EL NIÑO ALBAÑIL QUE PROMETIÓ CURAR A MI HIJO PARALÍTICO CON UNA PALANGANA VIEJA: PENSÉ QUE ERA UNA BROMA CRUEL, PERO CUANDO VI MOVERSE EL DEDO DE MI HIJO

CAPÍTULO 5: EL PESO DE UNA PLUMA Y EL ORGULLO DEL ALBAÑIL

El jardín de la mansión Almagro dejó de ser un simple adorno de revista de arquitectura para convertirse en un campo de entrenamiento. Don Ricardo, con la eficiencia que aplicaba en sus empresas, mandó instalar unas barras paralelas de acero inoxidable, brillantes y frías, justo al lado del viejo fresno. Parecían cicatrices de metal en medio de la naturaleza, pero eran necesarias.

Había pasado un mes desde aquel primer movimiento del dedo gordo, ese pequeño milagro que sacudió los cimientos de la casa. Pero como decía Doña Chole: “Una golondrina no hace verano, y un dedo no hace carrera”. Ahora venía lo difícil: conectar ese dedo con el resto de la pierna, y la pierna con el cerebro, y el cerebro con la voluntad.

Las sesiones eran brutales. —¡Vamos, Mateo! —le gritaba yo, sosteniendo sus caderas mientras él colgaba de las barras, con los brazos temblando por el esfuerzo—. ¡Tus piernas no son de plomo! ¡Son de pluma! ¡Visualiza el águila!

Mateo lloraba de frustración. El sudor le corría por la frente, mezclándose con las lágrimas. —¡Pesan mucho, Tadeo! —gemía, con el rostro rojo—. ¡Siento como si trajera costales de cemento amarrados!

Mi papá, Roberto, que a veces se quedaba a ver después de terminar su jornada en la obra, se acercaba a la reja con respeto. Él sabía lo que era cargar peso, sabía lo que era que el cuerpo te doliera hasta los huesos. Una tarde, viendo que Mateo estaba a punto de rendirse, mi papá saltó la barda, pero no para regañarme, sino para hablar.

—Con permiso, patrón —le dijo a Don Ricardo, quitándose la gorra llena de polvo de yeso. Se acercó a Mateo—. Mijo, escúchame. Cuando yo cargo un bulto de cincuenta kilos en el lomo, no pienso en lo que pesa. Si pienso en el peso, me dobla. Pienso en a dónde lo voy a llevar. Pienso que ese bulto es un ladrillo más para la casa de alguien. Tú no pienses en tus piernas. Piensa a dónde quieres ir. ¿Quieres ir por un helado? ¿Quieres ir a patear el balón? No cargues las piernas, carga el sueño.

Mateo miró a mi papá, ese hombre humilde con las manos rasposas como lijas, y asintió. Cerró los ojos. Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire y valor.

—Voy… voy hacia Tadeo —susurró.

Y entonces, ocurrió. No fue un movimiento fluido. Fue un espasmo controlado, una batalla campal entre las neuronas y los músculos atrofiados. La pierna derecha se levantó. Arrastró la punta del tenis por el pasto, tembló violentamente, y avanzó diez centímetros. Diez miserables y gloriosos centímetros.

—¡Eso! —gritó Doña Chole, golpeando el suelo con su bastón—. ¡Ya despertó el gigante!

Mateo intentó dar el segundo paso con la izquierda. Su cuerpo se balanceó peligrosamente. Sus brazos no aguantaron más y se soltó. Don Ricardo se lanzó para atraparlo antes de que tocara el suelo, pero Mateo no estaba triste. Estaba riendo. Una risa histérica, maravillosa. —¡Avancé, papá! ¡Caminé! Bueno, casi caminé.

Esa noche, la atmósfera en la mansión era eléctrica. Don Ricardo hizo algo que nunca había hecho en la historia de la familia Almagro: invitó al albañil y a su hijo a cenar a la mesa principal. Mi papá estaba aterrorizado. Se limpió las botas tres veces en el tapete de entrada. Miraba el candelabro de cristal como si fuera a caerse y matarnos a todos. Yo, en cambio, me sentía el rey del mundo. Me senté a la mesa con mis tenis viejos, al lado de Mateo.

La cena fue un espectáculo de contrastes. Sirvieron filete miñón y vino caro para los adultos, y refresco de cola en copas de cristal para nosotros. —Quiero proponer un brindis —dijo Don Ricardo, poniéndose de pie. Ya no parecía el tiburón de los negocios. Se veía más humano, más suave—. Por Mateo, por su coraje. Y por Tadeo… y su familia. Por traernos la fe cuando la ciencia nos había cerrado la puerta. ¡Salud!

—Salud —murmuró mi papá, tomando la copa con dos manos por miedo a romperla.

Después del postre, Don Ricardo le hizo una seña a mi papá para que lo acompañara al despacho. Yo me quedé jugando videojuegos con Mateo, pero agucé el oído. Sabía que venía la parte difícil.

En el despacho, rodeado de libros empastados en piel y olor a caoba, Don Ricardo fue al grano. —Señor Roberto, quiero hablar de negocios. Pero negocios del corazón. Mi papá se puso rígido. El orgullo del pobre es su bien más preciado, y mi papá tenía mucho. —Si es sobre dinero, patrón, ya le dijo mi hijo que no cobramos. Lo que se da de corazón, no se vende. Es la ley de mi suegra, que en paz descanse.

—Lo sé, y lo respeto profundamente —dijo Ricardo, sirviendo dos tragos de tequila añejo—. Pero Tadeo tiene un don. Y tiene una inteligencia que me asusta. Ese niño no puede quedarse solo con lo que sabe. Necesita herramientas. Necesita mundo. —Tadeo va a la escuela pública de la colonia —dijo mi papá a la defensiva—. Es buen estudiante. —No lo dudo. Pero Mateo necesita a Tadeo aquí, todos los días, por mucho tiempo. Y yo no quiero robarle su futuro por salvar a mi hijo. Quiero proponerle un trato. Una beca completa. La mejor escuela privada de la zona, transporte, libros, uniformes, alimentación. Todo pagado hasta la universidad. —¿A cambio de qué? —los ojos de mi papá se entrecerraron—. ¿De que sea el sirviente de su hijo? —¡No! —Ricardo golpeó la mesa, ofendido, pero luego bajó la voz—. A cambio de que sigan siendo amigos. A cambio de que Tadeo siga viniendo por las tardes a hacer la terapia. No como empleado, Roberto. Como socio. Como parte de la familia. Voy a abrir un fideicomiso educativo. El dinero estará a nombre de Tadeo. Pase lo que pase conmigo o con mi empresa, su hijo tendrá sus estudios asegurados.

Mi papá miró por la ventana hacia el jardín oscuro. Pensó en mi mamá, que se fue porque no aguantaba la pobreza. Pensó en las veces que no teníamos para los útiles escolares. Pensó en mi abuela, que siempre quiso que yo fuera “alguien”. —Tadeo es muy listo —dijo mi papá con la voz quebrada—. Pero es de barrio, Don Ricardo. Si lo mete a una escuela de ricos, se lo van a comer vivo. Lo van a humillar por sus zapatos, por su color, por su forma de hablar. —Que lo intenten —respondió Ricardo con una sonrisa feroz—. Si Tadeo tiene la mitad del carácter que ha mostrado con mi hijo, él será el que se los coma a ellos. Además, Mateo va a esa escuela. No dejará que nadie lo toque.

Se dieron la mano. Un apretón fuerte, de hombre a hombre, sellando un pacto que cruzaba las líneas invisibles de las clases sociales de México.

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