo diera un paso, me puso una mano en el pecho, deteniéndome. Sus uñas eran largas, pintadas de rojo sangre. —Una cosa, Ramón. Esta casa está llena de objetos que valen más que toda tu colonia junta. Jarrones, cuadros, platería. Si tocas algo, si rompes algo, o si algo “desaparece”, no solo te vas a ir a la cárcel, te voy a arruinar la vida. ¿Entendido? .
Tragué saliva. Sentí el miedo helado en la espalda. —Sí, licenciada. Yo no soy ratero. Soy pobre, pero honrado. —Eso dicen todos hasta que ven la platería —murmuró ella, dándose la vuelta—. Sígueme. Y límpiate los pies tres veces antes de pisar el mármol.
Entramos. La casa se veía aún más impresionante de día. Las ventanas brillaban tanto que parecían no tener vidrio . El jardín estaba tan verde que parecía pintado. Había un auto plateado bajo un techo, con rines que brillaban tanto que lastimaban la vista . Todo gritaba dinero, poder y exclusividad. Yo caminaba encogido, tratando de ocupar el menor espacio posible.
Lidia me llevó a través de la sala, pasamos un pasillo largo con fotos de gente importante dándose la mano, y salimos a una terraza trasera que daba a un jardín inmenso. Y ahí estaba ella.
Margarita. Casi no la reconocí. Ya no era la viejita polvorienta de la banca. Estaba sentada en una mecedora blanca, bebiendo té de una taza de porcelana fina, con el meñique levantado como duquesa inglesa . Llevaba un vestido de encaje color crema, limpio y elegante. Su cabello estaba peinado en un chongo perfecto y usaba unas pantuflas blancas acolchadas . Se veía como alguien. Como esas señoras que salen en las revistas de sociales o en los periódicos cortando listones .
Me quedé parado en la puerta del patio, intimidado. —Aquí está el muchacho, señora —anunció Lidia con tono aburrido, y luego se retiró, no sin antes lanzarme una última mirada de advertencia.
Margarita alzó la vista y me vio. Su rostro se iluminó. —¡Ramón! —exclamó, dejando la taza en la mesita—. Justo a tiempo. Me acerqué tímidamente. —Buenos días, Madre… digo, Señora Margarita. Llegué temprano. No quería perder la oportunidad .
Ella se rio, esa misma risa franca que soltó en la carretilla. —No tenías que preocuparte. Ya estás contratado. Siéntate, por favor. Me señaló una silla de hierro forjado frente a ella. Me senté en la orillita, con miedo de romperla. —Gracias. ¿Y… de qué se trata la chamba, patrona? ¿Quiere que le ayude con el jardín? ¿O que lave el carrazo que está allá afuera? Porque yo le hago a todo, sé pintar, sé cargar, sé…
Ella negó con la mano, divertida. —No, Ramón. No te traje aquí para que cargues cosas. Ya me cargaste a mí lo suficiente ayer. Se inclinó hacia adelante, mirándome a los ojos. —Te quiero aquí para que trabajes conmigo. Vas a ser mi Asistente Personal .
Parpadeé varias veces, confundido. —¿Su… Asistente Personal? ¿P.A.? . —Exacto. —¿Y eso con qué se come, oiga? —Significa que serás mi mano derecha —explicó ella con paciencia—. Me ayudarás a recordar cosas. Me acompañarás a mis citas. Me recordarás tomar mis pastillas. Caminarás conmigo. Y me ayudarás a mantener el caos de mi cabeza en orden .
Me rasqué la nuca, nervioso. —Híjole, Doña. La neta, yo nunca he sido asistente de nadie. Apenas acabé la secundaria. Yo vendo cacahuates, no sé usar computadoras ni nada de eso . Ella tomó otro sorbo de té y me sonrió con ternura. —Yo tampoco he tenido un asistente que maneje un Ferrari de una rueda. Aprenderemos juntos, Ramón. Lo que necesito no es un título universitario, necesito a alguien que no me mienta y que no me trate como si ya estuviera muerta. Y tú… tú me viste cuando nadie más lo hizo .
Se hizo un silencio cómodo entre los dos. El viento movía las hojas de los árboles. —Está bien, jefa. Le entro. ¿Y… de a cómo va a ser el golpe? Digo, el sueldo. Margarita se puso seria, como si estuviéramos cerrando un trato en Wall Street. —Tu salario será de 15,000 pesos mensuales, con prestaciones y comida incluida .
Casi me caigo de la silla. Sentí que se me bajaba la presión. —¿Quince… quince mil? —tartamudeé—. ¿Al mes? ¿Por caminar y recordarle las pastillas? —Es poco comparado con lo que manejarás en el futuro —dijo ella enigmáticamente, riendo al ver mi cara de espanto—. Pero por ahora, gánatelos. ¿Trato hecho? . —¡Trato hechisímo, patrona! ¡Hasta le bailo si quiere!
A las 9:00 AM, la “inducción” comenzó. Me llevó a su oficina en casa. Era una habitación que olía a madera vieja y a libros. Había diplomas en las paredes, trofeos de cristal, fotos con presidentes. Un escritorio enorme con manijas doradas dominaba el lugar . Detrás del escritorio había un pizarrón blanco gigante, completamente vacío. —¿Quiere que le ayude a llenar eso? —pregunté en un susurro, sintiendo que estaba en un lugar sagrado . —Sí. Toma el marcador. Escribe lo primero del día. Tomé el marcador negro, me temblaba la mano. —¿Qué pongo? —Escribe: “Contratado Ramón. P.A. Ex-chofer de carretilla” .
Escribí con mi letra chueca. Cuando terminé, Margarita soltó una carcajada tan fuerte que una de las sirvientas que pasaba por el pasillo se asomó asustada . —Eres un buen muchacho, Ramón. Por eso te contraté.
Para la hora de la comida, ya me había presentado a medio mundo como “su persona de confianza” . La reacción del personal fue… variada. Las cocineras me sonreían tímidamente, tal vez porque me veían como uno de los suyos. Pero los de “arriba”, el mayordomo, las enfermeras y sobre todo Lidia, me miraban como si yo fuera un virus. Escuché susurros cuando pasé por la cocina por un vaso de agua. —Ya viste al nuevo “juguete” de la señora —decía una voz de mujer—. Estos niños de la calle son bien vivos. Se meten como la humedad hasta que se quedan con todo . —Dale una semana —contestó otro—. En cuanto se robe la primera cuchara de plata, Lidia lo va a echar a patadas.
Escuché todo. Apreté los puños. Me dolió. Me dolió que pensaran que yo era un ratero solo por ser pobre. Pero entonces recordé la cara de mi mamá cuando le dijera que iba a ganar 15,000 pesos. Recordé las goteras de mi casa. Y recordé cómo Margarita me defendió. Me enderecé, tomé mi agua y salí de la cocina con la cabeza en alto .
Esa tarde, Margarita me asignó un cuarto pequeño en el área de servicio para que pudiera cambiarme y descansar si se hacía tarde. Era un cuarto sencillo, pero tenía una cama limpia y un baño con agua caliente. Para mí, era una suite presidencial .
Cuando regresé a mi casa esa noche, mi barrio me pareció más ruidoso y más oscuro que nunca. Entré corriendo. Mi mamá estaba sentada en la mesa, con el rosario en la mano, esperándome como si yo hubiera ido a la guerra. Mis hermanitos estaban jugando en el suelo. —¡Ya llegó! —gritó mi hermano menor. —¡Ramón! —mi mamá se levantó de un salto—. ¿Dónde estabas? Pensé que te habían secuestrado o que te habías perdido. Ya le iba a hablar al pastor .
Solté mi mochila y sonreí de oreja a oreja. —Te dije que la señora me dio trabajo, Amá . —¿Qué trabajo? —me jaló para revisarme que no tuviera golpes—. ¿De qué? ¿Lavando baños? ¿Cargando bultos? —No, jefa. Soy su P.A. —¿P qué? —me miró confundida—. ¿Eso qué es? ¿Perro Acompañante? . —Asistente Personal —dije con orgullo—. Y siéntese, porque se va a ir de espaldas. Ella se sentó, ajustándose el rebozo. —¿Cuánto? —Quince mil pesos al mes.
El silencio en el cuarto fue total. Se escuchaba el goteo de la llave del fregadero. Mi mamá abrió los ojos tanto que pensé que se le iban a salir. —¿Quin… quince mil? —susurró—. Ramón, ¿seguro que no es narco? . —No, Amá. Es empresaria. Es legal. Mi mamá se quedó callada un largo rato. Luego, una sonrisa lenta se dibujó en su cara cansada. Se levantó y me abrazó fuerte, oliendo a jabón de lavandería y a cariño. —Bendito sea Dios… —murmuró en mi hombro—. Cuéntame todo. ¿Te dieron de comer? ¿Qué comiste? ¿Quién te planchó la camisa allá porque se ve muy lisa? .
Me reí, acordándome de mi mañana. —La planché con la cuchara, Amá . Ella soltó una carcajada y me besó la mejilla. —Ay, hijo. El Espíritu Santo te ilumine.
Así pasó el primer mes. Un mes donde aprendí a distinguir entre cubiertos de pescado y de ensalada. Un mes donde aprendí a leer la letra temblorosa de Margarita. Un mes donde me convertí en su sombra, en su memoria y, sin saberlo, en su único escudo contra los lobos que ya estaban afilando los dientes dentro de su propia casa .
Porque la paz en la mansión del portón negro era falsa. Y la guerra estaba a punto de empezar. Y el primer disparo no vendría de afuera, sino de la oficina de Lidia, con olor a vainilla y traición.
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