PARTE 2
CAPÍTULO 3: EL ÓXIDO EN EL ALMA Y LOS SECRETOS DE LA TIERRA
La rutina se estableció con la precisión de un reloj suizo, pero con el calor de un hogar mexicano. Todos los días, cuando el reloj de la catedral daba las tres de la tarde, yo aparecía en la puerta de servicio de la mansión de los Almagro. Ya no me brincaba la barda; Don Ricardo había dejado órdenes estrictas a los guardias de seguridad: “El niño de la palangana pasa sin preguntas”.
Para mí, cruzar esos jardines inmensos de Lomas de Chapultepec era como entrar a otro planeta. En mi barrio, las casas se amontonaban unas sobre otras, la música de los vecinos se mezclaba con los gritos de los vendedores de gas y el olor a tortilla quemada. Aquí, en cambio, el silencio pesaba. El pasto estaba tan perfectamente cortado que daba pena pisarlo, y el único ruido era el zumbido lejano de los aspersores automáticos.
Mateo me esperaba siempre en el mismo lugar, bajo la sombra del enorme fresno del que se había caído hacía dos años. Al principio, nuestros mundos chocaban. —¿Nunca has comido tacos de canasta? —le pregunté una tarde, mientras desataba las agujetas de sus tenis de marca impecables que nunca tocaban el suelo. —No —respondió Mateo, mirando con curiosidad mi bolsa de mandado—. Mi mamá dice que son sucios. Me reí, vertiendo el agua caliente en la palangana. El vapor subió, cargado con el olor intenso del romero y la ruda. —No son sucios, son de batalla. Mi abuela decía que la comida sin sabor deja el alma flaca. Y tú, mi amigo, necesitas engordar el espíritu para que tus piernas despierten.
Esas tardes se convirtieron en mi confesionario y en su escuela de vida. Mientras mis manos trabajaban la piel pálida y fría de sus pies, buscando despertar los nervios dormidos con la sal de grano y las hierbas, hablábamos. Le conté de cómo mi papá llegaba oliendo a cal y cemento, cansado pero siempre con una sonrisa. Él me contó de sus viajes a Disney, que ahora le parecían recuerdos de otra vida, y de lo solo que se sentía en esa casa tan grande llena de sirvientas que no lo miraban a los ojos.
Pero quien más necesitaba sanar en esa casa no era solo el niño de la silla de ruedas.
La señora Genoveva, la mamá de Mateo, era como un fantasma. La veía a veces detrás de las cortinas de terciopelo del segundo piso, observándonos. Era una mujer hermosísima, siempre arreglada como para una fiesta, pero con una tristeza que le colgaba de los hombros como un abrigo mojado. Don Ricardo me había contado, en sus momentos de vulnerabilidad, que ella vivía medicada, consumida por la culpa.
Una tarde, el calor de mayo estaba fuerte. El aire olía a tierra seca y jacarandas. Genoveva bajó al jardín. No traía su maquillaje habitual, y se le notaban las ojeras profundas de quien no duerme por pensar demasiado. Se acercó despacio, como si tuviera miedo de romper el momento. —Buenas tardes —su voz temblaba. —Buenas tardes, patrona —respondí sin dejar de masajear el arco del pie de Mateo. Mis manos ya sabían el camino de memoria: presión en el talón, círculo en el empeine, tirón suave en los dedos. —Mateo habla mucho de ti —dijo ella, sentándose en una silla de jardín de hierro forjado, manteniendo la distancia—. Dice que le cuentas historias de tu abuela.
Levanté la vista. Sus ojos estaban rojos. —Le cuento la verdad, señora. Mi abuela Chelo sabía cosas que no vienen en los libros. —Dice… dice que yo estoy triste por su culpa. El silencio que siguió fue denso. Mateo bajó la mirada, avergonzado. —Mamá, yo no dije eso… —susurró el niño. —No, Mateo tiene razón —interrumpió ella, y de repente se rompió. No fue un llanto dramático, sino silencioso, doloroso—. Es mi culpa. Yo estaba al teléfono. Estaba discutiendo una estupidez sobre los manteles para una cena de beneficencia. Si hubiera colgado… si hubiera volteado a verte… no te habrías subido a esa rama podrida.
Dejé de masajear. Me sequé las manos en mi pantalón y me acerqué a ella. A pesar de ser un niño, la vida en el barrio te hace madurar a golpes, y yo reconocía el dolor cuando lo veía. —Señora Genoveva —le dije, mirándola directo a esos ojos azules idénticos a los de su hijo—. Mi abuela tenía un dicho para eso. Ella decía que la culpa es como el óxido en una bicicleta vieja. Ella parpadeó, confundida por la comparación. —¿El óxido? —Sí. Si usted deja el óxido ahí, pensando “ay, qué fea está mi bici”, el óxido se come el metal. Se come la cadena, los frenos, y al final la bici se rompe y no sirve para nada. La culpa hace lo mismo con el corazón. Si no la lija y la pinta de nuevo, se la va a comer por dentro y no va a servir para ayudar a Mateo.
La señora Genoveva se quedó pasmada. Un niño de diez años, hijo de un albañil, le estaba dando la lección que tres psicólogos de mil pesos la hora no habían logrado transmitirle. —¿Y cómo se quita el óxido, Tadeo? —preguntó, desesperada. —Perdonándose. Y entendiendo que lo que pasó, pasó. El pasado ya está muerto, señora. Lo único vivo son los pies de su hijo, y necesitan que usted crea en ellos, no que llore por ellos.
Ese día, algo cambió en la mansión Almagro. Genoveva se bajó de su pedestal de dolor. Se arrodilló en el pasto, sin importarle manchar sus pantalones de lino blanco. Tomó la otra mano de Mateo. —Hijo… ¿tú me perdonas? Mateo sonrió, una sonrisa que iluminó todo el jardín. —Mamá, yo fui el necio que se subió. Tú no me empujaste. Ya no llores, mejor ayúdanos. Tadeo dice que necesito energía bonita para caminar.
A partir de ese día, la “terapia” cambió. Genoveva aprendió a preparar las hierbas. Yo le enseñé a identificar la temperatura exacta del agua con el codo, como se hace con los biberones. —Mire, señora —le explicaba yo—, hoy traemos árnica y hoja de aguacate. —¿Aguacate? —preguntó ella, divertida, oliendo las hojas. —Sí, la hoja. Es caliente. Ayuda a los huesos. Mi abuela me contó que en los tiempos de las haciendas, cuando los peones se caían de los caballos o los golpeaban, las curanderas usaban esto porque no había dinero para doctor. Es medicina de resistencia, señora. Y Mateo necesita resistir.
Don Ricardo también cambió. Dejó de ser el “Señor Almagro” que miraba el reloj. Empezó a investigar. Una noche, me atrapó con una pregunta mientras yo recogía mis cosas. —Tadeo, estuve leyendo en internet sobre la “reflexología” y la fitoterapia. Muchos de los ingredientes que usas tienen bases científicas. El romero es antiinflamatorio, la sal cambia la presión osmótica… ¿Tu abuela sabía química? Me reí. —No, jefe. Ella no sabía leer ni escribir. Pero sabía escuchar. Ella decía que las plantas te hablan si te quedas callado un rato. Y que el cuerpo grita lo que la boca calla. Usted busca la ciencia, mi abuela buscaba la vida. Las dos sirven, supongo.
La rutina seguía, pero la tensión crecía. Había días en que Mateo se frustraba. —¡No siento nada, Tadeo! —gritó una tarde, golpeando los brazos de la silla—. ¡Llevamos un mes y mis piernas siguen siendo dos trapos viejos! —Paciencia, mano —le decía yo, sin dejar de frotar—. El bambú tarda siete años en echar raíz antes de salir a la superficie. Pero cuando sale, crece metros en días. Tú estás echando raíz ahorita.
Y entonces, sucedió. Fue un martes nublado. Estábamos hablando del partido de Pumas contra América. —Si yo pudiera jugar, sería portero —decía Mateo. Yo estaba presionando un punto específico en la planta de su pie izquierdo, justo debajo del dedo gordo. El punto que mi abuela llamaba “la llave del rayo”. De repente, Mateo se quedó callado. Sus ojos se abrieron como platos. —¡Ay! —gritó. Solté su pie asustado. —¿Te lastimé? Mateo miraba su pie, respirando agitado. —No… no fue dolor de golpe. Fue… ¡fue un toque! ¡Como electricidad! ¡Lo sentí, Tadeo! ¡Sentí tu dedo gordo clavarse ahí!
Don Ricardo, que estaba tomando una llamada en el porche, tiró el celular. Corrió hacia nosotros. —¿Qué pasó? —¡Papá! —Mateo lloraba, pero de emoción—. ¡Me pellizcó! ¡Sentí el pellizco! Don Ricardo se puso pálido. Se agachó y tomó el pie de su hijo. —¿Aquí? —presionó. —¡No, más abajo! Ricardo presionó donde yo había tocado. —¡Sí! ¡Ahí! ¡Siento presión! Es como… como si mi pie estuviera envuelto en algodón, pero siento que me tocas.
Ese “hormigueo”, esa pequeña chispa eléctrica, fue el disparo de salida. Los médicos habían dicho “sección medular completa”. Habían dicho “imposible”. Pero en ese jardín de Lomas de Chapultepec, un niño albañil y un niño rico acababan de romper las leyes de la medicina. Lo que no sabíamos era que la batalla contra el escepticismo del mundo apenas comenzaba.
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