CAPÍTULO 2: EL PALACIO DETRÁS DEL PORTÓN NEGRO
Empujar una carretilla de albañil no es ciencia nuclear, pero hacerlo durante kilómetros, cuesta arriba y con una pasajera VIP a bordo, es otro boleto. La ciudad empezó a cambiar a nuestro alrededor mientras avanzábamos. Dejamos atrás el ruido de los cláxones de los microbuseros, el olor a fritanga y las banquetas rotas donde la hierba crece entre las grietas.
Poco a poco, el paisaje urbano se transformó. Las casas de bloque gris sin pintar dieron paso a residencias con bardas altas y bugambilias colgando hacia la calle. El aire, que allá abajo olía a smog y desesperanza, aquí arriba empezaba a oler a “rico”: a jazmín, a pasto recién cortado y a esa tranquilidad que solo el dinero puede comprar.
Margarita iba callada en su “Ferrari” oxidado. Yo iba sudando la gota gorda, resoplando como caballo de subida, pero no me detuve. —¿Vamos bien, jefa? —pregunté, tratando de disimular que se me estaban acalambrando los brazos. —El aire acondicionado está perfecto, hijo —respondió ella con esa chispa de humor que había recuperado—. Pero creo que nos falta música.
Sonreí, con el sudor escurriéndome por la frente. —A la orden. Empecé a tararear una canción vieja, de esas que le gustan a mi abuela, un bolero desafinado que rebotaba en las paredes de las residencias amuralladas. —Sabor a mí… —canté bajito. Margarita cerró los ojos y empezó a mover la cabeza al ritmo. Por un momento, no éramos un vendedor ambulante y una anciana perdida; éramos dos cómplices escapando de la realidad .
Pasamos una calle, luego otra. Yo ya estaba dudando. —Madre, no me vaya a decir que su casa está en otro código postal, porque las llantas de esta nave ya están pidiendo esquina —bromeé, aunque mis piernas temblaban . Ella abrió los ojos y miró alrededor. Su expresión cambió. La confusión se disipó por un segundo y vi un destello de reconocimiento. —Espera… —susurró—. Esta calle. Huele a pinos. Aspiró profundo. —Sí. Es aquí. Una calle más, Ramón. Solo una más .
Hice un esfuerzo sobrehumano. Giramos en la cuarta calle. Me quedé mudo. Si las calles anteriores eran de ricos, esta era de multimillonarios. Las banquetas eran impecables, sin un solo chicle pegado. Los árboles formaban un túnel verde perfecto. Y al fondo, dominando la vista como si fuera la entrada al cielo (o al banco central), estaba el portón.
Era negro, inmenso, de hierro forjado tan grueso que podría detener un tanque. Y en el centro, dos cabezas de león doradas brillaban con el sol de la tarde, mirándonos con arrogancia . Parecía la entrada de una fortaleza, o la casa de algún político pesado de esos que salen en las noticias por desfalco.
Nos detuvimos frente a la inmensidad de metal. —Es este —dijo Margarita, señalando con un dedo tembloroso—. Esta es mi casa .
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Mi boca se abrió un poco. Miré mi ropa sucia, mis tenis rotos, luego miré la mansión, y luego a la viejita en la carretilla llena de polvo. —¿Neta, jefa? —pregunté, incrédulo—. ¿A poco usted es tía de Carlos Slim o qué? . Ella me ignoró, con la vista fija en los leones dorados. —Toca —ordenó. Su voz ya no era la de la viejita perdida en la banca; tenía un filo de autoridad que me puso la piel chinita .
Me acerqué al portón. Me sentía como una hormiga a punto de tocar la puerta de un gigante. Agarré la aldaba, que pesaba más que mi caja de mercancía, y golpeé una vez. El sonido metálico retumbó en el silencio de la calle. CLANG.
Nadie respondió. Esperé. Volví a tocar. CLANG. Se escucharon pasos pesados del otro lado. Se abrió una mirilla pequeña y aparecieron unos ojos desconfiados. —¿Quién? —ladró una voz desde adentro. —Traigo a la patrona —respondí, tratando de sonar seguro, aunque me sentía ridículo parado ahí con una carretilla . —¿Cuál patrona? Aquí no compramos nada, lárgate —el guardia estaba a punto de cerrar la ventanilla. —¡Abra la puerta, Anselmo! —dijo Margarita desde la carretilla. Su voz fue débil, pero lo suficientemente clara.
El guardia se congeló. Abrió la ventanilla completa y miró hacia abajo. Sus ojos se clavaron en la mujer sentada entre el polvo y el óxido. El color se le fue de la cara en un segundo. Se puso pálido como un muerto. —¡¿SEÑORA?! —gritó, con la voz quebrándosele—. ¡MADRE SANTÍSIMA! .
Me hice a un lado porque sentí que el portón iba a explotar. Y casi lo hizo. El mecanismo automático zumbó y las enormes hojas de metal negro se abrieron de par en par. El guardia, un hombre grandote con uniforme táctico, salió corriendo con los ojos desorbitados. —¡LA SEÑORA! ¡LA SEÑORA MARGARITA ESTÁ AQUÍ! ¡APARECIÓ! —gritaba hacia adentro de la propiedad, como si estuviera anunciando el fin de una guerra .
Lo que pasó después fue como ver una escena de telenovela, pero en cámara rápida y con mucho drama. La casa “explotó” en actividad. De la puerta principal, que estaba como a cincuenta metros de distancia cruzando un jardín que parecía campo de golf, empezó a salir gente corriendo. Salieron sirvientas con delantales blancos, choferes abrochándose el saco, jardineros soltando las mangueras. Parecían hormigas a las que les patearon el hormiguero .
Y luego, salieron ellos. Los familiares. Se notaba quiénes eran por la ropa y por la actitud. Una mujer joven salió corriendo en bata de seda, con el maquillaje corrido (o tal vez mal puesto por las prisas), gritando: —¡MAMÁ! ¡MAMÁ, ESTÁS VIVA! . Detrás de ella venían otros: hombres de traje, mujeres con joyas que brillaban al sol. Todos corrían hacia nosotros con expresiones que mezclaban el shock, el alivio fingido y, si me apuran, un poco de decepción oculta.
—¡Ay, Dios mío, tía! —gritaba uno—. ¡Pensamos lo peor! —¡¿Dónde estabas?! ¡Te buscamos por todos lados! —lloraba la de la bata de seda, tirándose al suelo de rodillas frente a la carretilla, pero cuidando que sus rodillas no tocaran la tierra .
Margarita no dijo nada. Se quedó ahí sentada, inmóvil, con la cara en blanco. Veía a toda esa gente alborotada a su alrededor como quien ve a un grupo de pericos chillones en una jaula . No había emoción en sus ojos, solo un cansancio infinito y una lucidez repentina que daba miedo. Sabía que esas lágrimas eran de cocodrilo. Sabía que, en el fondo, muchos de ellos ya estaban contando la herencia.
Yo me quedé parado agarrando los mangos de la carretilla, sintiéndome el ser más invisible del planeta. Estaba en medio de un torbellino de gente rica y perfumes caros, sudado, sucio y con mi camiseta de fútbol despintada. Nadie me miró. Para ellos, yo era parte de la carretilla. Un accesorio.
—¡Llévenla adentro! ¡Rápido, llamen al doctor! —ordenó un hombre calvo que parecía ser el que mandaba ahí. Dos choferes intentaron levantar a Margarita. Ella los rechazó con un gesto seco de la mano. —No —dijo. Giró la cabeza y me buscó con la mirada—. Ramón.
Todos se callaron y voltearon a verme. Sentí cuarenta ojos clavados en mí. —Mande, jefa —dije con la voz un hilo. —Tú —dijo ella firmemente—. Tú eres mi chofer. Tú me llevas hasta adentro .
El hombre calvo me miró con asco. —Pero tía, este muchacho está… sucio. Va a manchar el piso. Tenemos sillas de ruedas adentro. —Dije que Ramón —repitió Margarita. Y nadie se atrevió a chistar.
Volví a levantar la carretilla. Las llantas rechinaron ñeeeeek rompiendo el momento solemne. —Con permiso, con permiso, abran paso que aquí va el Ferrari —murmuré, abriéndome paso entre la multitud de parientes indignados.
Empujé la carretilla por el camino de adoquín perfecto. Pasamos junto a una fuente de tres niveles con ángeles orinando agua cristalina. Pasamos junto a coches estacionados que costaban más de lo que ganaría yo en diez vidas: Mercedes, BMW, camionetas blindadas . Llegamos a la entrada principal. Dos estatuas de leones de mármol flanqueaban la puerta de madera tallada .
Entrar ahí fue como cruzar un portal dimensional. El aire acondicionado me golpeó la cara de golpe, secándome el sudor al instante. El vestíbulo era… obsceno. El piso era de mármol blanco, tan pulido que podía ver mis tenis rotos reflejados en él. Había un candelabro de cristal colgando del techo que parecía una lluvia de diamantes. Las paredes estaban llenas de cuadros de gente seria y muebles que se veían antiguos y carísimos .
Mis llantas llenas de lodo y cal dejaron un rastro sucio sobre el mármol inmaculado. Escuché a una de las sirvientas soltar un gritito ahogado al ver la mancha. —Madre… perdón por el desorden —susurré, sintiéndome chiquito—. ¿Seguimos en México o ya cruzamos a Europa? .
Margarita sonrió. Fue la primera sonrisa verdadera que vi desde que llegamos a la casa. —Estamos en casa, Ramón. Sigue.
La llevé hasta el centro de la sala, que parecía más bien el lobby de un hotel de cinco estrellas. Había sofás de terciopelo y alfombras persas. Me detuve junto a un sillón beige que se veía más cómodo que mi cama. —Aquí es la parada, jefa —anuncié.
Me acerqué para ayudarla a bajar. Los familiares se acercaron como buitres, pero yo fui más rápido. La tomé de los brazos con delicadeza, sacudiéndole un poco el polvo del rebozo antes de que se sentara en el sofá de lujo . Ella se hundió en el cojín, suspirando. Parecía que los años se le venían encima de golpe ahora que estaba segura. Se quedó mirándome. Sus ojos, cansados pero cálidos, se clavaron en los míos. El contraste era brutal: ella en su trono de terciopelo, yo de pie con las manos mugrosas y la carretilla oxidada al lado.
—¿Cuál es tu nombre completo? —preguntó suavemente . —Ramón… Ramón López, para servirle a Dios y a usted. Ella asintió despacio, como grabando el nombre en su memoria frágil. —Ramón. Me empujaste como un rey empujaría a su reina. Gracias .
Me rasqué la cabeza, avergonzado. Sentí que la cara me ardía. —No es nada, Madre. Nomás hice lo que cualquiera hubiera hecho —mentí, porque sabía que nadie más lo había hecho en tres días . Ella bajó la vista a su regazo, a sus manos vacías y sucias. —No tengo nada para darte ahorita —dijo con tristeza—. Salí de casa sin nada. Ni un peso, ni joyas… .
Los familiares alrededor contenían el aliento, vigilando que no le fuera a prometer las perlas de la virgen al “niño de la calle”. Pero entonces, Margarita alzó la vista y sus ojos brillaron con una determinación de acero. —Vuelve mañana por la mañana —me dijo .
Parpadeé, confundido. —¿Mande? ¿Para qué? —Quiero darte algo mejor que unos cacahuates o una propina —dijo firmemente—. Quiero darte un trabajo .
Me quedé helado. ¿Trabajo? ¿Yo? ¿Aquí? —¿Un trabajo de a de veras? —pregunté, tartamudeando—. ¿Como jardinero o algo así? —Un trabajo real —afirmó ella—. Uno que no sabías que te estaba esperando. ¿Aceptas? .
No supe qué decir. Solo asentí como muñeco de resorte. —Simón… digo, sí. Sí, acepto. Vendré. —Ven temprano —ordenó—. Tenemos mucho que hacer .
Di media vuelta, aturdido. Agarré mi carretilla y empecé a caminar hacia la salida. El sonido ñeeeeek, ñeeeeek de la rueda era lo único que se escuchaba en esa sala llena de gente rica y silenciosa. Sentía las miradas en mi nuca. Miradas de envidia, de desprecio, de curiosidad.
Mientras salía por el portón de los leones hacia la calle, escuché a una de las cocineras susurrarle a otra empleada cerca de la entrada de servicio: —Mmh. Ya viste. Algunos empujan carretillas y se encuentran con su destino. Y una aquí, barriendo y trapeando desde el 2005, y la suerte nomás no me localiza .
Salí a la calle. El sol ya se había puesto. El aire fresco de la noche me golpeó la cara. Miré la carretilla vacía. Hace una hora, llevaba a una viejita perdida. Ahora, sentía que llevaba el peso de una promesa gigante. No tenía idea de en qué me había metido. No sabía quién era esa mujer en realidad, ni por qué su familia la miraba con tanta hambre. Solo sabía una cosa: mañana tenía que planchar mi camisa.
Caminé de regreso a mi barrio, bajando de las lomas a la realidad, pero mi mente se quedó allá arriba, detrás del portón negro, donde una viejita en chanclas acababa de cambiar mi vida con una sola frase.
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