EL NIÑO ALBAÑIL QUE PROMETIÓ CURAR A MI HIJO PARALÍTICO CON UNA PALANGANA VIEJA: PENSÉ QUE ERA UNA BROMA CRUEL, PERO CUANDO VI MOVERSE EL DEDO DE MI HIJO

CAPÍTULO 4: LA CIENCIA CONTRA LA FE Y EL DEDO QUE DESAFIÓ AL MUNDO

La noticia del “pinchazo” corrió como pólvora en la casa, pero se estrelló contra un muro de concreto llamado Doctor Henry Martín. Era el neurólogo más caro de la Ciudad de México, un hombre con tres doctorados en el extranjero y una arrogancia que no le cabía en el traje.

Don Ricardo lo citó de emergencia esa misma noche. La sala de la mansión parecía un tribunal. El doctor revisaba a Mateo con frialdad, usando martillos de reflejos y agujas esterilizadas. Yo estaba en una esquina, junto a mi palangana, sintiéndome pequeño ante tanta ciencia y títulos colgados en la pared imaginaria de ese hombre.

—Señor Almagro —dijo el doctor Martín, guardando su linterna—, entiendo que estén desesperados. El duelo hace que la mente cree fantasías. Lo que Mateo describe se llama “miembro fantasma” o parestesia psicológica. Su cerebro quiere sentir tanto que inventa la sensación. Pero la médula está rota. Los cables están cortados. No hay señal. —Pero yo lo sentí, doctor —insistió Mateo, con la voz quebrada—. No me lo imaginé. —Hijo, la mente es poderosa. Pero no puede reparar tejido nervioso muerto —sentenció el médico con tono condescendiente—. Y sobre este… tratamiento —me señaló con desdén, como si yo fuera una cucaracha—, le sugiero que lo detengan. Agua sucia y hierbas no son medicina. Pueden causar una infección en la piel atrófica. Es peligroso y cruel dar falsas esperanzas.

Don Ricardo apretó los puños. Yo vi la lucha en su cara: el hombre de negocios racional contra el padre que había visto brillar los ojos de su hijo. —Gracias, doctor. Puede irse —dijo Ricardo secamente. —Ricardo, por favor, sé razonable… —¡Dije que se vaya!

Cuando el médico salió, el silencio era terrible. Genoveva lloraba en silencio. Mateo miraba sus piernas con odio, como si lo hubieran traicionado. Yo me acerqué. —Ese doctor sabe mucho de libros, Mateo —dije suavemente—, pero no sabe nada de ti. —Tal vez tiene razón, Tadeo —dijo Mateo, tirando la toalla al suelo—. Tal vez estoy loco. —No estás loco. Y te lo voy a probar. Pero necesito refuerzos.

Al día siguiente, no llegué solo. Traje a la artillería pesada. La señora Dorotea, o “Doña Chole” como le decíamos en el barrio, era una mujer de edad indefinible. Podía tener setenta o cien años. Su piel parecía pergamino arrugado, y olía permanentemente a copal y tabaco. Era la mejor amiga de mi difunta abuela y la curandera más respetada de Iztapalapa.

Entrar con Doña Chole a la mansión fue un espectáculo. Ella no se dejó intimidar por el lujo. Entró criticando todo. —Mucha piedra fría, poca vida —decía golpeando el mármol con su bastón—. Esta casa está enferma, le falta sol. Cuando vio a Mateo, sus ojos negros brillaron. Sin pedir permiso, levantó las piernas del niño y comenzó a apretar músculos que parecían gelatina. —Mmmh. Está flaco, pero la carne tiene memoria —murmuró. Luego se volvió hacia Genoveva—. Señora, ¿qué come este niño? —Pues… lo que recomienda el nutriólogo. Comida balanceada, suplementos importados… —¡Puras porquerías de frasco! —interrumpió Doña Chole—. Para reconstruir los cables de adentro, necesita comida de verdad. Nada de latas, nada de cajas. Caldo de huesos, gelatina de pata, pescado fresco, tortillas hechas a mano, nopal, aguacate y nueces. El cerebro es grasa y electricidad, necesita gasolina buena.

Doña Chole se volvió hacia Don Ricardo. —Mire, patrón. Yo no tengo títulos como ese doctor estirado. Pero yo he visto gente caminar que los doctores mandaron a morir a su casa. Su hijo tiene chispa. Tadeo ya prendió la mecha, ahora hay que echarle aire al fuego.

Comenzamos un régimen nuevo. Doña Chole venía dos veces por semana. Trajo aceites que olían fuerte, mezclas de veneno de abeja (en pomada) y árnica. Los masajes se volvieron más intensos. Mateo gritaba a veces, no de dolor, sino de la intensidad. —¡Imagina que corres! —le gritaba Doña Chole mientras yo trabajaba los pies—. ¡Cierra los ojos chamaco! ¡Visualiza la señal bajando desde tu cabeza, pasando por tu espalda como un rayo de luz y llegando al dedo gordo! ¡Ordénale! ¡Tú eres el jefe de tu cuerpo!

Pasaron dos semanas más. La tensión era insoportable. Don Ricardo había buscado una segunda opinión con la Dra. Sandra Thompson, una experta en neuroplasticidad. Ella fue más amable. Dijo que el cerebro de un niño podía encontrar “caminos alternos”, como cuando hay tráfico en el Periférico y te vas por las calles chiquitas. Eso nos dio esperanza científica.

Pero el milagro ocurrió un jueves por la tarde, bajo la amenaza de una tormenta de verano. El cielo estaba negro, cargado de electricidad estática. Estábamos en el jardín. Doña Chole estaba cantando una canción en una lengua indígena que yo no entendía, marcando el ritmo con su bastón. Yo tenía las manos sumergidas en el agua, sosteniendo el pie derecho de Mateo. —¡Muevelo! —le decía yo—. ¡Vamos, Mateo! ¡Tú eres el portero! ¡Vas a parar el penal! ¡Estira el pie!

Mateo estaba bañado en sudor. Tenía los ojos cerrados, la cara roja de esfuerzo. Estaba temblando. —¡No puedo! —gimió. —¡Sí puedes! —gritó Genoveva, que estaba arrodillada a su lado, sosteniéndole la mano—. ¡Hazlo por mí, mi amor! ¡Hazlo por ti!

Hubo un trueno en el cielo que retumbó en las ventanas de la mansión. Y en ese instante, en esa fracción de segundo de energía pura, sentí un tirón bajo mis dedos. No fue un espasmo. No fue un reflejo. Miré el agua. El dedo gordo del pie derecho de Mateo se flexionó. Fue un movimiento torpe, lento, como de alguien que despierta de un coma profundo. Pero se movió hacia abajo y luego hacia arriba.

—¡AAAAH! —grité, saltando hacia atrás. —¡¿QUÉ?! —Don Ricardo soltó su tablet. —¡Se movió! —Mateo abrió los ojos, asustado y maravillado—. ¡Papá! ¡Le dije que se moviera y me hizo caso!

Todos nos quedamos congelados mirando el pie pálido dentro de la palangana abollada. —Hazlo otra vez —susurró Don Ricardo, con la voz estrangulada. Cayó de rodillas en el pasto, sin importarle su traje de mil dólares—. Por favor, hijo. Hazlo otra vez.

Mateo cerró los ojos. Frunció el ceño con tal concentración que parecía que le iba a estallar una vena. Pasaron diez segundos eternos. El viento movía las hojas del fresno. Y entonces, ahí estaba. El dedo se levantó. Claramente. Desafiante. Saludando a la vida.

Don Ricardo soltó un aullido. No fue un grito, fue un rugido animal, una mezcla de dolor liberado y alegría inmensa. Abrazó las piernas mojadas de su hijo y lloró como nunca había visto llorar a un hombre. Genoveva se unió al abrazo, y yo también, y hasta Doña Chole se limpió una lágrima con su rebozo.

—Se los dije —murmuró la anciana, mirando al cielo tormentoso—. El cuerpo es sabio, solo hay que saber pedirle las cosas por favor.

Ese pequeño movimiento de un centímetro fue un terremoto. Destrozó los diagnósticos, unió a dos familias de mundos opuestos y probó que la fe, cuando se mezcla con amor y trabajo duro, puede mover montañas… o al menos, dedos paralizados. Pero lo que no sabíamos era que mover el dedo era la parte fácil. Ponerse de pie sería una guerra, y el enemigo ya no era solo la lesión, sino la fama que estaba a punto de caernos encima.

PARTE 3

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