Un mes después.
La Galería Hartwell abrió sus puertas.
No hubo prensa de chismes. Hubo críticos de arte, coleccionistas serios y amigos verdaderos.
El espacio era hermoso. Paredes blancas, pisos de madera recuperada, y una luz cálida que abrazaba las obras.
La exposición “Lo que queda después del fuego” presentaba esculturas hechas con madera quemada y metal retorcido, que proyectaban sombras de figuras humanas bailando.
Camila estaba en el centro de la sala, con un vestido color crema, sencillo y elegante. Sostenía una copa de vino, pero no bebía. Estaba hablando con un curador del Museo de Arte Moderno.
—La honestidad de las piezas es brutal —decía el curador—. Se siente el dolor, pero también la reconstrucción.
—El arte es eso —dijo Camila sonriendo—. Es tomar lo que está roto y encontrarle un nuevo propósito.
Diego y Sofía estaban ahí. Diego llevaba una camisa bien planchada y ayudaba a servir canapés, sintiéndose útil, parte de algo. Ya no se escondía detrás de la pantalla. Sofía corría entre los invitados explicándoles los cuadros con la misma pasión que su madre.
Camila los miró. Estaban bien. Estaban sanando.
Se acercó a la ventana que daba a la calle Orizaba. Vio la noche de la Roma, llena de vida, de música, de gente caminando libre.
Pensó en Ricardo. Sabía que hoy era su cumpleaños. 42 años. Probablemente lo celebraría con una cena de frijoles y arroz en una bandeja de plástico.
No sintió rencor. Sintió una paz inmensa.
Levantó su copa hacia la luna, en un brindis silencioso.
“Adiós, Ricardo. Gracias por los hijos. Gracias por la lección. Y gracias por irte”.
Se dio la vuelta y regresó a la fiesta. Su vida, su verdadera vida, apenas estaba comenzando
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