Sin un centavo y con el alma destrozada, Isabel Morales regresó a sus raíces en un pequeño pueblo rural de Veracruz. El contraste no podía ser más violento: de las sábanas de seda en las Lomas a la tierra endurecida y el sol implacable del campo. Sin embargo, lo más duro no fue la pobreza, sino la crueldad humana. Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel y Samuel crecieron bajo la sombra de los susurros. "Ahí vienen los negritos", decían algunos; "son los hijos del demonio", murmuraban los más ignorantes. Isabel veía a sus hijos llegar de la escuela con lágrimas en los ojos, preguntando por qué su piel era un motivo de burla y por qué el hombre de las fotos, su padre, los había borrado de su mapa.
Isabel no permitió que el odio ajeno marchitara el espíritu de sus hijos. "Su color es oro", les repetía cada noche mientras les lavaba las heridas del alma. Con las manos ásperas de tanto lavar ropa ajena y la espalda encorvada por el trabajo en la milpa, Isabel sembró en ellos una determinación de acero. Los quintillizos se convirtieron en un equipo indestructible. Estudiaban bajo la luz de velas cuando no había para la electricidad, compartían los pocos libros que tenían y se turnaban para trabajar y costearse los uniformes. La pobreza era su realidad, pero la excelencia académica se convirtió en su única moneda de cambio para salir del hoyo que su propio padre les había cavado.
La promesa de la excelencia
Pasaron los años y el talento de los hermanos Salazar Morales empezó a brillar con una intensidad que nadie pudo ignorar. Miguel, el mayor por minutos, lideró el camino ganando una beca de excelencia para estudiar medicina. Pronto, Gabriel, Rafael, Uriel y Samuel siguieron sus pasos. Las universidades más prestigiosas del mundo, desde Johns Hopkins hasta la Clínica Mayo, empezaron a notar a estos cinco jóvenes mexicanos de rasgos africanos y mentes brillantes. Mientras Roberto Salazar seguía viviendo en su burbuja de elitismo en la capital, sus cinco "errores" estaban siendo reclutados por las mentes más brillantes de la medicina mundial. El destino estaba preparando el escenario para el encuentro más impactante de sus vidas.
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