El Rechazo de Roberto Salazar: Cinco Cunas y una Traición Imperdonable

Llegamos al año 2025. Roberto Salazar era ahora un anciano cuya fortuna se había multiplicado, pero cuya soledad era proporcional a su cuenta bancaria. Su segunda esposa resultó ser estéril y, en su obsesión por el linaje, Roberto se encontró sin herederos directos "dignos" a quienes dejar su imperio. Sin embargo, su mayor castigo no fue la soledad, sino su propia biología. Una enfermedad rara y agresiva en la sangre empezó a devorar sus órganos. Los riñones y el hígado de Don Roberto estaban fallando simultáneamente. "Pague lo que sea", gritaba a sus médicos en el hospital más caro de la ciudad, mientras el fantasma de la muerte empezaba a rondar sus sábanas de hilo egipcio.

"El dinero puede construir muros contra la pobreza, pero no puede sobornar a la genética ni comprar el perdón de los hijos olvidados".

El marcador genético de Roberto era extremadamente inusual, lo que hacía que encontrar un donante compatible fuera como buscar una aguja en un pajar global. "Hay un equipo médico que está de misión humanitaria en México", le informó su doctor de cabecera. "Se les conoce en el ámbito científico como 'The Quintet'. Son cinco hermanos, quintillizos, que han revolucionado los trasplantes combinados y la medicina genética. Si alguien puede salvarlo, son ellos". Roberto, desesperado y aferrándose a la vida con uñas y dientes, aceptó la consulta sin imaginar que la ciencia que lo salvaría venía empaquetada en la misma piel que él había despreciado tres décadas atrás.

El encuentro con el pasado

El día de la consulta, Roberto Salazar entró a la sala de juntas con la fragilidad de un hombre que sabe que su tiempo se agota. Frente a él, se pusieron de pie cinco hombres imponentes. Iban vestidos con batas blancas impecables, portando estetoscopios que parecían trofeos de guerra. Eran altos, atléticos, con una elegancia natural y... de piel oscura. El aire en la habitación pareció succionarse de golpe. Roberto sintió un escalofrío que no era síntoma de su enfermedad, sino un reconocimiento visceral de unos rasgos que él mismo había intentado enterrar en 1995. "Buenos días, Don Roberto", dijo el Dr. Miguel con una voz profunda y profesional. "Somos el equipo que revisará su caso. Y antes de empezar, debemos informarle que ya conocemos su historial... en más de un sentido".

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