CAPÍTULO 6: DOS MUNDOS EN UNA MOCHILA Y EL MILAGRO DE LOS PASOS SOLOS
La entrada al colegio “Instituto Lomas Altas” fue como aterrizar en Marte. Mi uniforme me quedaba un poco grande porque mi papá pidió una talla más “para que durara”. Todos los niños llegaban en camionetas blindadas con chofer. Yo llegaba en el transporte escolar, bajando con mi mochila de los Avengers que compramos en el tianguis.
Al principio, fue duro. Las miradas, los susurros. “¿Quién es ese prietito?”, escuché decir a una niña rubia. Pero yo tenía una misión. Don Ricardo me había dicho: “Tú no vas a esa escuela a demostrarles nada a ellos. Vas a aprender para ti”. Y vaya que aprendí. Pero también enseñé. En la clase de biología, cuando la maestra hablaba de la fotosíntesis como algo mecánico, yo levanté la mano. —La planta no solo come luz, maestra —dije—. La planta respira la vibra de quien la cuida. Si usted le canta al frijolito, crece más rápido. Se rieron. Todos se rieron. Menos Mateo, que estaba en mi mismo salón. Él me defendió. —Tadeo tiene razón. Él hizo crecer mis piernas cuando estaban secas.
Esa defensa me ganó un respeto extraño. Me convertí en el “niño místico”, el amigo del heredero Almagro. Pero mi verdadera educación seguía ocurriendo por las tardes, en el jardín, con Doña Chole y Mateo.
Los meses pasaron como ráfagas de viento. A los dos meses del “Pacto del Despacho”, Mateo ya lograda dar tres pasos seguidos en las barras paralelas sin que sus brazos cargaran todo el peso. A los tres meses, Don Ricardo compró una andadera de alta tecnología. Mateo la odiaba, decía que parecía “viejo”, pero yo le puse calcomanías de flamas y le dije que era su coche de carreras. Con esa andadera, logró caminar cinco metros. Cinco metros que celebramos con pastel y piñata.
La Dra. Sandra Thompson, la neuróloga amable, venía cada semana. Ya no venía a criticar, venía con una libreta y una cámara. —Esto va a cambiar los libros de texto, Ricardo —le decía, mirando las resonancias magnéticas—. La lesión sigue ahí. La cicatriz en la médula es visible. Pero de alguna forma, el cerebro de Mateo ha tirado cables nuevos por los lados. Es… neuroplasticidad extrema impulsada por, no sé, ¿voluntad pura? —Impulsada por Tadeo —corregía siempre Mateo.
Nuestra amistad se volvió inquebrantable. En esos meses, nuestros mundos se fusionaron. Mateo me enseñó a usar una computadora, me mostró lo que era el internet de alta velocidad y los videojuegos de estrategia. Yo le enseñé a identificar qué nubes traían granizo y cuáles solo viento. Le enseñé a agarrar lombrices de la tierra sin asco y a saber qué hierba servía para el dolor de panza y cuál para dormir. —Mi abuela decía que quien sabe hablar con la naturaleza nunca está solo —le dije una tarde, acostados en el pasto mirando el cielo. —¿Crees que yo pueda ser doctor algún día? —me preguntó de repente. —Claro. Tienes cerebro de sobra. —Pero quiero ser un doctor como tú. Que sepa de medicina y de los secretos de tu abuela. Un doctor… híbrido. —Pues te apuras a caminar, porque los doctores tienen que correr en las emergencias —bromeé.
El momento cumbre llegó seis meses después de nuestro primer encuentro. Era noviembre. El aire ya estaba frío. Habíamos quitado las barras paralelas porque Mateo decía que le estorbaban. Usaba la andadera todo el tiempo, pero esa tarde, la dejó recargada en el árbol.
Estábamos solos. Doña Chole había ido al baño y Don Ricardo estaba en una videollamada. —Tadeo —me dijo Mateo, con una seriedad que me asustó—. Aléjate. —¿Qué? —Vete para allá. A la fuente. La fuente estaba a tres metros de distancia. —Mateo, no juegues. Si te caes… —¡Vete! Necesito saber si puedo.
Me alejé, con el corazón en la garganta. Mateo se soltó del tronco del árbol. Se quedó ahí, balanceándose como una hoja seca en la brisa. Sus piernas, que habían ganado un poco de músculo gracias a la dieta de Doña Chole y los ejercicios, temblaban visiblemente. —¡Estoy suelto! —gritó, con una mezcla de pánico y euforia. —¡Mírame a mí! —le ordené—. ¡No mires al suelo! ¡El suelo te quiere jalar! ¡Mírame a los ojos!
Mateo fijó sus ojos azules en los míos. Dio un paso. Su pie derecho aterrizó firme. Dio el segundo. El izquierdo se arrastró un poco, pero llegó. Dio el tercero. En el cuarto paso, su rodilla falló. Se dobló. Pero no cayó como un saco de papas. Cayó sobre sus manos, y rodó como le había enseñado mi papá para no lastimarse. —¡Mateo! —corrí hacia él. Cuando llegué, estaba tirado en el pasto, boca arriba. Pensé que estaba llorando. Me agaché aterrorizado. Pero estaba riendo a carcajadas. —¡Fueron tres y medio! —gritaba—. ¡Tres pasos y medio sin agarrarme de nada! ¡Soy libre, Tadeo! ¡Soy libre!
El escándalo atrajo a toda la casa. Don Ricardo salió corriendo, Doña Chole salió con su bastón en alto pensando que nos atacaban. Cuando les contamos, se armó la fiesta. Don Ricardo llamó a todos sus parientes. Genoveva llamó a sus amigas de la alta sociedad que la habían evitado durante su depresión. —¡Mi hijo camina! —decía por teléfono, llorando—. ¡Es un milagro!
Pero la celebración atrajo también a las sombras. Al día siguiente, un auto deportivo alemán se estacionó en la entrada. Bajó el Dr. Henry Martín, el neurólogo escéptico. Traía cara de pocos amigos. —Ricardo, ¿puedo hablar contigo? —dijo al entrar, sin saludar. —Claro, doctor. Pase. —He escuchado rumores. Dicen que Mateo está caminando. Mis colegas se están riendo de mí, Ricardo. Dicen que el paciente que yo diagnostiqué como incurable está corriendo maratones. Vengo a poner fin a esta farsa. Quiero ver al niño.
Don Ricardo sonrió. Una sonrisa tranquila, peligrosa. —Con gusto. Mateo está en el jardín.
Fuimos todos. El Dr. Martín sacó sus instrumentos. Le pidió a Mateo que se pusiera de pie. Mateo, con el orgullo herido por aquel primer diagnóstico, se levantó de su silla. Tomó su andadera, la empujó a un lado, y se quedó de pie, tambaleándose un poco, pero vertical. Luego, dio los tres pasos que había practicado. Uno. Dos. Tres. El Dr. Martín dejó caer su martillo de reflejos al pasto. —No… no es posible. Fisiológicamente no es posible. La médula… —La médula encontró otro camino, doctor —dije yo, dando un paso al frente. El doctor me miró, recordándome. —Tú… el niño de la palangana. —Sí. Y usted es el doctor que dijo que no había esperanza. —¿Qué hiciste? —preguntó, ya no con arrogancia, sino con genuina confusión científica—. ¿Qué clase de estimulación usaste? —Le lavé los pies —respondí simplemente—. Y le recordé a su cuerpo que lo queremos mucho. —Eso no es ciencia. —No. Es amor. Y parece que el amor también cura nervios, doctor.
El Dr. Martín se quedó en silencio un largo rato. Miró a Mateo, miró a Don Ricardo, y finalmente me miró a mí. Su ego de eminencia médica se rompió en ese jardín. —Tengo que… tengo que reevaluar todo lo que sé —murmuró—. Ricardo, quiero hacer nuevos estudios. Pero esta vez, no para probar que es mentira. Quiero entender por qué es verdad.
Esa tarde, el Dr. Martín pidió hablar conmigo a solas. —¿Tú sabías anatomía? —me preguntó, observando cómo masajeaba a Mateo. —Mi abuela me enseñó. —¿Tu abuela fue a la universidad? —No. Ella aprendió tocando. Ella decía que el cuerpo es un mapa y las manos son los ojos. El doctor sacó una libreta. —¿Me dejarías… documentar lo que haces? Tal vez, si lo escribimos en idioma médico, podamos ayudar a otros niños que yo he desahuciado.
Ahí, en ese momento, nació el verdadero proyecto. No solo se trataba de Mateo. Se trataba de traducir la magia de mi abuela al idioma de la ciencia para que nadie más tuviera que escuchar la palabra “imposible”. Tadeo y Mateo. El niño descalzo y el heredero. El curandero y el paciente. Éramos un equipo imparable. Y apenas estábamos calentando motores.
PARTE 4
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